Jesús Palacios

En el trono del «fantasy». Entrevistamos a George R. R. Martin

Texto: Jesús Palacios

El fantasy, esa literatura escurridiza que un día fuera pasto de freaks, fanzines y aficionados, se ha convertido en uno de los géneros más populares y vendidos de todo el mundo. Y si alguien puede sentarse en el trono como rey del fantasy por derecho propio es George R. R. Martin, creador de la saga Canción de hielo y fuego (Ed. Gigamesh), que ha servido de base para la serie de la HBO Juego de tronos. Estrella del Festival de Literatura Fantástica Celsius 232, que se celebró del 18 al 22 de julio pasado en Avilés, allí tuvimos un encuentro con el maestro de la fantasía épica.

En realidad, no es que George R. R. Martin sea precisamente una cara poco conocida en tierras asturianas. Son ya muchos los años que el autor de Canción de hielo y fuego, pero también de otras novelas como Sueño del Fevre, La muerte de la luz o Refugio del viento (esta última en colaboración con Lisa Tuttle, presente a su vez en los Celsius para presentar su edición española, publicada por Gigamesh), y de libros de relatos como Canciones que cantan los muertos, Los viajes de Tuf o Una canción para Lya, lleva viniendo por estos lares, especialmente como invitado a la Semana Negra de Gijón, desde mediados de los años noventa. Pero en Avilés las cosas han cambiado un poco, porque si Martin era ya un autor de culto para muchos lectores aficionados a la fantasía, la serie de televisión Juego de tronos, inspirada en su famosa saga, le ha convertido en auténtica estrella mediática, multiplicando hasta el infinito el número de sus lectores, y catapultándole a una fama y popularidad con las que sin duda pocas veces soñó. Lo que supone también una cohorte de fans constantes y conspicuos, que apenas dejaron al autor a sol ni a sombra. Colas inverosímiles todas las mañanas para la firma de ejemplares, que llegaban hasta casi las afueras del centro de Avilés —no es exageración— y un no menos constante zumbido de cámaras de televisión y vídeo, fotógrafos y periodistas a su alrededor, las veinticuatro horas del día.

Pese a ello, Martin, haciendo gala de esa profesionalidad y templanza que caracterizan a las estrellas anglosajonas en general y estadounidenses en particular, tuvo un momento para todo el mundo, no dejó un libro sin firmar y celebró varios encuentros con público y periodistas, que nos permitieron desvelar algunos de los misterios no sólo de la serie Juego de tronos, sino, mucho más interesante, de la personalidad y carácter de su enorme creador.

—¿Está satisfecho con la versión televisiva de Canción de hielo y fuego?

—Estoy absolutamente encantado. Todavía má, porque acabamos de enterarnos de las nominaciones para los Premios Emmy de su segunda temporada, que incluyen la de mejor actor de reparto y especialmente la de mejor serie dramática. Esta última viene a ser el equivalente de ganar el Oscar a la mejor película. Pero no quiero echar las campanas al vuelo, porque ya estuvimos nominados a esta categoría con la primera temporada, y en los ochenta también lo estuvo dos veces la serie La bella y la bestia, en la que yo colaboraba como guionista y productor… Y en todas esas ocasiones no lo ganamos. O sea, que soy un experto en quedar finalista. No puedo negar que también me siento un poco decepcionado porque hemos sido nominados a un montón de categorías técnicas, pero no a las de mejor guión o dirección. Es raro que una serie o una película de fantasía reciban nominaciones importantes, creo que todavía en este sentido hay ciertos prejuicios hacia el género.

—¿Cómo afronta los cambios de la serie respecto a sus libros?

—La realidad es que la serie es la serie y los libros son los libros. Naturalmente, me gusta que sea lo más fiel posible a lo que yo escribo. En general, me gustan también aquellas escenas que se han escrito concretamente para la serie, que no estaban en los libros, pero resultaban necesarias para el enfoque dramático. No me gusta tanto que algunas escenas del libro se hayan perdido al llevarlo a la pantalla, pero entiendo que son sacrificios necesarios. Como escritor yo tengo un presupuesto ilimitado a la hora de escribir, puedo introducir las batallas, dragones, mamuts o personajes que quiera. No tengo ninguna dificultad en cuanto a presupuesto. En la pantalla esto es completamente imposible. Pongamos por ejemplo una escena de mi libro en la que se celebra un consejo con doce personajes. Doce personajes importantes, que hablan e intervienen en el consejo, todos ellos en varias ocasiones… Al llevar esto a la serie, tendríamos que pagar a doce actores con categoría de protagonistas, para que la escena fuera la misma. En su lugar, tenemos a doce actores, sí, pero solo dos de ellos con categoría protagonista, hablan y exponen los temas del consejo… mientras los otros diez son actores con categoría de extras —y sueldos de extras—, que se limitan a hacer gestos de asentimiento, gruñir o sonreír.

