Víctor Guillot

Recordamos a Francisco Umbral. Una entrevista

Texto: Víctor Guillot /

Madrid sigue siendo Francisco Umbral, el mismo escritor  que había descuartizado un siglo a base de memoria y columnas, que había iniciado su largo viaje de derechas triste y desencantado, pues para ese viaje ya no tenía armas suficientes. Umbral, últimamente, se había convertido en un profeta de la duda; había desembocado en el mismo escepticismo de Quevedo, Cervantes, Ramón y tantos otros, como un preludio de su muerte. Yo estaba muy lejos de esa duda que mataba las palabras, pero lo admiraba más que a otros, sencillamente, porque me había enseñado a escribir. Ahora, Francisco Umbral es un recuerdo casi impronunciable, un fantasma, una leyenda que se nos aparece en este viaje de profundis, con su bufanda blanca y su abrigo eterno. Tembloroso, cansado, sordo y asistido, así se hallaba el etarra del idioma que había sintetizado cinco siglos de literatura, pasando por Valle y todo el 27. Había comenzado a escribir contra sí mismo, igual que Sartre en sus últimos días. Y aquello era un experimento nuevo que a sus 69 años no había llevado a cabo todavía, después de  cuarenta veranos y más de 120 libros escribiendo sobre sí mismo. Tras haber superado una neumonía me recibía en su «dacha» de Majadahonda, más delgado, más rígido, más frágil, como un vaso de cristal de Bohemia vacío que se ha extraviado en algún cóctel de su adorada burguesía. Francisco Umbral concedía esta entrevista la tarde del 6 de marzo de 2004, la primera tras salir del hospital donde dos meses antes se había debatido entre la vida y la muerte. Hoy celebramos su genio y figura, cinco años después de su fallecimiento.

-Tus últimos libros hablan sobre la muerte, el miedo y la soledad. De alguna forma, en ellos descubrimos el misticismo del escritor.

-Uno ha tenido miedo al Mal en mayúsculas, a la enfermedad, al propio miedo. Siempre he contemplado el miedo como a un heraldo de la muerte. Hay una edad en que se piensa en la muerte como en una siesta. Yo, como todo hombre, siempre me he sentido un poco preocupado por la muerte, aunque, ciertamente, he tenido poco tiempo para pensar en ella. Lo que haya escrito sobre la muerte ha sido siempre sincero. Sin embargo, ahora no sé lo que escribiría sobre ella, no lo sé.  En estos momentos estoy descubriendo el misticismo de la soledad. Ese misticismo significa que yo estoy aquí metido en la “dacha” durante mucho tiempo, todo el día, y alcanzo a tener una percepción lírica de las cosas que me rodean, del jardín, de mi gato, de esta silla o de este libro. Antes no podía vivir si no era en Madrid, en un hotel, en un periódico, en la calle. Ahora sólo estoy a gusto en la “dacha”, ya digo, viviendo la paz del eremita. Creo que eso sólo se descubre con la vejez. La senectud se siente presentísima, que no es lo mismo que eterna.

– Para ti la vida literaria ha sido un juego de tahúres.

-Uno a veces, como en Un ser de lejanías, escribe libros para sí mismo, pero estamos en un tiempo de compraventa. Me siento un hombre tan compra-vendido como tantos otros que están en el juego del periodismo, la literatura o la política. Yo soy de los que opinan que se está o no se está dentro de este juego y que aquí no caben medias tintas. Si no se está es porque no se ha querido o porque no se ha podido. Retirarse y vivir fuera de la literatura, el periodismo o la política, o sea, ir a trabajar a una oficina tranquilamente y luego estar en casa con los niños es una opción, lo que pasa es que a mí esa vida no me va. Yo viví un tiempo en el que el escritor lo pasaba muy mal. Pero sabía que tenía que estar, que debía aceptar el juego, apostar y conseguir ganar.

-Con la senectud, has dejado de escribir sobre la mujer, el cuerpo y el erotismo.

-El erotismo siempre es positivo. Da vida, suma vida, aumenta la vida, crea más vida. El otro día leí en una revista científica que hacer el amor es bueno para las personas mayores. Todo esto es aprehender la vida, no dejarse cazar por el tiempo ni la muerte. Yo he disfrutado una vida erótica continuada y bien llevada. Uno de los valores del erotismo no es sólo el descubrimiento de otro cuerpo, sino el descubrimiento del propio. Una mujer nos hace descubrir el propio cuerpo que teníamos olvidado. La mujer no se olvida nunca del suyo. Si te fijas, siempre está pendiente de la moda, de la estética, mientras que el hombre tiende a olvidar su cuerpo. Sólo una mujer nos lo descubre. De alguna manera, el sexo está ahí para confirmarnos. Mi idea general es que la mujer española, desde los años sesenta, casi se puede dar una fecha, efectivamente, ha avanzado mucho en cuanto a su libertad y, por tanto, al conocimiento de su cuerpo. Entonces, esta mujer liberada sexualmente resulta que ayuda al hombre a descubrir el suyo y ese fenómeno es tan importante como descubrir el cuerpo de ellas. En definitiva, el sexo siempre implica un enriquecimiento mutuo».

-En ocasiones, he tenido he tenido la impresión de que te referías  las mujeres de un modo simliar al periodismo. En ambos casos, desde el éxito.

