Rubén Paniceres

Son los años 60 y esto es musical pop

Texto: Rubén Paniceres /

Con motivo del ciclo cinematográfico Sexo, drogas, rock ´n´roll y…risas. La loca comedia de los sesenta que organiza el Centro de Interpretación del Cine en Asturias (CICA), en el Casino de Asturias (ver programación), escarbamos en uno de los géneros que nació, creció y murió en una misma década. Películas como Help!, The Rocky Horror picture show, o Dame un poco de amor, fueron exponentes de la revolución sexual, los cambios políticos y, por qué no, el nacimiento de la posmodernidad, en la cultura occidental.

Una característica que identifica los años 60 fue la gran revolución originada por la musica beat, la cual eclosionó gracias a cierto cuarteto oriundo de la proletaria Liverpool. Esta tendencia ejerció como caballo de Troya  para  introducir una gran variedad de estilos  dentro del pop, que tomaban sus raíces del rythm and blues y el rock´n´roll de los cincuenta para ofrecer  el periodo más creativo y fecundo dentro de la musica popular que se extendió hasta mediados de los setenta.

El cine no podía ser ajeno a lo que estaba sucediendo y surgió una nueva modalidad, el musical pop que integraba documentalismo y ficción, trasgresión y experimentación formal, humor y sátira social  y que podemos cifrar su punto de partida con el estreno de ¡Que noche la de aquel día¡ (A hard day´s night, 1964). Dicha película protagonizada por los Beatles y dirigida por Richard Lester cambia el modo de representación institucionalizado por el  musical de Hollywood y ofrece un enfoque novedoso a la hora de presentar a los ídolos pop en la pantalla. Hasta entonces las estrellas del rock and roll como un Elvis Presley, como paradigma, se limitaban a protagonizar trillados argumentos- facturados a veces por hacedores de bestsellers como Harold Robbins: El barrio contra mí (King Creole, Michael Curtiz, 1958)- que no eran más que una puesta al día, ligeramente agiornada, de las historias que podían haber protagonizado los astros de la meca del cine en los años 30 y 40 . Por otra parte, la cultura juvenil, que estaba buscando sus propias señas de identidad, era retratada por la industria cinematográfica en el kistch, registro de las peliculas playeras  protagonizadas por plastificadas estrellas como Annette Funicello, Frankie Avalon, Fabian, Shelly Fabares, protagonistas de pequeñas aberraciones como Escándalo en la playa ( Beach Party, William Asher,1963); Ride  the wild surf(Joseph Kohn,1964), sin olvidar los espureos filmes que retrataban los efímeros bailes de moda- Twist around the clock (Oscar Rudolph,1961).

La película de Richard Lester no mostraba a los Beatles como un ensueño de la más estulta clase media. Ya desde las imágenes iniciales en las que  el cuarteto de Liverpool  provoca un ataque de histeria en las fans, viéndose obligados a huir a la carrera, se escucha cantar a John Lennon : «He estado trabajando muy duro, igual que un perro, todo el día». Las clases más humildes consiguen su voz gracias a los Beatles, y estos son presentados como personas auténticas y no estrellas rodeadas de una aureola y glamour  artificiales. Lester los retrata como si fuera la versión crecida de un Guillermo Brown de Richmal Crompton. Traviesos, juguetones y un con un leve punto de provocación y trasgresión. El guión de Alum  Owen  recupera ,en cierto sentido, la ironía social y el espíritu vitalista de las peliculas Ealing de posguerra al estilo de Clamor de indignación(Hue and cry, Charles Crichton,1947), introduciendo a una adolescencia y juventud que no se va a estar quieta y va cambiar el estado de las cosas. El film es, además, novedoso por su formato. Superponiendo el reportaje y la ficción se plantea como un ensayo documental sobre 48 horas en la vida de Los Beatles, rodado en blanco y negro en escenarios reales, transmitiendo una cierta sensación de improvisación; con un humor  en el que algunos quisieron ver influencias de los Hermanos Marx. Como vemos, la película se situaba  en las antipodas del simultáneo musical de  Hollywood  con títulos como My Fair Lady (George Cuckor,1964) que hacían lujosa exhibición de la fotografía a color, la opulencia de los  decorados, y actuaciones endiosadas. Además, Lester, practicó una curiosa inversión de la tendencia en el actual cine independiente, dominado por la modalidad del mockumentary (el documental ficticio). Si peliculas como El proyecto de la bruja de Blair y toda su larga descendencia tratan de hacer pasar a la ficción fílmica como  un fidedigno documento sobre hechos reales, ¡Que noche la de aquel día! testimonia  las rutinas de la vida artística de los Beatles: sus actuaciones, las elusivas relaciones con la prensa y la audiencia (a diferencia de la comedia musical americana, como en Un día en Nueva York, los chicos no persiguen a las chicas, sino estas a ellos) e intenta esbozar algunos de los rasgos definitorios de las distintas personalidades de John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr. Pero a medida que la película se va desenvolviendo, va introduciendo elementos y caracteres notoriamente ficcionales como la aparición de un “presunto” abuelo de McCartney, interpretado  por el comediante Wilfred Branwell, que se diría escapado de una obra de Harold Pinter. Lester lleva la supuesta veracidad de los hechos al reino de la fábula y honestamente nos recuerda que el cine no puede ser la vida misma, sino una reinterpretación, (mas o menos acertada o lúcida) de la realidad, donde sus autores reinventan los hechos y los transplantan a un universo de intencionalidades de todo tipo.

