Jorge Alonso

«Me llaman Nadie»


“Me preguntas, Cíclope, por mí ínclito nombre. Te lo diré al punto, pero me otorgarás el don que acompaña a la hospitalidad, tal como me lo prometiste. Nadie  es mi nombre. Nadie me llaman padre, madre y demás amigos.”

(Ulises en  la Odisea de Homero)

Tiempo… el suficiente.”

(Roy Batty en Blade Runner, de Ridley Scott)

No están los tiempos para sentirse orgullosos del ser humano. De ser humanos. Lejos  quedan los días en que respirábamos henchidos de orgullo y observábamos nuestra especie como la culminación de un proceso, fuera divino o natural, daba igual. Sí, sí, los evolucionistas siempre decimos eso de que no hay plan maestro y seguramente sea cierto. Pero sea como fuere estábamos en la cumbre.

Sin embargo ahora… nos vemos como un caos de dientes afilados, un desorden movido por la ambición, peleles en manos de lípidos invisibles que celebran su engorde sin importarles nuestra ruina. Despertamos entre voces desesperadas, desayunamos sapos y culebras y tememos que un día todo se rompa ante nuestras narices.

Pero maldita sea, ¿quiénes creíamos ser? Apenas unos recién llegados, ansiosos de tiempo y de placeres que completen ese arcón envenenado que llamaron felicidad. Animales cordados, vertebrados, mamíferos, placentarios, primates, homínidos, sapiens… Según dicen por ciertos canales públicos, apenas extensiones de un cerebro que toma decisiones que nos son prácticamente ajenas, como Dios.

Cabeza de Ulises. Sperlonga. S. I

Y sin embargo queremos el tiempo. Queremos seguir viviendo, cuando obedecemos a nuestro mandato genético, o morir como queramos, cuando la genética claudica ante la química y las circunstancias. Pero queremos disponer de nuestro tiempo. Y satisfacer una necesidad tras otra. Creemos merecerlo. Al fin y al cabo somos capaces de cosas que otros no creerían.

Admiremos nuestro legado hasta ahora, deleitémonos en nuestras luces, mostremos piedad ante nuestras sombras, cerremos los ojos a realidades ajenas a todo esto. Nadie nos lo podrá quitar, ¿no?

Sí. Nos lo pueden quitar todo, nos pueden reducir a mera fuerza de trabajo, sea este físico o intelectual, podemos condenarnos a comernos los unos a los otros, beber los charcos de sangre, amar al Gran Hermano, lololear por las calles, violar, sonreír con jirones de carne entre los dientes, atusarnos el pelo, colocarnos la corbata.

O podemos revelarnos, sí, claro, podemos buscar y destruir nuestra naturaleza íntima, nuestra parte mala, la ambición que nos trajo hasta aquí, el esfuerzo que construyó el mundo, el paradigma que nos aupó por encima de nuestras limitaciones aquella tarde en la sabana africana.

Podríamos hacer todo esto y el tiempo seguirá corriendo, la tierra girando, el universo creciendo o decreciendo. No acabamos de pillar una parte importante de la trama, seguimos en nuestros puntos de giro, nuestros incidentes incitadores y nuestros conflictos internos o externos.  Pero no pillamos la gracia final.

Hablemos aquí, en Neville, de lo que nos hace felices. Hablemos de libros, de discos, de películas, de cuadros, de edificios, de hechos históricos. Hablemos también de lo que nos sonroja. Hablemos de libros, de discos, de películas, de cuadros, de edificios, de hechos históricos.

Disfrutemos del tiempo que le faltó a Roy Batty mientras intentamos olvidar la trama oculta de esta historia: Ulises no mentía a Polifemo.

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