Adrián Sánchez Esbilla

Pop-Brut: Daniel Johnston y los demonios

Texto: Adrián Sánchez Esbilla /

“I’ve been through some hard
But I’m feeling so much better
And I’m standing in your yard
I could be there forever
And I know if you saw me now
You would be much perplexed
And I know if you saw me now
Your mind would be contorted”

(Mind Contorted , Daniel Johnston, 1994)

 

 Daniel Johnston está acostumbrado a la resurreción. Su propia vida es una constante subida y bajada de la tensión eléctrica. El músico y dibujante, figura central del underground USA desde los 80, vive a saltos entre las realidades. La mayor parte del tiempo en una sangría intermedia, un espacio entre su realidad y la nuestra. Esta primavera Johnston visitaba este lado del espejo gracias a una retrospectiva de su obra gráfica realizada en el espacio de La Casa Encendida, en Madrid. La exposición de sus dibujos estuvo acompañada de un concierto ofrecido desde su propio lado. Hace algo más de un mes se publicó en España la recopilación de dibujos e ilustraciones Visiones Simbólicas. Un diário de esa alter-realidad, una visita a los estados diferentes de la mente.

 

 I’ve been dead for so long cantaba con entusiasmo Daniel Johnston en aquel fantástico Fear Yourself que le produjo Mark Linkous en 2003. En realidad Johnston sólo ha estado vivo intermitentemente, como chispazos de corriente alterna. Su cabeza funciona entre parpadeos. Hoy, con 51 años, vive en Austin y gira por el mundo agarrado a un patetismo de niño grande que unas veces acongoja y otras conmueve.

Dos años después, el documentalista Jeff Feuerzeig recuperaba la figura del músico a través del documental The Devil and Daniel Johnston. Una pieza de montaje y manipulación del material soberbia, que hace uso tanto de la presencia como de la ausencia de Daniel, llegando ambas a conversar en virtud del tratamiento cinematográfico que mezcla tiempos y testimonio. Una recreación de su historia en primera persona lograda gracias a las ingentes cantidades de material registrado, grabaciones, cortos, actuaciones, mediante las cual el músico y dibujante ha documentado su existencia. Diarios mezcla de narcisismo y necesidad. Certificaciones de su presencia en el mundo hachas para sí mismo.

A principios de los 80, después de un amargo paso por la Universidad, le diagnostican un trastorno bipolar, agravado con diversos episodios maniaco-depresivos, paranoia, delirios… Poco después Daniel encuentra las drogas. Un viaje de LSD antes de un concierto de los Butthole Surfers le desconecta de la realidad. La enfermedad se dispara y Daniel conoce al Diablo. Su educación religiosa somatiza de este modo la enfermedad. Dos cortes registrados en el documental muestran sendos discursos en pleno delirio. Estremecen.

Feuerzeig hace que la película recree el ritmo vital de su protagonista, incansable al principio, errático después, sedado a ratos, desembocando en un epílogo lleno de melancolía y tristeza. Lleno, de alguna manera de pop. Si al principio los padres de Daniel, en especial su madre, con quien tuvo una conflictiva relación, aparecen retratados con cierta aspereza, al final del viaje emergen como lo único que separa a Daniel del abismo, de perderse y no volver. Entonces aquellos sermones que oíamos grabados, aquella sensación de fracaso y de extrañamiento nos parecen distintos. No se les puede culpar. Nadie tiene la culpa de nada. Como explica su antiguo compañero de estudios y amigo David Thornberry, los que le rodeaban eran su objeto de estudio. Daniel era la chispa que desde el sótano incendiaba aquella casa. Y le gustaba provocar aquellos pequeños incendios. Le gustaba hacer reaccionar a la gente. Quizás por eso fue difícil saber dónde se había acabado la comedia y dónde había comenzado el terror.

