Jesús Palacios

¿La edad de oro de la televisión?

Texto: Jesús Palacios /

Se dice, lo he dicho yo mismo a menudo –aunque Alá sabe más, desde luego-, que vivimos una edad de oro de las series de televisión. Este concepto, basado fundamentalmente en la innegable calidad –pero también cantidad- de series, miniseries y megaseries estadounidenses que han invadido, imparables, la pequeña pantalla de un par de décadas, más o menos, a esta parte, empieza a convertirse en tópico. En lugar común. Incluso en leyenda. Y como toda leyenda, aunque tiene un fondo de verdad, su argumento original se va viendo desfigurado, magnificado, hasta el punto de estar perdiendo contacto con la realidad.

Es cierto –cómo negarlo- que en las series actuales se encuentran, muy a menudo, como productores, guionistas y/o directores, buena parte de los grandes nombres de Hollywood, a los que el crepúsculo dela Mecadel Cine fue condenando al exilio y el ostracismo (o peor: al éxito), desde finales de los años 80: John Milius –“Roma”-, Walter Hill –“Deadwood”-, Michael Mann –“Luck” -, los fallecidos Arthur Penn –“Ley y Orden”- o Michael Crichton –“Urgencias”-, Allan Arkush –“Heroes”-, Ridley y Tony Scott -“The Good Wife” -etc., etc. Igualmente, los nuevos (o no tan nuevos) talentos que alumbraron el cine de los 90 se han pasado prácticamente al medio televisivo, donde se desenvuelven con mucha más libertad e interés que en la gran pantalla: Jerry Bruckheimer –“CSI”-, Bryan Singer –“House”-, Danny Cannon –“CSI”-, Frank Darabont –“The Walking Dead”-, Gus Van Sant –“Boss”-… Y si miramos los nombres de los directores que firman muchos de los episodios de cualquiera de estas y otras series de prestigio y éxito, nos encontramos con una sorprendente profusión de realizadores que figuraban en algunos de los estrenos cinematográficos más interesantes de los años 80 y 90: John Dahl, Deran Sarafian, Jonathan Kaplan, Mimi Leder, Ernest Dickerson, Lee Tamahori, Mike Figgis, Stephen Hopkins, Dwight Little, Lisa Chodolenko, Jim McBride, Jeremy Podeswa, Mary Harron, Michael Almereyda… Una lista interminable, que palidece, sin embargo, ante la de actores y actrices veteranos que han encontrado salvación en las teleseries: Hugh Laurie, James Remar, Bill Paxton, Gabriel Byrne, Sam Neill, Patrick Dempsey, Glenn Close, Jeff Fahey, Kiefer Sutherland, Mandy Patinkin, Geena Davis, Charles Dance, Steve Buscemi, Dylan McDermott, Kathy Bates, Claire Danes, James Gandolfini, Brad Dourif, Rob Lowe, William Petersen, Charlie Sheen, Joe Mantegna, Madeleine Stowe, Forest Whitaker, Laurence Fishburne, Anthony LaPaglia, Patricia Arquette…

Pero –es el momento del “pero”-… ¿Es realmente tan buena la televisión usamericana actual? ¿Son esencialmente mejores la mayoría de las series de los últimos años que sus antecesoras de los 50 o 60? De aquellas salió casi al completo la generación que cambió Hollywood (para más que bien), la de Jewison, Altman, Lumet, Frankenheimer, Friedkin, Roy Hill, Pollack, Rafelson, el primer Spielberg… La “generación de la televisión” trasladó lo mejor de la pequeña pantalla a la grande. Se liberó de ciertas imposiciones del formato catódico y liberó al tiempo el cine de Hollywood, rompiendo las cadenas que lo arrastraban a su perdición, retrasándola, al menos, dos décadas. Ahora, tengo la impresión de que los grandes y pequeños talentos del cine “huyen” de la gran pantalla y se refugian en la televisión –privada, de pago, por cable-, donde, ciertamente, son más libres que en el cine del Hollywood actual. ¿Pero iguala esa libertad televisiva a la que gozaron Altman, Pollack o Frankenheimer? ¿Es comparable -formal, artística, políticamente- la “nueva televisión americana” con el Nuevo Hollywood de los 60? ¿Cuándo notamos realmente la diferencia entre un capítulo de “Los Soprano”, “CSI” o “Dexter” dirigido por uno u otro de los realizadores citados más arriba? Yo os lo diré: cuando sale su nombre en los créditos. Realizadores tan personales como Almereyda, McBride o Figgis, artesanos tan eficaces como Little, Sarafian o Hopkins, se funden y confunden en la estructura de producción y equipo propia de las teleseries, mejores o peores, buenas o buenísimas. Todas, en mayor o menor grado, se atienen a códigos narrativos –con las gloriosas excepciones de rigor- tradicionales, estructuras fijas o semi-fijas, institucionalizadas por un sistema tan férreo y agotador como el del Viejo Hollywood, aparte de por el control directo de la audiencia. Control no necesariamente benéfico, como la injusta defenestración de muchas buenas series a la segunda temporada –cuando no antes- puede confirmar.

La televisión de ayer fue un campo de cultivo seminal para el mejor cine del Nuevo Hollywood. La de hoy, es un campo de refugiados para las víctimas y los veteranos de guerra del Hollywood actual. Que las series de televisión modernas usamericanas son mucho mejores que su cine, es algo tan obvio que resulta agotador repetirlo, mucho menos mitificarlo sin reservas ni análisis crítico adecuado. Ambos fenómenos, el auge de la teleserie, la decadencia del cine, son dos caras de una misma moneda: el fin del imperio hollywoodiense. De una forma de hacer, ver y entender la narración en imágenes, que afronta, quizá, sus últimas temporadas, con índices de audiencia cada vez más bajos o, significativamente, menos exigentes.

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