Adrián Sánchez Esbilla

Una isla negra y esmeralda

Texto: Adrián Sánchez Esbilla

¿Existe el Noir irlandés? No me refiero a que se haga cine policial, negro, thriller o cualquier otra variante en Irlanda, sino a que exista un NoIrish, un negro idiosincráticamente irlandés que trascienda la mímesis del tono/formato/clichés norteamericano –incluido el del thriller USA- con protagonistas/ambiente irlandés para proponer una alternativa nacional.  Es difícil justificar un artículo como este, fundado en la especulación y la intuición casi a partes iguales. Se trata sólo de plantear una teoría, ver si se sostiene y luego aparcarla hasta tener más datos, cuando no desecharla directamente por inconsistente. No se trata de amoldar la realidad a la teoría, sino de enfrentar la teoría contra la realidad, aunque aquella termine por los suelos, maltrecha, o quede retratada en sus inconsistencias.

¿Qué interés tiene entonces un texto como este, que nace incompleto y esquemático?¿Puede ser útil para alguien más que para el propio autor? Quizás sirva para apuntar una vía posible o quizás no tanga más valor que el de la probatura, el de intentar y comprobar  qué se puede sacar en limpio del fracaso, del error de concepto incluso. El trayecto producirá, al menos, una ordenación del territorio y una clasificación de las ideas y, con suerte, dos o tres elementos aprovechables.

Todo esto viene a cuento del reciente estreno de El Irlandés, la primera película de John Michael McDonagh y a que, mientras la veía, he tenido la sensación de mirar un paisaje mayor del cual sólo podía intuir algunos elementos que se parecían entre sí o, más bien, se repetían rítmicamente formando una pauta. También tuve otra sensación, la de la pereza de un buen número de profesionales y amateurs de la crítica que insisten en comparar de manera harto superficial esta película con el cine de Tarantino o, sobre todo, de Guy Ritchie (y derivados); cuando lo cierto es que, si se mira con una atención algo más inquieta, The Guard, titulo original igual de lacónico, es un film idiosincráticamente irlandés que continúa y amplía una cierta tradición (moderna) en la cual encontraríamos títulos cohesionados, además, por la presencia icónica del rostro /estilo del genial Brendan Gleeson. La entrañable (y a descubrir) El crimen desorganizado (I Went Down, Paddy Breathnach, 1997),  la magistral El general (The General, John Boorman, 1999), la interesante  Perrier’s Bounty (Ian Fitzgibbon, 2009) o, incluso, Escondidos en Brujas (In Bruges, Martin McDonagh 2008), escorada hacia commedia dell’arte construyen algo más que una forma de contar casual y aislada de un concepto más general: el NoIrish.

No se trata de que estos filmes no tengan una influencia de la modernidad con respecto al thriller que impuso Tarantino, como también acusan la influencia de los hermanos Coen en determinados aspectos humorísticos, sino que su modo de aproximación al género transciende esto en base a una personalidad propia.

Sin tener todavía la capacidad para fundamentar la existencia o no de un NoIrish, sí pueden, al menos, identificarse una serie de elementos comunes –estéticos, narrativos, tonales…-, repartidos en distintas gradaciones y consistentes en la mezcolanza de géneros, con el predominio de un humor a la vez bruto y sentimental y un tono en el cual convergen con armonía la vitalidad y la melancolía, lo zafio y lo  estilizado y donde no se excluye ni la violencia, ni el patetismo.

Este molde lo presenta por primera vez de un modo refundacional la injustamente olvidada El crimen desorganizado, protagonizada por un dúo de entrañables criminales de tercera, realizando un trabajo bastante oscuro para un mafioso local con objeto de saldar una vieja deuda. Escrita por el dramaturgo Conor MacPherson, que pronto reincidirá en la comedia con elementos criminales como director en Saltwater (1999), plantea una comedia itinerante que, avanzando elementos del tono absurdo dominante en Escondidos en Brujas, mantiene todavía aspectos, como la mixtura de fábula y costumbrismo, que la hacen heredera de cierto sentimiento presente en el cine negro hecho en Irlanda pot el gran Neil Jordan.

En las películas de Neil Jordan, y en las noir, esto es un rasgo particularmente distintivo y arriesgado. Hay una constante sensación de que el realismo es alterado por la acción de lo mágico, por una estilización romántica que se encuentra en algún punto fronterizo entre la idealización negra, la fábula y lo fantástico. Como ocurre, por ejemplo, en el cine de Jacques Tourneur, los lindes entre universos no se encuentran establecidos de forma clara, inmiscuyéndose los unos en los otros de continuo logrando ese clima particular de sus ficciones, inaprensible, misterioso, narcótico. Una sensibilidad, por otra parte, muy ochentera. No será casual que el mejor cine de Jordan y sus apuestas al negro pertenezcan a los 80 y primeros 90 con títulos bien seminales como Danny Boy (1982), bien por completo magistrales como Mona Lisa (1986). En cualquier caso, en ambos casos se trata de cuentos de hadas urbanos, con una personalidad tan penetrante que hasta su acercamiento al terrorismo y el IRA en Juego de lágrimas se convierte, bajo esta mirada, en una fantasía romántica. Pero incluso diluyéndose en las décadas siguientes, esta sensación aparece en ese extraño remake del Bob el jugador de Jean-Pierre Melville que fue El buen ladrón (The good thief, 2002) o su versión del vigilantismo urbano en La extraña que hay en ti (The Brave One, 2007).

