Rubén Paniceres

Kafka en Chicago. El regreso de Mickey One

Texto: Rubén Paniceres /

Película de culto, Acosado (Mickey One,1965), es una de las obras menos visionadas y más originales de la filmografía del  cineasta estadounidense, Arthur Penn.  Su reciente edición en DVD  nos permite recuperar una pieza de extravagante surrealismo  y de agobiante clima paranoide que integra la parábola kafkiana, el delirio sobre la gran conspiración y un poético manifiesto sobre la libertad del artista frente a un medio hostil.

El actor Warren Beatty personifica en este filme a Mickey One, un cómico que actúa en los clubes nocturnos de Detroit y que tiene una deuda con  una misteriosa organización, en la que no es arriesgado ver la alargada sombra de la Mafia en su versión americana.  Una conversación de Mickey  con el dueño del cabaret –Francho Tone- donde realiza sus shows, le advierte de que los mafiosos tienen algo oculto (no se especifica en la película que es en realidad) en su contra. Esa secreta inquina situará al humorista en una encrucijada similar a la de Joseph K en El proceso de Franz Kafka. Una situación de indefensión donde el individuo ha sido juzgado y condenado por unas culpas que desconoce. Beatty tiene un ataque de pánico y huye convirtiéndose en un paria errante que terminara recalando en Chicago. El  bloque central de la narración es la descripción del intento de Mickey de crearse una nueva identidad y una vida, siempre marcada por el filo de la sospecha y la desconfianza hacia todo y todos los que se encuentra en su camino.

El fugitivo no puede fiarse de nadie y ello le impedirá ejercer su profesión de humorista y mantener relaciones, incluso las sentimentales, con los otros, puesto que cualquier persona que trate puede trabajar o ser un informante de aquellos que él cree, absolutamente convencido, que le persiguen.

La película despliega una ambigua incertidumbre. Los espectadores no estamos muy seguros de si  Mickey es acosado en realidad por la Mafia o todo es  fruto de un delirio paranoico de persecución.  Así, se contraponen  secuencias que parecen dar la razón alternativamente a un punto de vista u a otro. Hay momentos en que la atmósfera del film es tan oníricamente irreal que todo parece ocurrir dentro de la mente desquiciada de Mickey.  Reforzando este aspecto, Penn visualiza, con ritmo sincopado, una cambiante ciudad de Chicago, que en sus primeras escenas, parece ubicada  en los tiempos de la gran depresión económica de los años 30. Pero a medida que se desenvuelve la acción, se transmuta en una metrópolis de un futuro cercano, propia de un  relato de ciencia-ficción.  Para mayor confusión, las imágenes iniciales de la película, ambientadas en Detroit, remiten, a través del vestuario, mobiliario y vehículos, a los primeros años de la  década de los 60. Esa indefinición acerca del marco temporal donde ubicar la acción, se complementa con fragmentos de sorpresivo espíritu hiperrealista, en los que se pueden asistir a fantasmagóricos ceremoniales, que representan el absurdo y la destructividad de la moderna sociedad tecnológica, muy deudores tanto de los feéricos diseños de maquinas imposibles del dibujante Rube Goldberg, como de los dadaístas happenings del escultor suizo, Jean Tinguely, (sobre todo su famoso, Homenaje a Nueva York, celebrado en  1960).

Homenaje a Nueva York de Jean Tinguely

Sin embargo, en su tramo final, la percepción de la realidad de Mickey, se impone tanto a la película como a los espectadores. Los personajes secundarios que parecen querer  ayudar al cómico, esconden, en mayor o menor grado, intenciones oscuras y esqueletos en el armario. El miedo que Mickey experimente en su propia piel se contagia a todo el elenco y el universo entero parece formar parte de una secreta conspiración que oprime el libre albedrío del individuo. El punto culminante es una angustiosa audición en un teatro donde un foco de luz acorrala sin piedad a Mickey, mientras una voz invisible le interroga agresivamente.

En Acosado, Arthur Penn,  logra transplantar la angustia del hombre moderno, tiranizado por poderes invisibles que no llegar a comprender, a una  América contemporánea que vivenciaba una década donde se implantaba el síndrome de las teorías de la conspiración. Cuando se realiza la película ya ha ocurrido la tragedia de Dallas, en la que John Kennedy fue victima de un magnicidio cuyas causas y responsables, el informe de la Comisión Warren no elucido de forma satisfactoria para muchos americanos. Tambien, son los años donde prospera la noción del poder en la sombra del Sindicato del Crimen, etiqueta que denominaba a las actuaciones de las diversas familias mafiosas que operaban de costa a costa de la geografía estadounidense. Igualmente, son los momentos en que se empieza a despertar de la pesadilla de la caza de brujas que propugno el senador McCarthy.

Miembro de las generaciones de la televisión –Altman, Frankenheimer, Lumet, Mulligan, Nelson, Peckinpah, Ritt, Schaffner-,las cuales aportaron una valiente mirada liberal hacia la realidad americana, Arthur Penn, a partir del guión de Alan Surgal, refleja de una manera simbólica el drama de las listas negras que acabaron con las carreras de tantos artistas, en la imposibilidad de Mickey One para ejercer su profesión, puesto que es un perseguido, aunque no ha cometido, que se sepa, ningún delito.

El aspecto más destacable de esta película, que mereció ser exhibida en el 2008 en el MOMA de Nueva York, es su mixtura de humor absurdo y bizarro lirismo que podemos ejemplificar en la actuación del actor japonés Kamatari Fujiwara, secundario habitual de las producciones de Akira Kurosawa, que en su silente perfomance- no dice ni una palabra en todo el film- armoniza  la mímica del teatro nipón con un presumible homenaje a Charles Chaplin. Sin olvidar la bellísima secuencia, donde Mickey One parece asumir el discurso del presidente Franklin Delano Rooselvelt y comprende que «no hay nada que temer, salvo al miedo». Finalmente, el humorista afrontará con coraje sus inseguridades para comunicar su arte al universo entero y la musica de las esferas inundara la pantalla.

Arthur Penn no volvería en toda su carrera a incidir en esta vena de ensoñador surrealismo. Solo se acerca un poco su ultima película, Penn & Teller get Killed (1989) protagonizada por un dúo de humoristas de Las Vegas –los Penn y Teller del título- que es un psicotrónico comentario sobre el crepúsculo del espectáculo, y por extensión del artista, en el mundo actual. Una ácida refutación al utópico alegato de Acosado, que nos certifica que debajo del asfalto de las urbes, no se encuentran las playas, sino el fango primigenio que constituye la verdadera raíz del ser humano y la sociedad.

En fin, los ideales se marchitan, pero el arte permanece y, para el que esto suscribe, Acosado es una pieza de  autentico arte. El tipo de cine que la industria americana supo ser capaz de tolerar en su momento y que ahora se ve más lejano e impracticable que  estrenar porno duro en salas comerciales.

Finalmente, indicar que la película se enriquece con una excelente fotografía en blanco y negro a cargo del operador francés Ghislain Cloquet. Y una banda sonora compuesta por Eddie Sauter, que incluye  virtuosas intervenciones del gran saxofonista de Jazz, Stan Getz.

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