De por sí, Juego de tronos ya es una serie cara y difícil de rodar, con muchas localizaciones en todo el mundo, efectos especiales, grandes actores y directores. Es la única serie que se rueda a la vez con cuatro directores, en cuatro localizaciones y con cuatro equipos distintos. Pero tenemos unos límites de tiempo —diez horas de pantalla— y dinero. Es imposible pretender incluirlo todo. Los costes de producción serían inasumibles. Naturalmente, ése es su problema, no el mío, pero he trabajado muchos años en televisión y lo entiendo perfectamente.

—¿Cuál es su función en la serie?

—He escrito el guión de varios episodios: The Pointy End para la primera temporada, Blackwater para la segunda y ahora Autumn Storms para la tercera. No estoy muy contento con el título, pero al final no se me ocurría otro mejor… Y al menos en el episodio hay un montón de tormentas y transcurre en otoño. También soy asesor de la serie. Me consultan a menudo todo tipo de cuestiones. No siempre hacen caso de mi opinión, pero siempre la escuchan. Y en cualquier caso, la serie es suya. Yo escribo los libros y ellos hacen la serie, y más vale que me ponga a ello, porque de momento les llevo ventaja, pero como me atrapen…

—¿Cómo ha afectado el éxito de la serie a la venta de los libros?

—En Estados Unidos los libros ya habían entrado en las listas de superventas antes de la serie. Aunque tardaron un poco, varios de ellos acabaron entrando en la lista de los más vendidos del New York Times, que es el gran referente. Choque de reyes entró en el número trece, pero al final llegó hasta el puesto número uno. Danza de dragones se mantuvo en el número uno durante dos meses… Pero no hay que engañarse, los lectores somos minoría. Mucha gente no ve la lectura como un entretenimiento, como una forma de placer, pero todo el mundo va al cine y ve la televisión, y eso ha disparado las ventas en todos los países. Aquí, según me dicen mis editores españoles, el setenta por ciento de los libros del total de ventas se han vendido después del estreno de la serie en España. Y ahora estamos llegando al mercado latinoamericano, distribuyéndose en Sudamérica y publicándose también la versión en español para el mundo hispano de los Estados Unidos, todo ello gracias a que la serie funciona muy bien.

—No es habitual en un escritor una actitud tan abierta hacia las adaptaciones…  

—Llevo mucho tiempo trabajando en Hollywood, y he aprendido cómo son las cosas. No siempre fue así. Recuerdo que cuando tuve la oportunidad de escribir mi primer guión para The Twilight Zone, decidí adaptar un relato de Roger Zelazny, uno de mis escritores de fantasía y ciencia ficción favoritos, y un buen amigo. Estaba dispuesto a hacer justo lo contrario de lo que había visto hacer durante años en la televisión y el cine, es decir ser totalmente fiel al original literario. Se trataba de una historia medieval, The Last Defender of Camelot, en la que Sir Lancelot combatía al final a caballo contra un oponente que era, en realidad, una armadura vacía, que se movía gracias a un embrujo. El duelo tenía lugar entre unas ruinas estilo Stonehenge, y yo lo escribí en el guión tal cual era en el cuento…

