Víctor Guillot

Recordamos a Jorge Semprún

Texto: Víctor Guillot /

El III Ejército de Patton abrió las puertas de Buchenwald un domingo de abril. Ese día un joven estudiante español de 22 años volvía a ver la luz tras dos años recluido en el campo de reeducación alemán. Ese día, también nació un escritor que forjaría una leyenda como resistente en el frente francés, como comunista clandestino, como intelectual de la izquierda europea y como ministro de Cultura en el gobierno socialista de Felipe González. Vivió a caballo entre la escritura y la muerte, de la que sólo lograba escabullirse cuando lograba evadirse de su máquina de escribir. Se consideraba un retornado a la vida.  La Semana Negra lo trajo a Gijón hace cuatro años vestido de ángel con traje de lino y camisa blanca. Era capaz de despedir a la madrugada después de haberse bebido cuatro o cinco whiskis y ser el primero en recoger el periódico de la mañana. Por el medio, las horas discurrían como una larga tertulia que mostraba a un hombre lúcido, vitalista y resistente. Un año después de su muerte, acaecida el 7 de junio, recordamos a Jorge Semprún.   

-Reconoces en tu libro La escritura o la vida que tardaste mucho tiempo en descubrir a Marcel Proust; en cambio, de la lectura de su obra dedicada a la memoria de Buchenwald, el lector extrae la conclusión de que Proust te ha servido para evocar lo que ha sido tu propio pasado familiar y tus pasos en los campos de concentración.

-Cuando digo que he tardado mucho en leer a Proust no es ninguna broma. Desde la adolescencia, su indagación en la memoria no me interesó mucho, quizá porque me resultaba excesivamente familiar. Tenía la impresión de que al describir a aquella familia, también estaba contando historias de mi propia familia. De modo que había demasiada proximidad entre unas y otras, a pesar de las diferencias de idioma, nacionalidad y condición social. Lo que me resultaba extraño entonces era que todo el mundo creía  que yo me inspiraba directamente en Proust y quizá esto se deba, mayormente, al tipo de descripción que hace de la familia y, sobre todo, a ese tipo de frase proustiana, valga la redundancia, tan extraña en la tradición literaria francesa y, en cambio, tan próxima a la tradición española.

-No creo que los franceses se tomaran a bien que alguien insinuara que Proust escribe como un español.

-No sé si alguien ha indagado en los orígenes de esa frase interminable de Proust, llena de incisos y sub-proposiciones, que es una forma de escribir prosa típicamente española. A mi, desde luego, no me parecía tan novedosa como sí le resultó a tantos jóvenes escritores franceses del momento. Por entonces, después de publicarse El largo viaje, se estaba escribiendo una tesis húngara sobre mi literatura que hablaba de la influencia proustiana de Jorge Semprún. Yo no había leído a Proust todavía. Lo que está claro es que debe haber una simpatía o semejanza en mi estilo y el suyo. Sin embargo, desde que la influencia de Proust se hizo consciente en mí, después de leerlo y estudiarlo, desde entonces,  ya nadie me dice nada, salvo por el hecho de que ambos trabajamos la literatura desde la memoria.

-¿Y cuál es el motor que te ha impulsado a escribir y a recordar tus dos años en Buchenwald?

-Por definición o por necesidad, en mi literatura, ya sea política o puramente novelesca, la memoria tiene un papel fundamental, porque es sinónimo de identidad. Para alguien que ha tenido tantas identidades y tan diferentes como yo, que ha estado dudando si era español o francés, si era escritor o político, la única forma de permanencia de su identidad, de estar seguro de lo que era, se expresaba a través de la memoria. Yo puedo ser español o francés, pero yo soy aquel que recuerda que en el año 31 sucedió aquello y en el 36 esto otro, O sea, que en la memoria encuentro el clavo al que aferrarme para alcanzar la identidad.

-Hay escritores que creen que si traicionamos la memoria, traicionamos lo mejor de nosotros mismos. Qué valoración haces de los intentos por parte del gobierno y la sociedad española de recuperar su memoria histórica.

