Víctor Guillot

El olor a sangre humana no se me quita de los ojos

Texto: Víctor Guillot /

Fue en el Museo Nacional de El Prado donde escuché cómo Francis Bacon resumía en un documental todo el expresionismo abstracto americano en una sola imagen. Era abril de 2009 cuando El Prado presentaba por primera vez una retrospectiva de un pintor moderno en sus salas.  Según el máximo exponente de la vanguardia figurativa británica en las décadas de los 50  y 60, el expresionismo abstracto cabía en la pupila de cualquier autorretrato de Rembrandt. Con una simple declaración, Bacon reducía a una mancha toda una escuela. Sus palabras envenenadas evidenciaban la guerra que mantenía con los abstractos cuyos críticos defendían, a tontas y a locas, la desaparición de la pintura figurativa. A Bacon le encantaba descalificar toda abstracción tachándola esencialmente de «decorativa, un adorno que puede ser muy bonito, pero nunca profundo»; en los momentos de mayor mordacidad, se refirió a Jackson Pollock como «ese viejo hacedor de encajes» y comparó la serie de De Kooning Mujeres con una baraja de cartas. De Kooning, por el contrario, se quedó impresionado por el cuadro de Bacon Pintura de 1946 cuando lo vio en el MOMA y expresó por Bacon una profunda admiración.

El expresionismo abstracto en la mirada de Rembrandt

Todas aquellas boutades encajaban perfectamente en el catálogo de contradicciones del pintor de origen irlandés, que había aprendido de los americanos abstractos la composición del color y del espacio. De hecho, Bacon no sólo incorporó estos elementos a su obra, también incluyó la agresiva libertad y la espontaneidad gestual de las pinceladas de De Kooning a sus cuadros, arrojando pintura en el lienzo y dejándola chorrear.  De alguna manera, nuestro protagonista se sentía amenazado y seducido y eso explica que sus imágenes figurativas se comprendan al borde de la abstracción, facilitando el clima misterioso de todos sus lienzos. No obstante, aquella sentencia conseguía que uno siguiera pensando, por muy errado que estuviera, que Pollock, Rothcko o Newman habían sido encerrados en la retina de un pintor flamenco.

El número 6 de Jackson Pollock o la pupila de Rembrandt

Pues bien, la editorial Acantilado trae a Francis Bacon al presente, a través una larga entrevista rubricada baja las palabras de  Esquilo «El olor a sangre humana no se me quita de los ojos. Conversaciones de Francis Bacon» de Franck Maubert y traducido por F.G.F Corugedo. Durante la década de los 80, Maubert trabajó como periodista en la sección de arte L´Express que puso a su alcance la oportunidad de encontrarse con el artista, momento que tendría lugar en su taller londinense, en Reece Mews,7, South Kensington.  En esta entrevista, celebrada en varios sesiones, el lector podrá descubrir no sólo los temas que obsesionaron al artista (el grito, el sufrimiento, la carne, el sadomasoquismo), sino también los planteamientos éticos que sostuvieron su pintura, ya que para Bacon, su obra es un análisis permanente de sí mismo.

Fotograma de El Acorazado Potemkin (1925)

El autor de Tres estudios para figuras en la base de una crucifixión (1944) o el Papa Inoncencio X  no esconde las influencias que «dispararon» su necesidad de pintar. A la fotografía, «capaz de captar instantáneas que ningún pintor hubiera podido», se unñua el cine de Antonioni, Goddard o Buñuel, y sobre todo, el de Einsenstein, cuyo Acorazado Potemkim (1925) quedó grabado en la retina del pintor:  «Potemkin…Esa niñera que grita, que llora, me ha perseguido, obsesionado, no lo sabe usted bien…Intenté utilizar esos clichés para la boca, claro, pero la cosa no funcionaba, nunca funcionó. La imagen de Einsenstein es mejor. También encontré un libro, cuando estaba en París, con láminas sobre las enfermedades de la boca, unas láminas en color magníficas…Del mismo rojo que la sotana del papa. Todo esto me obsesionaba».

La matanza de los inocentes (1626) de Nicolas Pousin. En el museo Condé.

Frank Maubert, escritor y autor de varios libros consagrados a la pintura Le Paris de Lautrec, Maegh, la pasión de l´art vivant, entre otros, retoma en esta larga conversación la vieja idea del palimpsesto en la pintura. En su caso, la entrevista recorre el itinerario plástico de Bacon, que pasa por el arte egipcio, Veláquez, Van Gogh,  Picasso, los dibujos y esculturas de Giacometti o, curiosamente, La Matanza de los inocentes (1626) de Nicolas Pousin, del que afirma ser «el grito más bello de toda la pintura. Su grito me hizo reflexionar, quise representar el mejor grito humano», quizá el grito que explica la tormentosa relación de Bacon viviócon su padre.

