Pablo García Guerrero

Música triste del cine español

Texto: Pablo García Guerrero /

El Vaquilla era un «alegre bandolero» en una casete de Los Chichos por la carretera de Valencia; Rafi Escobedo, un hombre-niño abandonado en la soledad o la traición de la culpa, a través del humo verde de Jesús Quintero, y Azarías, un hombre-pájaro libre y salvaje en los cortijos eternos de Extremadura.

Hay un criminal en España al que estamos obligados a perdonar: al raterillo, al pícaro, porque constituye la forma más accesible de burlar una autoridad que, por definición, en España, resulta obscena; al segundo, la oveja negra de un país de hidalgos con capa raída que siempre ha pisado los salones de la nobleza sin decidir si sería mejor servir a los marqueses o acuchillarlos al alba, mientras aún ronca el criado que podríamos ser nosotros mismos, y al último, al castigado por la fúnebre garra de la explotación y el latifundio o por las cacerías con ministro o monarca.

A otros, no. La katana, Alcácer, Rafita… No importan aquí la condición social, las perlas de la marquesa ni el señorito de bigotín y gomina. De nada sirve invocar al videojuego violento, los polígonos de scooter y chándal o cualquier enajenación mental. Matar sin razón, por placer, con satisfacción. Si hubiera garrote vil, correríamos a quitarle el sitio al verdugo.

Y El verdugo, El extraño viaje o La caza buscan la raíz del perdón en la «entraña negra» que nos corroe, la raíz podrida, la sangre enferma de la pobreza, el subdesarrollo o la envidia. El criminal sonriente, de sierra mecánica o colección de cadáveres aquí sólo gusta por la atracción del exceso.

Pero entonces, la melodía que acompaña a Cassen, Manuel Alexandre, Agustín González o José Luis López Vázquez   mientras inician un nuevo día gris tras la ventanilla a la que en realidad siempre hemos querido pertenecer nos tuerce el gesto, entre la alegría y la pena, la burla del calvo hombrecillo de traje marrón y la triste constatación de la herencia que arrastramos, que nos ha conformado por esa carretera de Valencia en el 124 sin cinturón, angustiosamente aburridos de nuestra madre iletrada, el hermano pendenciero y el padre de camiseta de tirantes, vello al viento y «¡arrastro!» a voz en grito en una mesa plegable a la vera de ese mismo coche, en cualquier conato de césped, cerca de cualquier conato de playa de cualquier conato de paraíso para la clase trabajadora, desde los sesenta hasta estos noventa y dos mil de lobos de Washington, corrupción en la Costa del Sol y crematorios, en los que nos creemos sin embargo lejos de aquellas miserias cuando hemos escuchado, serios, adoradores, aduladores, a un Tom Waits narrar roto la vida muerta del perdedor americano, mientras que aquí suenan por todas las carreteras y polígonos y ventanillas los acordes de esa trompeta que hiela la sangre y el gesto porque no es risa ni es pena, ni es muerte ni es vida, ni sombra ni luz ni amor ni dolor, sino una sombra grisácea, o amarillenta, con olor a cerrado o a churros de feria, charanga de pueblo y mantel de hule, que cubre la huella del crimen de las series de La 1, el verbo marchito de cualquier concejal de cultura o las lágrimas de una procesión bajo la lluvia.

Hay, sí, esa mueca, ese gesto torcido, por el crimen que llevamos dentro, por el criminal en potencia que late en la tarde ardiente de Puerto Hurraco, o por el atraco al banco para salir de la miseria y correr felices hacia el perdón que prometen el cemento y las paellas de arena, sombrilla y varices.

Hay, sí, una mueca, una burla y una pena. Todos los días suena la música de Atraco a las tres.

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