-Todos los países de Europa tienen un problema con su propia memoria, porque la historia de Europa en el S. XX es una historia trágica y sangrienta y, por consiguiente, tiene la necesidad de olvidar. Francia tiene, en estos momentos, un problema de memoria histórica porque no ha asumido plenamente lo que fue el gobierno para-fascista de Vichy. En cambio, la memoria histórica del pueblo estadounidense no tiene esos problemas. Continuamente se hacen películas sobre la guerra de Vietnam y no tardarán en hacerse sobre la guerra de Irak. En EEUU no hay ese recelo o autocensura. Sin embargo, en España hemos tenido durante mucho tiempo la necesidad vital de la desmemoria, sino de la amnesia. No podíamos estar recordando cada día lo que fue la guerra civil y la represión posterior porque teníamos que construir algo en común entre todos, entre los hijos de unos y los hijos de otros.

-En cierto sentido tienes razón. No hay decreto ni ley que regule eso.

-Pero hay momentos de la historia en que sí se legisla. Después de las guerras de religión en Francia, hubo el famoso edicto de Nantes en el que se dice que está prohibido hablar de los crímenes del pasado. Está prohibido para no despertar los odios del pasado. Se trata de un proceso popular y masivo de desmemoria colectiva. Ahora necesitamos reconquistar la memoria, posiblemente porque la democracia está lo suficientemente consolidada como para permitirse el lujo de una memoria verídica. A los que dicen “ustedes quieren resucitar los odios del pasado”,  yo respondo que no. Sencillamente, queremos resucitar la verdad del pasado, que todavía no está dicha del todo. Yo soy partidario de esa verdad, pero sin exclusivas. No sólo debemos recuperar la memoria histórica de la represión franquista, sino también la memoria de la represión republicana, siempre desde el punto de vista de la verdad y no desde la versión ideológica o partidista del pasado. En la II Republica hay actos que hay que autocriticar, aunque hubiera muchos más en el franquismo, entre otros motivos, porque el franquismo duró más.

-Para una generación de jóvenes lectores como yo, Semprún, que ha sido resistente en la II Guerra Mundial, superviviente de Buchembalg, dirigente del PCE en la clandestinidad y ministro de Cultura con Felipe González, usted es lo más parecido que ha tenido este país a André Malraux. Me gustaría saber qué te acerca y que te separa de él.

-Creo que la referencia a André Malraux resulta bastante gratuita, aunque debo reconocer que sí, que por ser escritor y al mismo tiempo combatiente y, sobre todo, porque los temas de su literatura son también en parte los míos, tenemos aspectos comunes en nuestras vidas. En cambio, yo no tengo ningún De Gaulle en mi vida. Y Malraux sin De Gaulle no es un Malraux completo, tan sólo una parte. Por el contrario, yo no tengo ningún personaje histórico al que tenga una devoción incondicional como sí tuvo él por De Gaulle. Por supuesto, siento gran admiración por sus novelas y, por supuesto, por L´spoir.

-La gran novela de la guerra civil española la escribió un francés.

-Es un libro increíble. Una de las grandes  novelas del pasado siglo, aunque sea caótica y en ella se fundan el reportaje, la crónica y las largas discusiones filosóficas, que tantas críticas le ocasionaron en París. Para mí, su virtud principal es, desde un punto de vista político y moral, su adhesión,  desde la no militancia, a la estrategia del PCE durante la guerra civil.  Malraux defiende y ataca la disciplina del comunismo porque cree que el maniqueísmo maquiavélico del comunismo no es aceptable, pero al mismo tiempo lo considera necesario para ganar la guerra. Esa visión de la dialéctica me entusiasma.

-Resulta curioso que Federico Sánchez se exprese en español y Jorge Semprún en francés. ¿Podemos concluir que, literariamente, vives en una permanente esquizofrenia?

-No diré tanto, aunque me divierte decir que soy totalmente esquizofrénico porque soy totalmente francés y totalmente español. A veces me ocurre que, sin razón aparente y objetiva, escribo una nota en castellano y a las dos líneas, regreso al francés. Por qué cambio de idioma, no me lo explico ni siquiera yo. En cualquier caso, no me indigna porque no es una cuestión mental sino lingüística.