Pablo Picasso

Que duda cabe que el papel de Picasso en la obra de Bacon adquiere casi el de naturaleza paterna sobre el pintor. Entre los dos se produce ese paralelismo obsesivo por llevar a cabo innumerables versiones de un mismo tema, al tiempo que se combina una ambiciosa modernidad y una desesperación existencial. El Guernica (1937) de Picasso es, en esencia, un nuevo Calvario que explica España durante la guerra civil y alcanza, de forma adelantada, la naturaleza alegórica del sufrimiento en Europa. La Crucifixión (1933), o los Trípticos de Bacon y sus diferentes versiones, a lo largo de sucesivas décadas, caminan por la misma senda. En ambos casos,  la religiosidad ha sido vaciada de cualquier contenido teológico. Lo sagrado ya no es Dios, sino la forma.

Bebedor, jugador, homosexual y sadomasoquista, la vida de Bacon fue una auténtica montaña rusa llena de subidas y bajadas, que sólo alcanzó cierta estabilidad económica cuando se incorporó a la nómina de pintores que representaba la galería Malborough, a partir de los años 60.

Estudio de un retrato de Van Gogh (1957) de Francis Bacon

Más allá de la influencia del arte sobre el arte, la pintura de Bacon está afectada de forma directa por su propia experiencia vital, donde el amor, la soledad y la desesperación jugaron un papel determinante, del mismo modo que le sucedió a Van Gogh. «Siempre amaba a personas mayores que yo. Desde esa perspectiva, era un proscrito, y sigo siéndolo. Creo que no soy natural. Eso no es la vida. ¿Sabe?, el amor es una enfermedad dolorosa, penosa, pero es una necesidad».Considerado a sí mismo como un nihilista optimista, la vida, según Bacon se reducía al nacimiento, la cópula y la muerte. El hombre, básicamente, es carne y a su vivisección se encomendó a través de la pintura, quizá porque sólo de esta forma era capaz de expresar todo el sufrimiento que, a lo largo de la vida, y por diferentes motivos, le obsesionaba.

Pintura de 1946 de Francis Bacon

«Mi pintura es, en primer lugar, instinto. Es un instinto, una intuición que me empuja a pintar la carne del hombre como si se expandiese fuera del cuerpo, como si fuera su propia sombra. Yo la veo de esa manera. El instinto está mezclado con la vida. Trato de situar el objeto lo más cerca posible de mi y me gusta esa confrontación con la carne, esa auténtica desolladura de la vida en estado bruto».Desolladura es, probablemente, la palabra que mejor define su obra y su vida, una desolladura permanente que difícilmente encuentra un momento de descanso. No es extraña la semejanza con un poeta maldito como Arthur Rimbaud. Pintor y poeta viven necesariamente en el caos («mi vida es un basto desorden») y ejecutan una calculada autodestrucción trasladada al lenguaje de cada uno de ellos. En este sentido, respecto al idioma y su influencia en la manera de entender la pintura, Bacon afirma, a propósito de James Joyce que «es difícil explicar por qué Joyce es un gran escritor. Ulises es su mejor libro, allí ha torturado, triturado, despedazado el idioma…Inventó una técnica, un estilo, que va bastante lejos. Me gustan los que investigan, los que desmontan, los que deshuesan, lo que inventan. De ahí mi gran interés por la obra de Picasso. Picasso me gusta muchísimo».

Tres estudios para una crucifixión (1962) de Francis Bacon

Las conversaciones de Frank Maubert reúnen, como se puede comprobar tras su lectura, la mayoría de grandes temas que el artista no dejó de abordar hasta su muerte (1992), y  a los que dio vueltas con obstinación: el arte, la vida, la muerte, las pasiones, sus viajes, sus lecturas. Como afirma el crítico y escritor «hablar le divertía, hablar le excitaba. Hablar era también un arte para él. No dudaba en volver y volver sobre un tema, desmenuzar una idea, cebarse con una palabra, desnudarla mejor, armado de varios diccionarios si era preciso…predicando, también, a su manera, un discurso sabiamente meditado hasta la más mínima evocación, como si quisiera, una vez más, dejar a la vista sus demonios»

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