Rubén Paniceres

El último resplandor del crepúsculo

Texto: Rubén Paniceres /

El western ha constituido por excelencia el retrato mítico del nacimiento y evolución de la  nación estadounidense. Desde el clásico de Edwin S. Porter, Asalto y Robo de un tren (1903) hasta  finales de la década de los 40, cowboys, pistoleros, sheriffs, soldados de caballería y pieles rojas fueron arquetipos de una epopeya a menudo descrita con rasgos de leyenda áurea. En los 50 se instauran corrientes críticas que, aunque respetan las raíces de la épica, analizan sus contradicciones. Clásicos como John Ford, Henry King, Henry Hathaway, King Vidor, o Fritz Lang proponen ahora una mirada más desencantada y lucida. A esto debe sumarse la perspectiva complementaria de las llamadas generaciones de la violencia: Nicholas Ray, Anthony Mann, Robert Aldrich, Richard Fleischer, Sam Fuller… que aportan un virulento y crispado barroquismo formal y temático. Entremezclándose con estos últimos realizadores se encuadran los cineastas  procedentes de la televisión de los 50 y primeros 60: Robert Altman, Tom Gries, Burt Kennedy, Vincent McEveety, Robert Mulligan, Ralph Nelson, Sam Peckinpah, Arthur Penn, Ted Post, Don Siegel o John Frankenheimer a los que algunos han achacado   haber certificado el acta de defunción del western.

En los 60 y los 70  se suceden  títulos que reflejan un descarnado realismo sucio, primo hermano del euro-western, desmitificador de la óptica enaltecedora que presentaba al western como crisol de las virtudes de América, descubriendo la ambigüedad y la falacia que subyace en la historia oficial trazada por el género desde sus orígenes. La épica fundacional tiene cimientos de estiércol, resultando los pilares de la civilización, la ley de la horca y la vendetta institucionalizada, como ocurre en Cometieron dos errores ( Ted Post,1968). Mientras que en Una bala para el diablo (Burt Kennedy,1967), según una novela del marxista E. L. Doctorow, es una prostibularia economía de mercado la que insufla vida nueva a las aldeas devastadas por silenciosos bárbaros  que constituyen el reverso tenebroso de esa cultura de la violencia que según Harold Bloom siempre ha definido a los Estados Unidos.

Igualmente, se desmonta, con sátira más gruesa que sutil, la gesta colonizadora del oeste y se denuncia el genocidio de los nativos americanos: Soldado azul (Ralph Nelson, 1970),  Pequeño gran hombre (Arthur Penn,1970), Bufalo Bill y los indios (Robert Altman,1976). Acercamientos más entonados que muestran las explicables razones de la revancha del primitivo lo constituyen títulos como Mayor Dundee (Sam Peckinpah,1965), Un hombre (Martin Ritt,1966) o La noche de los gigantes (Robert Mulligan,1969). Destacables por la cruda verificación de la inutilidad del don del coraje y, en el caso del film de Mulligan, por su conseguida atmósfera propia de un  film de terror gótico y por describir la fatiga anímica del héroe personificado por  Gregory Peck.

Ese agotamiento y declive físico de los personajes centrales del western corporeizado en los rostros desgastados por las huellas de la madurez cuando no de la senectud, de  estrellas míticas como William Holden, Henry Fonda,  James Stewart, Charlton Heston o John Wayne será una constante de la visión crepuscular que se ira adueñando del género.

Ciertamente, tanto los héroes como los villanos  están cansados, son una sombra de lo que fueron como les pasa a los brutales y, en el fondo, patéticos bandoleros de Los malvados de Firecreek (Vincent McEveety,1967)  que, a pesar de ser dirigidos por Henry Fonda, son derrotados por un  sheriff patoso que encarna un James Stewart en el umbral de la ancianidad. Al igual que los forajidos de Grupo Salvaje (1969) de Sam Peckinpah  asumen que son seres que no pueden cambiar en un universo en continua e implacable transformación y su única  opción es la afirmación  en el sendero de violencia que ha constituido su trayectoria vital hasta llegar a una definitiva y titánica auto-inmolación. Los protagonistas del western han  consumido (en palabras de Shakespeare) «la última silaba del tiempo prescrito».

Sólo queda una hazaña terminal que asentará a la leyenda que se imprime sobre la auténtica realidad de la decadencia y la enfermedad como le ocurre a John Wayne en El último pistolero (Don Siegel,1976), cuando no se muere frente a un majestuoso e indiferente cielo que no puede esperar a los viejos gunmen desaparecidos fuera del encuadre, como Joel McCrea en Duelo en la alta sierra (Sam Peckinpah,1963).

Rehuyendo la pirotecnia, hay  un enfoque más austero, en el cual el hombre del oeste interioriza que el tiempo de la felicidad ya no es posible y que no hay una segunda oportunidad cuando  se entra en el otoño de la existencia. Esta es la dolorosa reflexión de El más valiente entre mil (Tom Gries,1969) o la de westerns modernos como el soberbio Yo vigilo el camino (John Frankenheimer,1970), cuyas imágenes finales  con una galería de rostros erosionados por la edad y la decrepitud nos transmiten el mensaje  del ocaso del oeste cinematografico que, a partir de finales de los 70, se fue desvaneciendo paulatinamente como un espejismo en la pradera, dando paso a telúricos caracteres como los serial killers rurales de La matanza de Texas ( Tobe Hopper, 1974) o Las colinas tienen ojos( Wes Craven, 1977).

Y, aunque el western ha retornado de manera cíclica, gracias a los esfuerzos de Clint Eastwood, Lawrence Kasdan, Kevin Costner, Jim Jarmusch, Ed Harris o los hermanos Coen, no se puede obviar la conclusión que los cineastas originarios del medio catódico nos ofrecieron, y que no es otra que el universo del mito ya no es un país para los hombres viejos que antaño cabalgaron por horizontes de grandeza. Ahora es el tiempo de mutantes y superheroes oscuros. Pero, esa es otra historia.

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