El gallo cojo

La liturgia de Juan José Padilla en el CICA

Texto: El gallo cojo /

Las fotos que componen Resurrección: la liturgia según Padilla, en el Centro de Interpretación del Cine en Asturias (4ª planta del Casino de Asturias) hasta el 6 de julio, nos sirven para comprobar, una vez más, que la tauromaquia no es espectáculo ni mucho menos fiesta, entre otras razones porque la presencia de la muerte y la sangre son difíciles ingredientes en uno y otro caso. La tauromaquia es, antes que arte, un rito pagano donde la sangre del toro y la del torero logran alcanzar el estremecimiento del espectador. Lo que pueden a ver a través de la mirada del fotógrafo Leo Cobo es una serie de imágenes que nos cuentan el momento exacto en el que el matador se arma con su traje de luces. En esencia, estos instantes logran que la secuencia adquiera una naturaleza mística, aquella en la que el matador se contempla por última vez ante el espejo y se consagra a las vírgenes y los santos.

El misticismo del torero se construye con una soledad extrema, una intimidad formulada con la imagen de un espejo y el auxilio de un mozo de espadas. No cuesta mucho pensar que el toreo es lo más parecido a una religión. Algunos lo han convertido en arte, pero las normas del arte cambian cada día, perseguido, quizá, por una modernidad obsesiva. Por el contrario, al igual que sucede con el catolicismo, en el toreo se hace necesario que pasen siglos para cambiar una simple costumbre.

El fotógrafo Leo Cobo, quien ya expusiera en el Centro de Interpretación del Cine en Asturias junto a Israel Ortiz de Zárate la magnífica serie Jazz life, dedicada el jazz madrileño que acontece cada noche en los emblemáticos cafés Populart y Central, logró introducirse en los aposentos de Juan José Padilla, horas antes de salir al ruedo. Leo Cobo procede del retrato urbano, de la imagen noctámbula y callejera de Madrid. De ahí que su mirada heterodoxa  nos invite a la morada del miedo con vocación de voyeur, morada, dicho sea de paso, por el que fluye el recuerdo de lo poseído y la incertidumbre de perderlo para siempre. Cobo nos descubre al hombre encadenado a la mitología homérica, al ser que persigue la gloria, incluso, a costa de sí mismo. Sus imágenes, en hermoso blanco y negro, logran detener el flujo hacia la muerte que es la vida. Y en el momento en que se logra detener ese flujo, el hombre alcanza, definitivamente, la inmortalidad.

Hemos venido en llamar Resurrección: la liturgia según Padilla a esta exposición porque descubrimos en el maestro a un hombre que nos devuelve un toreo más profundo y sincero, desde que sufriera su último accidente. Quiere decirse que Juan José Padilla alcanzó a sentir la muerte y a sobrevivirla, arrastrando todas las cicatrices en su rostro. Cuando uno logra superar ese trance, necesariamente se convierte en otro. Sus ideas alcanzan mayor temple, se adquiere distancia de lo efímero, el verbo y el movimiento se vuelven más puros y concisos. «Yo soy el otro», decía Rimbaud en sus alucinaciones. Necesariamente se es otro cuando uno descubre la conciencia de su propia muerte. Y ahí es precisamente cuando nace la religión. El toreo, ya digo, puede ser una religión o una hermosa alucinación a las cinco de la tarde.

Lee o descarga el folleto de la exposición el el Casino de Asturias: Resurrección: La liturgia según Padilla.

Leo Cobo

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