Después de entregarlo, recibí una llamada de producción, y me dijeron, literalmente, que podíamos tener el duelo a caballo o las ruinas a lo Stonehenge, pero no las dos cosas. Los de atrezzo podían construirnos nuestro Stonehenge, pero lo harían de cartón piedra, y si metíamos caballos entre el decorado acabarían por tirar los falsos megalitos al suelo. Llamé a Roger y le pregunté: «¿Caballos o Stonehenge?». Él respondió: «Stonehenge». Así que tuvimos la pelea en Stonehenge a pie en lugar de a caballo. Pero no acabó todo ahí. El concepto de Twilight Zone, que había creado Rod Serling, permitía rodar todo tipo de historias: fantásticas, de terror, de suspense, psicológicas, de ciencia ficción… Pero siempre que tuvieran en común un personaje normal y corriente, que se veía de pronto metido en la Zona Crepuscular. Por ejemplo, un tipo vulgar, que tropieza con una invasión marciana y tiene que hacerle frente. Cuando estábamos a punto de empezar a rodar, de repente volvieron a llamarnos y nos dijeron: «Un momento. Aquí hay caballeros andantes, princesas, Camelot, magia… Todo es extraordinario, fantástico. ¡Esto no es la Zona Crepuscular!». Era cierto, así que tuve que añadir un personaje absurdo, que se veía arrastrado al mundo artúrico y hacía las veces de compañero gracioso de Lancelot. Era lo peor del episodio, y me daba vergüenza decírselo a Roger. Pero al final, cuando se emitió en 1986, resultó que no quedaba tan mal… Volviendo a Roger Zelazny, recuerdo que hicieron una película basada en una de sus novelas, Callejón infernal (Damnation Alley, 1977, dirigida por Jack Smight), que resultó un auténtico desastre. Sus amigos le decíamos cómo era posible que Hollywood fuera capaz de hacerle tal cosa a la obra de un escritor, y Roger nos contestó contando una historia sobre James M. Cain, el autor de El cartero siempre llama dos veces o Doble indemnización, entre muchos clásicos de la novela negra llevados al cine. Cain, cuando le preguntaban sobre si le molestaban las adaptaciones a la pantalla que habían hecho de sus obras, contestaba: «¿Por qué? Hollywood no les ha hecho nada a mis libros. Ahí están todos, en las estanterías, en perfecto estado. Siguen siendo los mismos. Aunque hagan una mala película o los cambien en el cine, su calidad es la misma, son igual de buenos o de malos que siempre.» Yo mantengo la misma actitud.

—Es cierto que Juego de tronos es más respetuosa y fiel con los libros de lo  habitual.

—Las cosas han cambiado mucho en el cine desde que yo empecé. De hecho, comencé a escribir en 1991 Canción de hielo y fuego como una especie de respuesta a mis sinsabores en Hollywood y la televisión. Era un poco una venganza: ya que nunca había podido hacer lo que realmente quería en la pantalla, ahora podría escribir lo que me diera la gana sin pensar en presupuestos, limitaciones o necesidades del guión, del casting, etcétera. Pero actualmente es diferente. Las técnicas de efectos especiales han avanzado mucho, y por fin permiten visualizar con el realismo necesario los universos más fantásticos. Un buen ejemplo es el trabajo de Peter Jackson con El Señor de los Anillos. Así que en realidad he tenido mucha suerte, porque ahora es el momento adecuado para rodar Juego de tronos.

—¿Influirá la visión televisiva de la saga en sus nuevas entregas literarias?

—La experiencia con la serie es siempre enriquecedora. He aprendido mucho trabajando en la televisión y más aún con Juego de tronos. Muchas de las soluciones, de los mecanismos del guión cinematográfico y televisivo, me han sido útiles a la hora de escribir mis novelas. Pero nada más. No creo que la serie influya en absoluto mi visión del mundo de Canción de hielo y fuego. En esencia no ha cambiado nada desde 1991, cuando empecé a escribir la saga. La serie es suya y los libros míos. Ocurre lo mismo con todos los derivados de los libros: el merchandising, las figuritas de acción, los cómics, las ilustraciones de fans o de profesionales, los juegos de rol… Creo que casi todos están francamente bien, pero yo tengo mi visión de los personajes, de su mundo y de su historia, y ni la serie ni unas ilustraciones van a cambiarla. Aunque hay fans que creen saber más sobre mis personajes o sobre la historia de mi mundo que yo mismo, en realidad no es así. Hago mis planes y estructuro mis libros según mis normas y la lógica que voy creando, no según lo que ven otros al hacer la serie o dibujar los cómics. La verdad es que si quisiera podría vivir muy bien de todos esos productos derivados de mis libros y de la serie de televisión. Podría dejar de escribir y dedicarme solo a controlar el merchandising. Pero no es eso lo que quiero hacer. Al final, el libro es lo único que importa, lo único realmente firme y cierto para mí. Lo que hará pasar a la historia Canción de hielo y fuego, que se recuerde y se lea dentro de cien años, si es que es así, será su calidad literaria. No los juegos ni la serie de televisión.

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