Jorge Alonso

David Simon: Homicidio, el mundo a tu vera

«Sintió humedad en la espalda.

-Mike, dame la vuelta y mira si salió por el otro lado.

Hajeck le empujó por el hombro.

-Sí, salió.

Entró y salió limpiamente. Una forma cojonuda de descubrir que los chalecos Kevlar no valían una mierda, pero McLarney sintió cierto consuelo al saber que al menos la bala había salido.»

Homicidio, un año en las calles de la muerte, de David Simon, Pág. 175.

A David Simon, entre otros, le debemos la irrepetible The Wire, y sólo por eso cualquier cosa que haga o que hiciese merece nuestra atención. Más aún si vamos retrocediendo, husmeando los pasos que dieron lugar a ese hito de la, más o menos,  ficción televisiva y nos damos de bruces con la  miniserie The Corner, y con el libro del mismo título, con la serie Homicide Life on the Street y, finalmente, con el libro que debería sujetar entre sus manos.

Simon había trabajado durante doce años más uno en el Baltimore Sun cuando hubo de buscarse la vida por su cuenta, decidie,ndo entonces apostar fuerte y solicitar ser empotrado en la unidad de homicidios de Baltimore. Desde la infame segunda Guerra del Golfo el término empotrado va asociado al del periodista lameculos, al que no tiene otra salida si quiere estar relativamente cerca de la acción, o evitar ser reventado en el balcón del Hotel Palestina de Bagdad; pero el término en cuestión también señala una forma de trabajo interesante. Sam Shepard viajó empotrado en la legendaria Rolling Thunder Revue de Bob Dylan en 1975, de igual modo actuó Robert Greenfield en la gira americana de los Rolling Stones en el verano del 72. El resultado sabe a lo que debe saber. Lo mismo acurre con Homicidio, un año en las calles de la muerte.

Turnos y una pizarra escrita con demasiada tinta roja, la que señala los casos sin resolver. Ahí tiene usted la clave del libro. No estamos aquí para maravillarnos ante la brillante sagacidad de Hércules Poirot, te adoramos, óyenos, ni para deleitarnos con cada cucharada de exquisita racionalidad del maestro Holmes, estamos para intentar sacar adelante un puñado de casos que, en no pocas ocasiones, apenas interesan más que a un puñado de familiares cercanos. Estamos aquí para darnos un paseo por las calles de Baltimore desde la seguridad, o no, de nuestras casas.

Tenemos al responsable de turno Gary D´Addario, al jefe de unidad Terrence McLarney, a los inspectores Worden, Rick James (no confundir con el fallecido SuperFreak del Funk ´n´ Roll), Edward Brown, Harry Edgerton o Robert McAllister, a los también jefes de unidad Jay Landsman o Roger Nolan (mi favorito), sin olvidar al inspector Fred Ceruti. Los tenemos a todos ellos y a un hilo conductor, el asesinato de la joven Latonia Wallace, que nos mantendrá hábilmente pegados hasta el final mientras atravesamos caso repletos de crack, heroína, armas, miseria, casas desvencijadas, abuelas que hacen de madres, madres que hacen de putas, padres que hacen de asesinos, esposas infieles, maridos inútiles… todo contado con descarnada eficiencia y gotas de sensible, calculada y necesaria humanidad.

Por supuesto hay policías que esperan su ansiada jubilación, jóvenes que aspiraran a mantenerse en la prestigiosa unidad de homicidios, veteranos que se ven atrapados en una red de intereses políticos y una opinión pública que presiona de arriba abajo, al fin y al cabo «un hombre de homicidios sobrevive aprendiendo a leer la cadena de mando de la misma forma que un gitano lee las hojas de té».

Eso sí, cuando esté a punto de cerrar el libro, ya sea por esa noche, ya sea para siempre o hasta la próxima lectura, no olvide que lo que en él se cuenta pasa en todas las calles de todas las ciudades en todo el mundo. Incluida la suya. ¿No me cree? Asómese esta madrugada a su ventana ¿Ve esa sombra?

Mejor que no recuerde su cara.

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