«Todos, tu familia y tus amigos/ Diciendo “¡Oye, búscate un trabajo!”/ “¿Por qué solo haces eso que haces?” / ¿Por qué eres tan raro?/ La verdad es que no nos gusta lo que haces/ Y no pensamos que le pueda gustar a alguien / Es un problema que tienes / Y ese problema va ponerte enfermo»

Los discos de Johnston suenan como un Brian Wilson sin presupuesto ni educación músical. Su versión intuitiva. Daniel podía haber firmado In My room o I just wasn´t made for this times. Curiosamente no conoció a los Beach Boys hasta pasados los 40. Los Beatles, Bob Dylan, la efervescente escena underground de los 80 y su propia creatividad pop eran suficientes. Brian Wilson nunca le ha influido, pero se parecen tanto que podrían ser hermanos de un universo paralelo. Sus vidas lo son.

En 1985 trabaja en un McDonald´s en Austin y se busca la vida como cantautor entregando en mano grabaciones caseras que, con el tiempo, componen su corpus autoral –trabajos clave registrados en una garaje, con equipo más allá del low-fi y carátulas dibujadas a mano con su recurrente iconografía de ranas, boxeadores, cuerpos como maniquíes desmembrados, cabezas vacías, fantasmas, superhéroes y diablos.  Song´s of pain, Don´t be scared, The what of whom, More song’s of pain o el díptico clave Yip/Jump Music y Hi, how are you? nos hablan de un Johnston que se cuela en la grabación de The Cutting Edge, un programa de la MTV dedicado a descubrir bandas locales que conducía Peter Zaremba, líder de los Fleshtones .

Nadie lo había invitado, pero se presentó. Era la oportunidad de su vida. Su sueño era salir en la MTV. Si uno ve la actuación se da cuenta de muchas cosas. La más obvia que está viviendo el mejor momento de su vida. La felicidad y los nervios se le escapan por todos lados. La segunda es que Daniel Johnston ya está en otro lugar, uno del cual no ha vuelto. Sus ojos petrifican. Y la canción que escoge no puede ser más terrible, aunque al cante con una sonrisa que no puede ser más pura: Mis esperanzas está rotas como una espejo en el suelo/ Me miro y me encuentro desperdigado/ pero estoy viviendo mis sueños rotos”.

La voz de Daniel entonces es aguda, temblorosa y se te mete dentro. No sabe tocar y no sabe cantar, pero se te mete dentro.  Dentro de su cabeza suena como los Beatles. Es Pop Brut. El arte de los locos. Entonces todo el mundo quería a Daniel, aunque ninguno sabía que hacer con él.

Más adelante, en el documental, con el músico sometido ya a diversos tratamientos que abandona una y otra vez, vemos como viaja a Nueva York invitado por los Sonic Youth para grabar allí, producido por Jad Fair de los influyentes Half Japanese, el que será su fundamental 1990. Durante un concierto en una tienda para el underground neoyorkino en pleno a Daniel se le vuelve a salir el cerebro, como él mismo cantaba en I had lost my mindMira, tengo esta pequeña ranura en mi cabeza/ Se abre lentamente y mi cerebro se desparrama fuera/ esparciéndose por la acera y yo ni me doy cuenta»). Comienza a delirar y llorar, soltando un discurso religioso y cantando himnos mientras le pide al público que le acompañe. Todos aquellos tipos allí sentados se piensan que están viendo una performance de Andy Kaufman, pero aquello es real. La grabación es impúdica, brutal, grotesca; no por Daniel, que está fuera de sí y del mundo, sino por  sus acompañantes y admiradores. No saben que el terror ha sustituido a la comedia, si es que ésta ha estado allí alguna vez.

Daniel Johnston y Jad Fair, It’s Spooky, 1989.

Todos le quieran, ya lo sabemos, pero nadie sabe como ayudarle y todos quieren quitárselo de encima. Si el primer viaje a Nueva York terminó con el internamiento en un psiquiátrico, su segunda visita a Jad Fair para grabar juntos It´s Spooky en 1989 acaba todavía peor. De vuelta a casa de sus padres, en Virginia, se baja del autobús antes de tiempo. Desorientado, cree que el diablo lo persigue y asalta la casa donde vive una anciana. Esta, aterrorizada, salta por la ventana y se parte los dos tobillos.

