El gallo cojo

El pintor, la huella y el detective

Texto: El gallo cojo /

El cielo colgado del tendal, la pajarita de papel que sueña con ser una oca, la luna en el desván y el caballero que carga sobre su espalda las horas incontables del mundo, mientras pisa la sombra del absurdo y se se fuma una pipa. La pipa es el arma con la que el intelectual dispara ráfagas de vida. La pipa de Hulot / Tati/Sherlock Holmes es la impersonalidad del hombre feliz que vuelve del revés la vida como un calcetín. Me gusta pensar que Rodolfo Pico es un pensamiento en imágenes, un flanneur que captura colores y geometrías como quien sale a buscar mariposas. Practica un pop lírico, ordenado y sereno, alegre y divertido, un tanto surrealista y capaz de subvertir el mundo con la misma eficacia que un Magritte.

Lo que más me interesa de Rodolfo en esta ocasión es su capacidad para inventarse. Es capaz de crear un detective absorbido por la huella y una huella que investiga al detective. Como en otros trabajos, vuelve a desacreditar la realidad, acertando con una idea que es expresión de nuestro tiempo.

Los maestros del diseño, el cartelismo, el pop, la poesía virtual y el arte objetual le deben mucho a Magritte. En España hay tres pintores que siguen su senda: Úrculo, Arrollo y sobre todo Pico. Porque Úrculo explota la épica negra del cine, abusando del sombrero y la gabardina en todos sus cuadros. Eduardo Arroyo tiene ademanes de Goya, siendo, sin duda, el más expresionista. Quizá porque procede del periodismo, se le adivina hasta la hora y el lugar en que pintó un cuadro, cuya historia el espectador debe escribir. En cambio, el más lírico, el más poeta de todos ellos es Rodolfo. Su pintura es cerebral y reflexiva y, al igual que el pintor belga, juega a introducir lentamente el terror o la alegría en las habitaciones tranquilas o en los domingos vespertinos del bosque, de modo que nunca sabemos si el tema del cuadro está dentro o fuera.

Los cuadros, las fotos, las pinturas. El taller del pintor que simula el taller de un mecánico. La diferencia entre uno y otro reside en el color. Lo que en el primero es silencio y temple, en el segundo es ruido y movimiento. Cada uno vive a su modo cierta agitación del ser. Qué subjetivo uno, qué transitivo el otro. Pico tiene hechuras de mecáncio. El día se sucede entre lienzos, patrones, óleos y una rueda matinal por los bares del barrio,  que es donde está la informacion real de cada día. Entonces uno se encuentra con Pico, que arde en la luz solar de cada uno de sus cuadros, devorado por su propia pintura.

Rodolfo vive entre pinceles, como el mago entre pócimas y de esta forma se hace uno gurú de una tribu, la tribu de la cultura, que ya no influye nada. Lo malo de la pintura, que nace desordenada, anárquica, es que luego llega un crítico y un galerista y la catalogan, le va imponiendo un orden racional, un sentido del negocio,  convirtiéndola en feretros colgados de la pared de un museo, como huellas que van dejando un rastro, un momento fugaz de tiempo.

Este desorden maravilloso que yo encuentro en el taller de Pico es la pesadilla burguesa del ciudadano de a pie que, lentamente, va dejando de ser burgués. Este desorden que acorrala, ya digo, es una expresión honesta del trabajo, del mismo modo que el escritor vive acorrado de libros, de palabras amontonadas en páginas de papel.

Rodolfo se sabe un romántico, capaz de llevar su pintura hasta las últimas consecuencias. A su pintura le voy encontrado día sí y noche  también, telas y entretelas de pensamientos e ideas, que nunca hubiera imaginado. Decíamos antes que le gusta desacreditar la realidad. Habría que añadir que con su pintura trae consigo una realidad de gato bardo, a través de cuyos ojos se refleja la vida de otra forma, más lenta, más pausada, si acaso detenida, como si el agua derramada del vaso no llegara a cariciar nunca el suelo.  De algún modo, Pico sabe alterar un factor mínimo de nuestra rutina, con lo que todo el conjunto simétrico, toda esa geometría se desnivela y nos da otra cosa, un escalofrío lleno de optimismo. De esta manera, adquirimos un nuevo signifcado capaz de estremecer nuestra conciencia de clase media, la que anhela un equilibro acechado siempre por los peligros del sinsentido, la bartorela o el suicidio de los ángeles.

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2 pensamientos en “El pintor, la huella y el detective

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