-¿Es Buchenwald el lugar de nacimiento del escritor Jorge Semprún?

-Cuando salgo del campo tengo 22 años recién cumplidos. Me planteo relatar los recuerdos del campo de concentración. Pero no quiero escribir sólo un testimonio. Deseo hacer algo más, desarrollar una empresa literaria que me exija distancia, composición, escritura. Los testimonios están ahí, la  memoria oral también. En cambio, yo fracasé al dar ese testimonio tras mi salida del campo de concentración. Al poco tiempo, me di cuenta de que para escribir ese libro, tenía que mantenerme en la memoria del campo de concentración y eso, al mismo tiempo, alimentaba, por medio de la escritura, la memoria de la muerte. De tal modo que llegué a la convicción de que la desembocadura de esa empresa sólo podía ser el suicidio.  La muerte se acordaría de mí a través de la escritura. Descubrí que el futuro no era la escritura, porque yo quería vivir. El futuro, entonces, era la política. Mañana acabaremos con Franco, haremos la huelga. La política es un proyecto de porvenir, aunque sea el proyecto más ramplón, siempre se refiere al futuro.

-Te niegas a escribir de Buchenwald como quien no se atreve a pisar de nuevo un territorio manchado por la muerte.

-Efectivamente, no pude atravesar ese territorio, hasta quince años después, cuando ya no sólo a mi me fue posible escribir, sino también cuando a la gente le fue posible escuchar. Cuando yo publico el Largo Viaje ha pasado una generación. Primo Levi es uno de los grandes escritores. Secuestro de un hombre es del año 47. Entonces, nadie lo quiere publicar. Todas las grandes editoriales lo desprecian. Finalmente, el libro lo publica un pequeño editor y el libro a penas vende 1000 ejemplares o menos. Sin embargo, quince años después, con motivo de una exposición, alguien redescubre su libro y se convierte en un libro icónico, emblemático diría yo, que no ha cesado de reeditarse. Es el tiempo que yo tardo en escribir y el tiempo que la sociedad necesita para escucharme. Es un movimiento objetivo, histórico y sísmico. A partir de entonces, surgen los primeros testimonios.

-Jonathan Littel ha cosechado este año un gran éxito con su libro Las benévolas donde desarrolla un relato grotesco y desgarrador de II Guerra Mundial, a través de la figura de un miembro de las SS. ¿Sería capaz Jorge Semprún de escribir un libro donde el protagonista fuera nazi?

-No. En este momento, no. Yo soy miembro de la Academia Goncourt y también del jurado que premió la obra de Littel, una novela extraordinaria. Sin embargo, debo reconocer que no soy capaz de escribir un libro así,  porque no me interesa, porque no soy alemán y porque no soy capaz de reconstruir la naturaleza psíquica de los protagonistas que aparecen en Las benévolas. Pero tampoco podría dar voz a un caudillo franquista. Entiendo perfectamente y sé la importancia que tendrá en la historia Alemania este tipo de libros, aunque los escriba, como es este caso, un americano, pero yo no tengo el valor para identificarme con el personaje aunque sea para tomar distancia. No sé si es una debilidad o una virtud, pero no podría ponerme en el pellejo de un falangista.

 -Tras las últimas elecciones generales, José Luís Rodríguez Zapatero parece haber convertido nuestro país en un oasis de la socialdemocracia.

-Es cierto que Europa está viviendo una fase retrógrada, que tiene que influir obligatoriamente en España. Me pregunto si España podrá preservar sus políticas sociales, o si, por ejemplo, tiene peso suficiente para evitar formulaciones lamentablemente peligrosas sobre la inmigración que se están haciendo en estos momentos. Hay muchas preguntas. El ambiente europeo es derechista, por lo tanto ¿exigirá a España una alineación? Nada está decidido, de modo que me reservo el juicio y dejaré que el tiempo diga si el oasis se mantendrá o será devorado por el desierto.

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