La siguiente  incursión del conjunto, Help! (1965) dirigida igualmente por Richard Lester sería otra vuelta de tuerca a las concepciones de la comedia musical.

Tomando como base un guión a cargo del, años más tarde, magnífico autor de novela negra, Marc Behm, y el escritor Charles Wood (que firmaría el guión del siguiente film de Lester, el excelente The Knack rodado en 1965), Help! se decantaba ya más directamente hacia la aventura fantástica.  La búsqueda que efectúa una  rocambolesca secta, del anillo de una diosa hindú , que ha caído, no se sabe muy bien, ni hace falta, porque, en manos de Ringo Starr (como si este fuese un personaje de Tolkien), es un pretexto para  una serie de episodios donde se deconstruye, con bastante humor, a las variantes genéricas del cine popular.

Desde el inicio, visualizando una ceremonia de sacrificio humano que asemeja un film de la Hammer (con unos hindúes hablando un campanudo inglés de la clase alta) hasta un desenlace en unas islas Bahamas que parece una entrega de la saga de James Bond (incluido un arreglo de la sintonía de A hard´s night, que recuerda a las melodías del agente 007), Richard Lester pasea a los Beatles por medio mundo. En su agitada peripecia, los ídolos del pop se verán las caras, a parte de la disparatada cofradía de adoradores de una seudo Kali, con mad doctors, feroces tigres, heroínas a lo Modesty Blaise e incluso los ejercitos de su Graciosa Majestad. El ritmo trepidante de la acción se beneficia de una heterodoxa concatenación de los planos y contraplanos en el montaje que convierte al planeta en un vasto escenario donde los Beatles entonan sus canciones, creando las semillas del futuro lenguaje del videoclip de los años 80. Help! intensifica el humor absurdo (ostentando un aire de familia con la comicidad que desarrollaran años más tarde los Monty Python) ya presente en ¡ Que noche…  e instaura a un Ringo como estrella del film (ya era el elemento más destacado en la anterior película), amen de revelar como, inesperado, héroe de acción a un George Harrison haciendo sus numeritos a lo 007 en el episodio de Bahamas.

Este brillante díptico es sin duda un elemento básico de la cara más amable de la contracultura de los años 60 y, como suele acontecer, propició una serie de imitaciones y explotaciones. Así, numerosos grupos coetáneos tuvieron sus particulares aventuras cinematográficas tomando como modelo la  asociación Lester/Beatles:  Gerry and the Peacemakers protagonizan  Ferry across the merseys (Jeremy Summers,1965); los Dave Clark Five, Having a wild weekend (John Boorman, 1965); The Herman Hermits, Hold On (Arthur Lubin,1966); The Monkees– grupo fotocopiado sobre el original por la tv americana-, Head (Bob Rafelson,1968) . Incluso fuera del ámbito anglosajón abundaron los calcos, sea en Alemania con la banda Die Rattes protagonizando Hurra die Rattes comen(1965) ; Japón con The Tigers  en la película de título homónimo dirigida en 1968 por Kunihiko Yamamoto. O, en España, Los Bravos con las más conseguidas de las réplicas en Los chicos con las chicas (Javier Aguirre,1967) y Dame un poco de amooor! (José Maria Forqué, 1968), que parecen parafrasear a Larochefoucauld, cuando escribía que las buenas copias nos revelan aspectos inesperados de los originales que imitan.