No fue otro que Jordan quien produjo el considerado, así se señala en Historical Dictionary of Irish Cinema, como el primer intento de thriller moderno, de sensibilidad igualemnte ochentera, irlandés puramente de género: The Courier. Con un estupendo papel de villano para el gran Gabriel Byrne y dirigida entre Frank Deasy y Joe Lee, supone una aclimatación al Dublín de la época -música seleccionada o realizada por Elvis Costello incluida y co-protagonismo de su entonces esposa Cait O’Riordan, a la sazón bajista de los legendario The Pogues– del esquema del buen muchacho perdiendo la cabeza por una mala mujer. Es decir, que se juega en un contexto estético y social diferente con los clichés  más reconocibles del noir desde una óptica, otra vez, romántica, sórdida y estilizada dentro de las capacidades de sus responsables.

Así, pese a las diferencias mencionadas de estilo/concepto, hay un territorio común; un tono irlandés.  La más perfecta del lote es El General, más que nada en virtud de la personalidad ya definida de un Boorman que regresa a lo mejor de si mismo con esta historia sobre Martin Cahill, un popular delincuente irlandés que operó desde finales de los 70 hasta mediados de los 90, desafiando tanto a la policía como al IRA  hasta que éstos lo mataron. El retrato de Cahill contempla un sinfín de contradicciones -bígamo, vividor, violento, infantil, maniático, ególatra e inconsciente…-  que Brendan Gleeson modela sin aparente esfuerzo, dando lugar a un personaje complejísimo, a la vez encantador y repulsivo, cínico y (a su manera) moral, cuya decisión de ser un criminal es una forma de vida, una rebelión unipersonal y un desafío institucional tanto con respecto al Estado y el Sistema como al para-Estado y el para-Sistema que representa el IRA. Con un ritmo vivaz, donde cabe también la melancolía, se alternan la comedia y la acción, el drama y la picaresca dejando como poderoso fondo todo un comentario o una reflexión sociopolíticos de 20 años de Irlanda. En color una muy buena película, en blanco y negro una obra maestra.

En este NoIrish aquí propuesto la excentricidad rompe el naturalismo, no solo desde esa óptica romántica y esa voluntad híbrida, también desde su cercanía a la comedia del absurdo. Y si un dramaturgo como McPherson escribía El Crimen desorganizado, otro como Martin McDonagh debutaba con Escondidos en brujas mediante la coherente prolongación de un teatro exitoso y polémico que podría resumirse como una especie de reinterpretación hiperrealista del teatro de la crueldad de Antonin Artaud, bastardizado por la cultura pop y el fervor  grandguignolescos. Como ahora pasa con El Irlandés, cuyo director John Michael McDonagh es hermano del antedicho.  In Bruges fue despachada al por mayor como comedia negro-violenta de onda tarantinesca cuando la realidad era otra: una bufonada amarga, de diálogos con deje de Harold Pinter, protagonizada por un dúo de personajes arquetípicos y estilizados que no dejaba de ser el reflejo de los payasos clásicos: el Clown y el Augusto, el tonto y el todavía más tonto, el estoico y el bufón. Ambos atrapados en una ciudad de cuento, una escenografía teatral e impostada, imposible Europa de mírame y no me toques. La farsa acogiendo la farsa.

El Irlandés es igual de ambiciosa pero no tan elaborada, carece de la riqueza abstracta, aunque si comparte lo estilizado. Termina por resultar una pequeña película, que no menor, lo bastante intrigante y estimulante, aunque que por momentos se pierda entre un exceso de componentes. En lo temático pretende abarcar desde la sátira del thriller de gangsters –los comportamientos/estéticas descaradamente paródicos de los villanos (y también de los héroes), la constante chanza cómplice de los clichés del género, la distancia general de la película con respecto a los resortes del policial…- el western crepuscular, como se encarga de subrayar el score de Calexico, o las buddy movies; hasta el recuerdo posmoderno del espíritu contestatario de las comedias Ealing, en una versión eléctrica de lo propuesto en la divertida Despertando a Ned (Waking Ned Devine, Kirk Jones, 1998) o una ternura verdaderamente lograda en la relación entre Gleeson y su madre enferma, cuyo tratamiento muestra una sensibilidad lacónica admirable y que, en realidad, es el elemento capital que introduce la irlandesidad en la película. Si esto no fuese bastante, McDonaugh extiende el discurso a lo plástico mediante  chistes visuales sobre la saturación del montaje o una paleta de colores y un sentido del encuadre, en especial en interiores, que bien podría remitir a un Aki Kaurismäki con más prisas o más ácido en la saliva.

Todo este NoIrish, la posibilidad del mismo, tiene un aspecto de historias contadas –no en vano los personajes suelen contarse anécdotas unos a los otros-, engordadas por un visión en la cual lo épico y lo patético se igualan. El fatalismo del género negro está tamizado por la socarronería. Su costumbrismo absurdo  las coloca más cerca de las comedias basadas en la obra de Roddy Doyle Los Commitments (Alan Parker, 1991, Café Irlándés (The Snapper, Stephen Frears, 1993) y La Camioneta (The Van, Stephen Frears, 1996) la célebre Trilogía de Barrytown– que de los filmes de temática irlandesa que se pusieron de moda en los 90  a partir del impacto de En el nombre del padre (In the name of the father, Jim Sherida, 1993) o del influjo brit-noir, mucho más violento y de estilosa cutrez. Irlanda reivindica su aportación al género, su personalización del mismo, marcado por relatos iconoclastas y sentimentales, en los que ganar es un fin demasiado prosaico comparado con poder escribir alguna canción rompecorazones sobre la derrota.

Anuncios

Un pensamiento en “Una isla negra y esmeralda

  1. Pingback: Fábulas negras y humor disolvente: ¿Hay un Noir Irlandés? | Esbilla cinematográfica popular

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s