Los 90 fueron años oscuros, más oscuros todavía. Fueron los del éxito, cuando Kurt Cobain no paraba de pasearse con la camiseta del disco Hi, How are you?, y los de los delirios satánicos. Su propia familia le tiene miedo. Daniel está más tiempo en el psiquiátrico que fuera y cuando sale o la medicina le deja como un vegetal o no la toma, entra en crisis rápidamente. Después de un apoteósico concierto en 1996 vuelve a casa con su padre en la avioneta de este, antiguo piloto durante la 2ª GM.  Daniel, de repente, se cree Casper, el fantasma y decide volar libre. Quita las llaves del aparato y lo lanza en picado. Tras una breve pelea su padre logra tomar de nuevo los mandos. Aterrizan contra uno árboles dejando el avión siniestro total. En las fotos de la detención Daniel sonríe como un niño. Su madre dice que pensaba que había echo algo bueno. «Sonreía a través de su infierno personal / Echó su ultimo centavo a un pozo de los deseos / pero estaba deseando demasiado cerca / y entonces se calló / Ahora es Casper, el fantasma amistoso».

Muchas de sus canciones está llenas de un tortuoso sentido del humor, certificando, hasta algún punto de no retorno, la ruptura de su mente. Otras veces son retrospectivas, momentos de lucidez, como si se despertase de un sueño o reviviese. Ambas metáforas que emplea con frecuencia.

Pero el gran tema de Daniel Johnston es el amor, el amor como ideal, el amor platónico nunca correspondido, inalcanzable, intocable. Y por ello mismo, puro. El amor tiene nombre en el universo de Daniel Johnston: Laurie Allen. Una compañera de la escuela de artes de la cual estaba enamorado, obsesionado en realidad, en secreto. Cuando ella dejó las clases y se casó con el dueño de una funeraria Daniel encontró su filón creativo. No necesitaba lo real, solo la imagen de lo real, su ilusión sublime. Sentir el ideal y vivir el amor incorrupto e imposible, vivir en al esperanza de recuperarlo. Sirve Grievances, con el contraste entre su melodía de sinfonía de  juguete y lo tortuoso de su letra,como ejemplo, pero le dedicó docenas de canciones, discos enteros. Manipuló aquel sentimiento en todas las formas posibles, volvió sobre él una y otra vez. De alguna manera sus canciones más lúcidas son las que tiene a Laurie en su centro. Un ángel entre sus demonios, una constante, por muy imaginaría que sea, a la cual volver. Una esperanza que, dentro de su cabeza con un clavo oxidado que se retuerce dentro, le ha mantenido vivo.

En una espeluznante entrevista -todas los son con él por otra parte, acercarse a Johnston es, de verdad, mirar a un abismo- para Rockdelux en 2005, Jordi Bianciotto cerraba con una reflexión penetrante: «Daniel Johnston ha grabado discos conmovedores; arte pop desvalido que justifica su posición de ídolo de culto, de creador visionario. Pero, observándolo aturdido por el trajín de una gira, es fácil dudar de que lleve la mejor de las vidas o, incluso, una vida que él haya elegido libremente. Es mejor imaginarlo en su casa, dibujando o componiendo esas canciones de pop frágil que tantas sombras esconden» (Rockdelux 231 Julio-Agosto 2005).

Ver a Johnston cantar en directo puede ser una experiencia devastadora, por diversos motivos, además. Su figura descomunal, su aspecto ido, su fragilidad, su necesidad desesperada de amor agarrada como una lapa a canciones que son como gritos disfrazados de sonrisas…

Al final, el amor verdadero te encontrará / Porque el amor verdadero está también está buscando/ Pero cómo va a reconocerte / sino das un paso hacía al luz” Un optimismo así, cantado con voz desafinada y su guitarra rota y su mente rota puede engañar a cualquiera. Johnston se ha convertido en una figura de culto aunque como dice durante el documental Kathy McCarthy, vieja amiga de  la  escena de Austin, lo que le pasa a Daniel no tiene nada de angelical, ni puro, ni infantil, ni inocente, es como un hombre que tuviese el terror en el centro de la cabeza, como un clavo oxidado. Pero en gran medida ha logrado el sueño del adolescente inadaptado que nunca dejó de ser: es famoso, ha triunfado y todo el mundo le quiere.

 

 

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4 pensamientos en “Pop-Brut: Daniel Johnston y los demonios

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