La película de Javier Aguirre, que tomaba como referencia ¡Qué noche la de aquel día!, se descubría  como un subliminal manifiesto contra la intolerancia y la represión sexual imperante en el tardo franquismo (donde los chicos NO PODIAN estar con las chicas). Mientras que la aportación de Forqué se inspiraba en Help!  para un cóctel de literatura de quiosco, serial de episodios y comic book de superheroes ( donde resaltaban las virtuosas escenas de animación realizadas por Francisco Macián). La película de Forqué, es cierto, carecía de la originalidad de la propuesta de Lester , pero la superaba en algunos momentos puntuales, desarrollando mayores dosis de delirio: José Luis Coll  y Álvaro de Luna haciendo de pérfidos orientales que hablaban con la “l”; Tip y Venancio Muro interpretando a dos detectives  que podrían ser los Hernández y Fernández de Tintin en clave de La Codorniz; Tomás Zori  en el rol de productor discográfico francés que devenía en cruel parodia del galo Alain Milhaud, vero artífice musical de Los Bravos; la asombrosa secuencia final ( filmada con el procedimiento tecnofantasy, un precedente artesanal de la digitalizada motion tracking de nuestros días)  en la que los miembros del conjunto se transmutan en superhombres de tebeo, batallando contra todo tipo de monstruos en oníricos escenarios semejantes al grafismo de dibujantes como Esteban Maroto o Philippe Druillet.

Durante el resto de la década, la faceta narrativa del musical pop no pareció brillar con la fuerza de los ejemplos antes aludidos. Los propios Beatles se atragantarían con un  trago demasiado indigesto de gaseosa de ácido eléctrico con su fallido mediometraje, Magical Mistery Tour (1967) producido, escrito y dirigido por ellos mismos. Bien es cierto que su música  y algunas de sus ideas sirvieron de base para el maravilloso largometraje de dibujos animados, El submarino amarillo (Yellow submarine,1968), película producida por Al Brodax , con dirección de George Dunning, diseños de Heinz Edelman y argumento del futuro autor de Love Story, Erich Segal, que se convierte en toda una antología de la ética y la estética de la contracultura de los sesenta. Pero, dicha excepción aparte, las muestras mas interesantes del pop cinematografico fueron los documentales sobre  históricos macroconciertos de los cuales el pionero es Monterrey pop (A. D. Pennebaker,1967) y el más famoso el  épico Woodstock (Michael Waldleigh, 1970), grandilocuente y magnética  instantánea del canto del cisne de la revolución cultural y social que se había iniciado en el llamado verano del amor, en 1966. La mucho más austera, Gimmie Shelter (Albert &David Maysles &Charlotte Zwerin,1970) que, confusamente, registraba el trágico concierto en Altamont de Los Rolling Stones en el año 1969 (el mismo de Woodstock),  salado con una espiral de violencia donde hubo varios muertos, redactaba el acto de defunción de una  utopía juvenil que se disolvería en la década siguiente.

Ya a finales de los 60 se impone un inédito concepto, la llamada Opera Rock. Sea en el formato del disco de larga duración, con el mesiánico Tommy de The Who, o en los escenarios teatrales con obras como Hair  o Jesucristo Superstar, de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice, se recupera el gusto por la ficción en el musical pop y, en los primeros años de lo70, surgirán las adaptaciones cinematográficas. Por un lado la postiza Jesucristo Superstar (Norman Jewison,1971), bajo una falaz capa de modernidad, recupera los fastos del colosal bíblico made in Hollywood. Como contraste la  esperpéntica  Tommy (1974) dirigida por el pirotécnico realizador británico Ken Russell, constituye una saturación de los estereotipos imperantes en las mitologías del rock contemporáneo, creando una sinfonía bárbara de exceso, mal gusto asumido y delirio, que transparenta una feroz sátira de la sociedad de consumo manipuladora de la cultura popular. En paralelo sentido, se puede situar  El fantasma del paraíso(Phantom of the Paradise,1974) de Brian de Palma,  en la que la adaptación rockera del clásico de Gaston Leroux, ejerce de oficina y denuncia de la industria discográfica, presentada como una revisitación del mito fáustico, y un inapelable examen de la alienacion del publico hacia sus  dioses musicales .

