Jorge Alonso

Septiembre

Texto: Jorge Alonso /

“¿Le dijeron de pequeña que el dolor llevaba al placer? ¿Lo entendió cuando le dijeron que un hombre tenía que partirse el lomo para ganarse un día de descanso? ¿Lo creerá todavía cuando él ya esté muerto?”
“Girl”, de los Beatles.

Parece que el verano se va disipando, y he de reconocer que suspiro aliviado. Aliviado, sí. No me gusta hacer la fotosíntesis en la playa, no soporto la visión de torsos semidesnudos en las terrazas y me resulta indigerible que el calor sea noticia y que se recomiende encarecidamente beber cuando se tiene sed. Última hora: el agua moja.

Es por eso que estoy de buen humor, porque ha llegado Septiembre, el mes que marca el principio del año para quienes hemos quedado prendados del calendario escolar. Septiembre es la vuelta a la civilización, al ágora, al bar de siempre. Porque el verano y sus vacaciones, quien las tenga, no es más que un espejismo, una tregua engañosa, un trago corto de resaca monumental.

Se va uno a otra parte, con dinero fresco (todavía se dan casos) y si puede desconecta, se relaja, come fuera, trasnocha, lee, no lee, ve la tele de madrugada (el horror), y al día siguiente mira ceñudo el calendario del apartamento. Ha pasado otro día, uno más, uno menos.

Por eso cuando no me voy de vacaciones, cuando no cuento con dinero fresco ni amanezco en otro lugar que no sea mi casa, me recuerdo una cosa:  esto no es un espejismo, esto es tu vida. Así cuando llega Septiembre y las cigarras ocasionales dejan de tocar, las vocacionales seguimos con nuestra melodía mientras rastreamos nuevos proyectos y parloteamos lo que el verano había dejado en el aire.

Septiembre no suda, pero tampoco hiela, no llueve, pero tampoco espesa… y aún así entiendo que no es un mes con buena prensa. Por eso me propongo dejarle una receta muy sencilla, requiere un disco en concreto, un reproductor portátil y un parque cualquiera. Extraiga del Boatman´s Call de Nick Cave la canción número dos, Lime Tree Arbour y de un paseo por el parque de su ciudad con el volumen en ese delicioso punto en el que no oyes a nadie, y te expones a ser arrollado por un coche al cruzar la calle. Elija, si es posible, el atardecer, observe como los árboles han cambiado ya de color, como van perdiendo hojas al tiempo que nosotros vamos sumando capas, tal vez vea algún corro de afligidos padres lamentando los libros de texto nuevos, recuerde aquello, recuerde ojear aquellos libros, llegar al final y pensar, inocentemente, “todo esto voy a saber cuando acabe el curso”.

Pasee bajo el halo primitivo y espectral que exhala cualquier espacio verde, aunque esté asediado por calles, deje que la cadencia del bajo le marque el paso, que el piano pose una delicada marca de agua en cada árbol, que la voz de Cave le haga reconciliarse con el género humano al ver arrullos adolescentes mientras canta «Siempre ha habido sufrimiento, fluye por la vida como el agua, puse mi mano sobre las suyas, en la glorieta de los tilos». Sólo esto y nada más.

Pura vida, eso es Septiembre, la vida que huye del largo y tedioso verano.

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