El gallo cojo

Resucitar a Marilyn

Texto: El gallo cojo /

Se cumplen cincuenta años de la muerte de una imagen, un recuerdo, un símbolo. Podría ser la encarnación de todos los deseos, la profundidad de una  idea de mujer expresada sobre la  superficie de una pantalla, capaz de asimilar todos los mitos, todas las leyendas de ese cruel y maravilloso siglo XX.

Era el rostro acuñado de América, un invento para los perdedores, un signo arcaico y remoto donde cualquier hombre podía encontrar consuelo. Encandiló a la América popular y sedujo a la otra América, la intelectual. Cada hombre que ocupó su vida era un ensayo, una idea que desembocaba en un fracaso. De aquel ensayo sentimental nos queda una mujer que aprendía de la vida todo lo que era necesario: un poco de cariño, un poco de sexo,  y con suerte, era probable que encontrara algún día el amor. Parece ser que no fue así. En cualquier caso, logró que el planeta la amara. Pero ya sabemos que ese amor nunca es suficiente.

Me resisto a leer los Fragmentos escritos por Marilyn Monroe publicados hace un año por Seix-Barral. O quizá sucumba a la tentación y me regocije una vez más, confirmando de una vez por todas algo que no me interesó nunca: que la rubia platino era adicta a la poesía. La prensa  no ha tardado mucho en publicar algunos extractos de sus diarios y algunos versos de escasa calidad que sólo un hombre despiadado se atrevería a juzgar con motivo de ese extraño aniversario. Sin embargo, nada de eso podrá alterar lo que ha significado hasta hoy, pues Marilyn ha sido la memoria periodística de un sexo, un enigma permanente sin solución posible, el encanto de un orgasmo plasmado en celuloide, antes de que una dosis excesiva de nembutal forjara definitivamente su leyenda. Y si la leyenda es más interesante que la verdad, siempre publicaremos la leyenda.

Era bonita, joven y atractiva, como cualquier chica de Hollywood, pero con una fuerza insólita para la interpretación. John Huston recordó en sus memorias el rodaje de Vidas rebeldes junto a Clark Gable y Montgomery Clift: «Cuando no estaba aturdida, no actuaba: quiero decir que no fingía las emociones. Era algo auténtico. Se metía hasta el fondo de sí misma, encontraba esa emoción y la hacía aflorar a la conciencia. Es posible que en eso consista toda interpretación realmente buena».

Ralph Greensom, su psiquiatra, contó que estaba tan acostumbrada a hablar de la muerte y que se había convertido en el tema más interesante de su vida social. En el fondo, era una diosa tan frágil como una estatua de arcilla que se deshace entre las manos si uno siente la tentación de acariciarla. Aunque estaba forjada como un sueño erótico que escondía el eterno tesoro bajo las faldas, aspiraba a vivir sencillamente en un hogar, vestida de cualquiera. ¿Vestida de cualquiera? «Jamás he tenido un hogar. Uno auténtico, con mis propios muebles. Pero si alguna vez vuelvo a casarme y gano mucho dinero, alquilaré un par de camiones para pasar por la Tercera Avenida y comprar toda clase de cosas locas. Compraré una docena de relojes de pared, los pondré en fila en una habitación y los tendré a todos marcando la misma hora. Eso resultaría muy hogareño, ¿no crees?»

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