Los trabajos de Russell y De Palma aunque tienen sus momentos de humor, poseen una acrimonia demasiado negra. El espíritu lúdico de los 60, como habíamos visto en las peliculas de Richard Lester, se delimitaba por su humor y sano cachondeo, pero los  primeros 70 parecían  anunciar el fin de  aquella alegría de vivir que marcó gran parte de la década prodigiosa. La música pop se volvía demasiado seria e inquietante. Led Zeppelin coqueteaban con  el satanismo y la magia negra. Lou Reed componía dolorosas cantatas, al estilo de Berlín, sobre la angustia de vivir, cortejando perpetuamente a las diosas de la dureza (heroína, morfina y todas las demás hijas del leteo). Pink Floyd  ahondaban en  el lado oscuro del ser humano en la vida moderna. Los Stones o Los Who se volvían pesimistas y radicales con obras como  Sticky Fingers, Exile on Main Street, Who´s Next o Quadrophenia. Mientras grupos como el Jethro Tull de Ian Anderson hacían del nihilismo y el desencanto su divisa existencial. En palabras de John Lennon, l sueño parecía haber finiquitado.

En los 70, la sensación la transmite, como ninguna otra película de la época, The Rocky Horror Picture Show (1975), dirigida por Jim Sharman según la obra teatral y las canciones de Richard O´Brien. Revisión de la leyenda de Frankenstein en  glam, The Rocky Horror Picture Show exhibía múltiples referencias camp sobre la sf de los años de la guerra fria; el cine de la Universal y la RKO;  el rock´n´ roll de los 50 y el musical hollywoodense. Un Tim Curry, más fuerte que la vida, como el doctor Frankfurter (un dulce travesti de Transilvania) ,que pretendía crear al hombre perfecto (para su disfrute personal, ¡no faltaría mas!), se oponía a Brad y Jane, bobalicona pareja de decentes jóvenes yankis, que convertían la “normalidad” en un autentico avatar del gótico americano del que nos advirtieron artistas como Grant Wood. La trama desplegaba una maliciosa ironía, transmutando todas las situaciones en un divertido vodevil erótico que hacia de las distintas parafilias unidad de destino en lo universal, aderezada, eso sí, de coreografías alienígenas, una sensibilidad musical de cabaret dadaísta y un intenso cromatismo en la fotografía. Desde su apertura con una boca maquillada en un voluptuoso escarlata,entonando una melancólica balada plena de nostalgia cinéfila, hasta el  húmedo clímax final, suerte de orgía colectiva que homenajea a Escuela de Sirenas, la obra de Sharman  y O´Brien (este último , igualmente presente como actor en el reparto), proponía una reivindicación del deseo en libertad, el pan sexualismo como opción vital y el travestismo (en el sentido más amplio) como marca de identidad personal.  Pero no hay fiesta que  dure para siempre, y la conclusión final de Rocky Horror, es la constatación de que todo paraíso de la carne, deviene en paraíso perdido. La soledad, la alienacion y la frustración  terminaran siendo la ultima estación de un mágico y misterioso viaje que haya tenido como único designio el placer sin restricciones. Un cáustico  narrador( encarnado por Charles Gray) lo resume de manera inapelable: «Arrastrándose por la superficie del planeta, unos insectos, apodados la raza humana. Perdidos en el espacio y en el tiempo. Siempre con ansia».

Como la Zazie de Raymond Queneau ,los jóvenes 60 habían envejecido. Ahora había que asumir el coste de la libertad, contar las bajas  y tratar de seguir adelante, apilando ladrillos en el muro. Pero, siempre nos quedará el recuerdo de unos años en los que se creyó que desear todavía era útil y que la vida no estaba en otra parte, sino que podía ser posible para  los norwhere man. En fin, como se canta en algún momento de Rocky Horror (y Kavafis estaría de acuerdo), afortunados aquellos que han vivido la experiencia en lugar de soñarla. Siempre que lograran sobrevivir a ella, claro.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s