Rubén Paniceres

Darwyn Cooke: Parker el profesional

El dibujante Darwyn Cooke continúa su ciclo de adaptaciones en formato de novela gráfica de  la serie de narraciones que Donald Westlake publicó —bajo el seudónimo de Richard Stark— sobre el expeditivo atracador profesional Parker, que en el cine adoptó los rasgos, entre otros, de Lee Marvin y Mel Gibson. Tras los dos primeros álbumes, la editorial Astiberri publica, ahora, El golpe, adaptación de la novela The Score original de 1964.

 

Donald Westlake creó en 1961 a Parker, pensando en un modelo como el Dillinger de la depresión incorporado a la América de la opulencia de los años sesenta. Su destino era ser protagonista de una narración destinada a una colección de novelas populares. En el manuscrito original se delineaba la  personalidad de un frío delincuente profesional, sólo conocido por Parker, alguien con la eficiencia de una máquina bien engrasada y unos sentimientos más blindados que el casco de un acorazado. Parker se dedicaba  a perpetrar atracos por todos los Estados Unidos, trabajando con eventuales colaboradores que podían variar de golpe a golpe. Con el beneficio de los botines, solía pasar el resto del año en compañía de su esposa Lynn, viviendo en hoteles de cinco estrellas hasta que se acababa el dinero y había que retomar el ciclo delictivo. Parker debía morir al final de la novela, que se titulaba inicialmente El cazador. Pero los nuevos editores, distintos a los pensados inicialmente, sugirieron que el personaje tenía «garra», y Westlake decidió alterar el final de la novela dejando a Parker con vida para ser el protagonista de una dilatada serie que abarcó más de una veintena de títulos hasta el fallecimiento del autor a finales del primer decenio del siglo XXI.

El cine de Paker

La primera entrega fue adaptada para el cine por el direcotr  John Boorman en 1967 bajo el título de A quemarropa, con Lee Marvin de protagonista.  En 1999 volvería a serlo por Brian Helgeland en Payback, bajo la fisonomía estreñida de Mel Gibson, quien dramatizaba el conflicto de gran parte de la saga. En esta ocasión, Parker sería traicionado por un socio, Mal Resnick, dado por muerto a la vez que saqueado en su parte del botín procedente de un violento asalto. Superviviente nato, Parker regresaría de las sombras no tanto para vengarse como para recuperar lo que le pertenecía. El problema es que su socio había entregado el dinero a una organización del crimen organizado, conocida por La Compañía. Después de deshacerse del traidor, Parker le reclamaría a dicha corporación el dinero adeudado. Éstos, por una cuestión de principios comerciales, se negarían. Y a partir de ahí empezaría la cruzada de Parker, que, como un capitán Achab de la serie negra, encontraría en La Compañía a su ballena blanca a abatir.

Westlake dramatizaba el enfrentamiento entre la concepción del mundo basada en el individualismo,tan cara a la cultura americana, y la praxis del capitalismo, superestructura que fundamenta la economía del país de las barras y las estrellas. Parker podría haber sido ser un moderno paladín, un avatar del  héroe del Oeste batallando románticamente contra el signo del siglo. La realidad es que Parker era un asesino sin escrúpulos,con el corazón más gélido que la Antartida. Desprovisto de crueldad gratuita, siempre asesinaba por razones prácticas, pero con una amoralidad que hace honor al aforismo de Sade, el cual estimaba que «en una sociedad criminal es preciso ser un criminal».

De novela en novela, Parker llegaría a cambiar de rostro, mediante una operación de cirugía plástica, y recorrería todo el país  huyendo de la persecución de la compañía, pasando a convertirse en una especie de perseguido/perseguidor, capaz de arrasar pequeñas localidades, feudos de la organización, tal y como nos narra Westlake en títulos como La luna de los asesinos (1974).

El carácter de Parker, aparte de las dos traducciones fílmicas citadas, tuvo una larga vida en la pantalla. Curiosamente, nunca ostentó el nombre de la novela, sino que en cada versión se lo bautizaba con otros apelativos: Walker, Porter… Cambiaba de  raza como en El reparto (Gordon Flemyng, 1968), donde era interpretado por el actor afroamericano Jim Brown. También fue capaz de modificar su nacionalidad, trasmutándose en un francés en la película Saqueo en la ciudad (Alain Cavalier, 1967). Incluso fue capaz de metamorfosear su sexo, adoptando los rasgos de la musa de Jean-Luc Godard Anna Karina en el film Made in USA del año 1966. Por supuesto, fue interpretado, entre otros, por un hierático Robert Duvall en La organización criminal, dirigida por John Flynn en 1973, y por Jason Statham en la todavía inédita Parker, dirigida por Taylor Hackford, que tiene previsto su estreno para principios del año que viene.

