Pablo García Guerrero

Por la línea B del RER: cincuenta años de música francesa

«Perdido en el valle infernal, el héroe se llama Bob Morane…, Bob Morane contra todos los chacales, Bob Morane contra todos los guerreros…», cantaban Indochine (algo así como llamarse Guinea Ecuatorial: antigua colonia sangrienta, cuna de guerras abiertas) en los ochenta, imberbes y coloristas, teclado compulsivo y flequillo atravesando la mirada. O sea, nada de chicha histórica, política y de la alta cultura al uso que se asocia a Francia. Se trata de lo que ocurrió en toda Europa por esa época: el abandono de la seriedad, la elevación de la cultura popular (como los indios en Leopoldo, María, Panero) al cielo del Vélodrome de Marsella o a la portada de Les Inrocks. Es un punto de inflexión innegable en la música del siglo XX: el paso de lo trascendente a la intrascendencia «postpop».

Pues bien, la música francesa ha transitado por los caminos de la modernidad de la misma forma en que lo han hecho otros países, y desde ese Bob Morane (por situarlo de forma alegre) no se entiende ya la música francesa con los moldes que, sin embargo, tratamos de endosarle aún hoy desde el sur de los Pirineos.

Línea B del RER en la estación parisina de Châtelet-Les Halles

Tenemos hoy, en cualquier bar parisino, grupos, bandas y hasta bretonas bagads que no renunciarían al clásico acordeón ni en un ataque nuclear, horteras teñidos en el Olympia y melosas Star Academys en TF1, y, a la vez, agresivos hip-hops de banlieu por la línea B del RER, círculos de gorras y playeros llamativos en Les Halles y el boulevard de Barbès, y, también al norte, discográficas de Mali, crooners de Senegal y el nuevo raï argelino.Y, sin embargo, conviven en Francia, en constante e irresolube contradicción, ambas tendencias: la «malrauxiana» y la «gainsbourgiana». La de que la cultura es la expresión más perfecta de la política y la de que toda manifestación cultural ha de desterrar justamente la idea de altura, de política e incluso la idea de idea.

Serge Gainsbourg

André Malraux

Entre medias, Jacques Dutronc y la inmortal herencia de Django con lo que allí se llama jazz manouche, Benjamin Biolay como un Nick Cave susurrante, Yann Tiersen de sus lluvias de Brest al mundo entero, y Daft Punk actualizando violentamente Tron.

Pero nuestra visión de la música francesa se ha detenido —como se ha detenido el tiempo en los bosques infinitos de Brocéliande— en el viril cortejo de Yves Montand y, por supuesto, en la mala reputación Saint-Germain de Brassens, Léo Ferré o Boris Vian. Menos nos queda aquí del giro hortera de la mano de Johnny Halliday.

Jaques Brel, Léo Ferre y Georges Brassens

Entonces, de Yves Montand ganándose su salario del miedo entre hojas muertas, pasamos a la tormenta de Brassens (y de Alberto Pérez), a Johnny H., sí, protagonizando Detective, de Jean-Luc Godard, Gainsbourg omnipresente y Marie Laforêt perdiéndose en la playa, y llegamos a los ochenta despreocupados sin saber de qué de Téléphone, Mano Negra y Les Negresses Vertes, y en los noventa Mathieu Kassovitz nos enseña La haine y todo se vuelve más oscuro, menos acordeón y guitarra manouche, menos petit appéro Rive Gauche, menos Malraux, y también menos Gainsbourg, y saltan los tópicos, y saltan las alarmas de los coches incendiados, y las alarmas de la línea B del RER, azul y abarrotada, y las alarmas de Le Pen en la segunda vuelta contra Chirac, y resulta que el país que habíamos imaginado aún gobernado por la «derecha de izquierdas» de De Gaulle, los Renault 5 Copa Turbo, Brigitte Bardot riéndose ante nuestras braguetas y los mil tenedores de Bocusse es ya otra cosa: sí, BB vive, protegiendo focas desde el Frente Nacional; sí, hay miles de tenedores, pero desconocen el aceite de oliva; Sarkozy…, bueno, quizá Villepin habría emulado mejor a Charles DG, pero ya daba igual; y en España nadie se ha endeudado para comprar un Renault Mégane, un Citroën C4 azul cielo ni un Peugot 307 turbodiésel, porque cruzamos la Maginot de los BMW y el Audi A3 para ir al autocine y llevar fresco en el maletero el hielo del próximo botellón.

Y por eso cuando nos hablan de Francia, a los que fueron de pana y chaqueta de ante siempre les quedarán el desertor Boris Vian y los amoureux des bancs publics de Brassens besándose sobre adoquines del Barrio Latino que no ocultaban ninguna playa; a los que nacimos con las utopías ya en la UCI nos salvarán la Mala vida y algún momento de debilidad por Audrey Tautou y el pelo negro corto, ojos grandes, abiertos, un no sé qué sentimental de complejo de charnego; nuestros herederos, si quieren, se podrán entregar a ese apasionante huracán electrónico que no tiene nada que envidiar al que ruge en Londres y, si quieren también, a los balazos sonoros del único hip-hop que suena bien sin estar cantado en inglés.

Jean Rochefort

Para todos los demás, o para todos nosotros a la vez, como síntesis de lo que es Francia hoy, de lo que ha sido y de lo que debería seguir siendo (una síntesis, ella misma, de culturas, traiciones, violencias y glorias), acosados por las nostalgias de este invierno sin lluvia, de este fundido en negro de la España genovesa, bailará siempre el parisino Jean Rochefort, libre y despreocupado, al ritmo árabe de la música de la peluquería de provincias en la que intentó ser feliz oteando el escote de la romanísima Anna Galiena.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s