-Los comienzos en el periodismo fueron muy malos, muy crueles, porque Madrid es muy duro, durísimo, para el que viene de fuera sin saber adónde viene. Sólo cuando consigues algo, Madrid es una ciudad encantadora.
El éxito te rodea de muchos amigos. El triunfador debe estar rodeado por ellos, aunque siempre habrá algún traidor. Saber dónde están los enemigos depende de uno mismo. No obstante, el triunfo, triunfar en todas las direcciones es fatal, incluso mortal… aunque en mi caso no creo que haya peligro».

-Hemos hablado de la muerte, las mujeres, el éxito. Nos falta hablar de España, que en tu caso es una España guerracivilista.

-Durante los últimos años la política se ha desplazado hacia la línea internacional. La guerra de Afganistán y la de Irak, curiosamente, han dejado una cierta paz en España, aunque ahora parece que vuelven a alborotarse las cosas en Cataluña. Yo he escrito en un artículo que todavía perviven las dos Españas representadas en el PSOE y en el PP cuyos programas son muy parecidos. La izquierda y la derecha son dos fuerzas que han estado siempre ahí y que siempre estarán. Yo no puedo saber si eso es bueno o malo, aunque sí puedo asegurar que es la constante de este país que, llevado a los extremos, nos conduce a una guerra civil o a la alternancia en el Gobierno de unos y otros como en la Restauración. Al PP lo vota la clase media. Las clases obreras y la intelectualidad siguen votando al PSOE por una fidelidad histórica antes que por una convicción política».

-Pero tu has expresado en tus colusmas el desencanto que te provoca Zapatero, hasta el punto de hacer un columna de derechas.

-Ocurre que es muy difícil llevar al PSOE a la izquierda. Zapatero es un político muy flojo y los catalanes han jugado con él. La izquierda de la calle votaría otra cosa, porque el PSOE ya no es obrero ni español. En cambio, hay un movimiento muy interesante y muy incipiente, un patriotismo de izquierdas en el que yo creo. Yo lo he mencionado en conferencias. El patriotismo de izquierdas fue lo que representaba la II República. La gran victoria del franquismo es haberse apropiado de la palabra España. Julio Anguita siempre hablaba del Estado español. Un día se lo dije:  «Di España, coño, di España».

-Teoría de la novela.
-Cuando cojo novelas actuales españolas observo que están mal escritas. Yo escribo una novela con todos mis atributos. Los escritores no hacen otra cosa que repetir la vida. Yo entiendo la literatura y, especialmente, la poesía como una sublimación de la vida, como la realidad sublimada. Tengo una percepción lírica de lo que me rodea y eso es lo que escribo en mis columnas, memorias y novelas. Sartre fue un sistema de pensamiento, una manera de pensar y una buena ayuda. En un principio, se lanzó al compromiso social de la literatura y entonces todos nos pusimos a buscar ese compromiso. Luego resulta que la literatura, a lo mejor, no tiene ningún compromiso. La peor literatura es aquella que pretende ser útil. En ese sentido, España recibió a Sartre de la peor manera, con la literatura social, una fórmula barata de literatura que no tuvo ningún compromiso. Voy contra los escritores de cosas, aquellos que simplemente entretienen. Creo en la novela como una obra arquitectónica y, si me apuras, como una película. Alfred Hitchcock sostiene una historia mucho mejor que la de cualquier otro director contemporáneo porque es superior en su forma poética. Un buen novelista, como Hitchcock en el cine, debe saber de la importancia de la forma y del estilo en la narración».

Mis queridos monstruos

«Yo creo que la novela clásica la hace Miguel Delibes en España como nadie. Es el escritor de la novela bien cerrada y completada. Por eso gustó tanto entre la burguesía».
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«Cela fue un arquitecto de la novela. Fue un amigo maravilloso, un maestro en la escritura y un maestro de la vida. Me enseñó a vivir. No engañaba a nadie y daba gusto viajar con él. Era más barroco que Delibes y mucho más artista».

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«Nada de Carmen Laforet fue un bombazo, un éxito comercial. Tiene sus defectos, pero como primera novela estaba muy bien. Tenía una carga poética rara y difícil. Ella creó una generación de mujeres escritoras como Dolores Medio o Ana María Matute».

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«Lázaro Carreter ha sido un gran amigo de muchos años. Renovó la Academia y comprometió a los grandes capitales para ayudar a la cultura. A partir de ahí viene la reestructuración de la Academia, los grandes diccionarios que Víctor García de la Concha mantiene. Víctor es un gran ejecutor de todo lo que había diseñado Lázaro».

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«Mario Lacruz tenía mentalidad de novela policiaca, con todo ese montaje minucioso del crimen. Fue un hombre que se equivocó al hacerse editor. No creía en su novela y no escribió todo lo que podía haber escrito. Una persona entrañable y maravillosa».

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«Raúl del Pozo tiene una prosa privilegiada, propia, personal y con una fuerza que casi nadie tiene. No es una voz exquisita, sino de gitanos y de toros, llena de hallazgos líricos».

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«Carmen Rigalt demuestra que no importa el sexo en la literatura. Es muy femenina escribiendo. El corazón, la vida frívola le viene muy bien porque da el tono perfecto de la crónica».

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«Gabriel Albiac, más que un columnista es un filósofo catastrofista, a lo Cioran. Le gusta lanzarse a la hecatombe y al desastre en su columna. Es realmente encantador».

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