Un asesino en la viñeta

El dibujante Darwyn Cooke siempre había manifestado su admiración por la obra de Westlake/Stark. De hecho, en su aportación a las aventuras de la ladrona Selina Kyle, más conocida  como Catwoman, sobre todo en el arco argumental conocido como El gran golpe de Selina, publicado por DC Comics en el 2002, los guiños y homenajes al universo de Parker adquirían un transparente manifestación, con la presencia de un duro hampón apodado Stark que asemejaba una versión puesta al día de Parker.

Cooke es un artista que ha destacado poderosamente en el campo del cómic por su recreación de las más diversas mitologías retro, ya sean los superhéroes de la DC en la década de 1950, en New Frontier, o la revisión del clásico de Will Eisner The Spirit. En cualquier caso, Cooke ha sabido captar la atmósfera de los tiempos pasados y someterla a una depurada estilización gráfica, en la que se trasluce su experiencia como diseñador en el campo de los dibujos animados. Su plan de adaptar el mayor número posible de las novelas de la serie se inició en el 2008 con El cazador, versión de la primera entrega de la saga, y se ha continuado con La Compañía (2010), que incorpora las dos siguientes novelas, El hombre que cambió de cara y The Outfit, ambas publicadas en 1963. El último jalón, hasta la fecha, ha sido El golpe, editada este año.

A lo largo de las tres novelas gráficas, Cooke ha ido desplegando un sofisticado universo icónico que incorpora estéticas de rasgos expresionistas muy deudoras del film noir de los años cuarenta, con sus tenebrosos claroscuros y sus encuadres de marcadas angulaciones, detectables sobre todo en El cazador, mientras que en La Compañía asistimos a una  miscelánea de los más diversos estilos gráficos imperantes en las publicaciones de los años sesenta: la caricatura, la ilustración de relatos, al estilo de Reader’s Digest o el cariz impresionista, reducido a lo ajustadamente esencial. Las tendencias de los dos álbumes se ven integradas  en la reciente, El golpe, donde Cooke logra ser barroco y austero al mismo tiempo, asignando a las viñetas un rigor casi geométrico, alternado con rupturas oníricas de fantasía surrealista, centradas en el cómplice de Parker, el actor Alan Grofeld, suerte de Walter Mitty, perdido en hollywoodienses ensoñaciones.

Muy fiel con los textos y diálogos de Westlake, Cooke decide en ocasiones transcribirlos como acompañamiento de las imágenes, otorgando una gran densidad literaria al relato en formato de historieta. Como contraste, resuelve otros paisajes con largas secuencias mudas, que  despliegan la minuciosidad de un polar francés.

Aspectos notables en la representación del mundo de Parker por parte de Cooke son la recia gestualidad presente en la galería de rostros. Parker parece estar tallado en granito bajo el lápiz del dibujante. Y la expresividad  corporal que le otorga refleja perfectamente el ímpetu avasallador del antihéroe de Westlake, al que ninguna fuerza humana o divina parece poder detener. Lo mismo podemos decir de los otros personajes secundarios. Mujeres de rostro ovalado y grácil figura que parecen bocetos de moda femenina. Rufianes de viciosa bajeza —como el perjuro Mal  Resnick—, carcomidos por la maldad, insidiosamente refinados como los distintos jerarcas del crimen organizado con los que se ve las caras Parker. Como tour de force, asistimos a la visualización del equipo de atracadores de El golpe, divertida incorporación de los perfiles de algunos dibujantes amigos de Cooke, entre ellos un  elegante Jim Steranko.

Unido a la acertada descripción de las figuras, se halla un lírico recorrido por diversos paisajes, tanto urbanos como rurales, de una geografía americana ya un poco relegada a la memoria. Metrópolis refulgentes en la arquitectura del nuevo mundo, que sin embargo ocultan lóbregos callejones y amenazadores descampados. Chalés construidos por discípulos de Frank Lloyd Wright. Hoteles de lujo en los que esperamos encontrar a Frank Sinatra invitando a un cóctel, agitado pero no revuelto, al James Bond personificado por Sean Connery. Desoladas autopistas y fantasmagóricas pequeñas urbes ancladas en rojizos desiertos son algunos de los ítems del macrocosmos edificado por Cooke como un ejercicio dedicado a glosar la nostalgia de un mundo ya desaparecido.

Un acierto notable es la elección de los bitonos para engalanar las páginas. Es muy difícil hoy en día, en el campo de los cómics, reflejar la viveza del color de los sesenta. Cuando se intenta una recuperación de la plástica de décadas pasadas, las modernas técnicas de colorización digital imponen a las viñetas un brillo metalizado digno de una reciente película de ciencia ficción. Un ejemplo puede ser el inadecuado color en la miniserie Vengadores 1959 de Howard Chaykin, donde más que ambientarnos en la atmósfera sentimental de la época, nos traslada al orbe de Matrix o Resident Evil.  En cambio, los distintos bitonos empleados por Darwyn Cooke —exquisitos verdes, azules y naranjas— impregnan las historias del sabor que produce contemplar viejas fotografías a las que la pátina del tiempo ha aportado inesperadas tonalidades.

El golpe se cierra con la promesa de que las aventuras de Parker se continuarán en el 2013. Habrá que estar atento.

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