Víctor Guillot

Robert Stone, un mundo de días venturosos

Siento admiración por ese tipo de hombres que, a lo largo de su vida, van acumulando oficios y adjetivos con una facilidad pasmosa, sin que medie ningún tipo de transición. Primero son una cosa y a continuación otra, y después otra, y otra, así hasta hoy. No necesitan de largos viajes, aunque en ocasiones, más que iniciarlos, se ven directamente arrastrados por ellos. Generalmente encuentran todo sin necesidad de caminar muchos kilómetros, pues su vida se nutrió, básicamente, de la literatura, las drogas y los amigos. Así que no hace falta recurrir a grandes aventuras para percibir esa extraña sensación que producen ciertos tipos por el simple hecho de haber tenido una vida apasionante y saber que no han desperdiciado un sólo minuto, aunque muchos minutos los pasaran felizmente haciendo nada. Lo más atractivo, sin duda, es la certeza que uno tiene al imaginar que podrían seguir acumulando más oficios y adjetivos si algo o alguien tuviera la suficiente condescendencia con ellos como para alargarles la vida indefinidamente. Es probable que este sea el caso de Robert Stone, el escritor neoyorquino que publicó hace unos meses en la editorial Libros del silencio, lo que podría ser la primera parte de sus memorias Recordando los sesenta, un largo viaje hacia el final de la noche, donde libros, amigos y peyote se suman para darnos una radiografía alucinada de un país y de una época.

A Robert Stone ya lo conocíamos por su impagable Dog Soldiers, de alguna manera, la novela que consolida un género que a nuestro amigo Jesús Palacios le gusta llamar vietnoir, o sea, novela negra con Vietnam en el horizonte, aunque para la crítica tenga el sello del llamado realismo alucinado, pues la mayor parte de la historia transcurre en EEUU bajo altas dosis de heroina. Más allá de nomenclaturas, lo cierto es que la novela nos sumergía en los últimos días de un Saigón bélico, húmedo y sofocante, y como díría nuestro querido coronel Kilgore, con un delicioso olor a napalm por la mañana.  Aunque Saigón, en este caso, ya digo, era la excusa para contarnos una historia de gansters en la California psicodélica y heroinómana de los setenta, al estilo de El último refugio o El tesoro de Sierra Madre, Saigón será en nuestro caso, el destino de estas memorias que comienzan con un muchacho enrolado en el Arneb, un carguero convertido en laboratorio marítimo que tan pronto estaba atracado en Melbourne como surcaba las frías aguas, en el extremo sur, del océano Índico, rumbo a la Antartida, a Sudáfrica o a cualquier otra esquina del mundo.

El mundo es el punto de partida (y EEUU su destino),  para contar la vida de un escritor que pasó por numerosos trabajos: soldado, marino, contador de pingüinos, publicista, pintor de brocha gorda, vigilante del MOMA y finalmente, redactor con aspiraciones literarias finalmente consagradas que había crecido en las calles de Nueva York. Lo bueno de Robert Stone es que pasó por numerosas publicaciones (escritura nutricia y mercenaria), todas ellas de corte amarillista y conservador, lo cual está bien como experiencia, porque a base de escribir mucha mierda, uno logra conectar con los peores instintos de la sociedad. A fin de cuentas, uno escribe lo que otros odian y están deseando leer. Y eso es lo que le pasó a Robert Stone en el New York Daily News a finales de los años cincuenta, un periódico cuyos editores eran, o aparentaban ser, practicantes de un populismo de izquierdas. Como escribe el propio Stone, «Su lector ideal, tal y como lo imaginaban, era un mascador de chicle estúpido, reaccionario y de mente estrecha. De este modo, acabaron convertidos en esclavos de su propio golem».

Pero Recordando los sesenta  es, obviamente, algo más que una sucesión de bajos oficios. El libro es la mirada a una época mutante, en la que acontecen muchos cambios al mismo tiempo. A comienzos de la década, en el Bowery de Nueva York, se estaba librando una guerra de razas, mientras en San Francisco, conducir una furgoneta Wolkswagen junto a una mujer era poco menos que un sueño ilicito, eróticamente programado, después de escuchar el saxo de John Coltrane en el Jazz Gallery o a Lenny Bruce en el Hungry I, y el Gran Lagarto del Amanecer de los Tiempos hacía más presente que nunca el furor precolombino en sus sienes. Locura, terror y mucha diversión adheridos al aire o incrustados al LSD, el sacramento con el que comulgaban todas las noches Ken Kesey, Timothy Leary o Richard Alperth, enconces conocido como Baba Ram Dass. Y qué decir de la marihuana…una verdad luminosa. 

Es el tiempo de la liberación sexual, de las drogas liberadoras, de una ciudad, Frisco, exquisitamente repugnante, donde se concentra la izquierda que ha logrado sobrevivir al asedio anticomunista. La mayoría son clase obrera y una intelectualidad atrincherada en Berckley. Es la década en la que un día, Walter Konkrite anuncia la muerte del presidente Kennedy y el mundo libre se echa a llorar. Quizá, aquel 22 de noviembre de 1963, las promesas comenzaron a convertirse en amenazas. Escribe Robert Stone: «Llenó nuestro paraiso terrenal con nociones del destino y de la muerte y del reverso de la fortuna. Aliméntó el dolor de los niños y la desesperanza de los liberales» 

Recordando los sesenta es también un homenaje a los amigos. A Ken Kesey, el autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, aquella fábula libertaria que se ajustaba como ninguna otra a aquellos tiempos cambiantes, que lo consagró como uno de los grandes escritores de época. Zahorí de la eterna gran novela americana, Robert Stone, su gran amigo, lo describe como un extraño en su propio mundo, desconfiado y temeroso de que lo engañaran o le arrebataran su éxito. Pero Ken Kesey es también el capitán de un autobús que cruzó el país de costa a costa y terminó convertido en una mitología. Ya sabéis «si puedes recordarlo es que no estuvieste allí”, aunque el tiempo ha convertido aquel transporte escolar en todo un trasatlántico con miles de viajeros en su interior. Aquel viaje será la escusa para conocer más de cerca a Dean Moriarty /Neal Cassady y a Jack Kerouac, ¿a Terry Southern? a Tom Wolfe (que nunca estuvo allí), a Ginsberg, a Stone,  todos ellos inmersos en la composición de una leyenda perdurable hasta nuestros días, impregnada de hyppismo y psicodelia. 

De alguna forma, aquel viaje y las fiestas y encuentros que le sucudieron le sirvieron a Robert Stone para constatar que la vida había dado tanto a los americanos que todos estaban un poco borrachos de posibilidades. «Las cosas salían despedidas fuera de control antes de que pudiéramos definirlas. Aquellos que nos preocupábamos de una forma más profunda por los cambios, que entregábamos nuestras vidas a ellos, éramos, creo, los más decepcionados. Mientras nosotros jugábamos a pisarnos las sombras en lso barrios de San Francisco, otras revoluciones estaban haciendo recuento de sus fichas»

La guerra de Vietnam fue un error de quince mil kilómetros de largo, una experiencia para Robert Stone que sirvió para presenciar aspectos desagradables de su país que la guerra había dilatado. Durante esa época escribe reportajes sobre la vida en los bares y los fumaderos, historias de viejos veteranos de guerra, y asume que la verdad no necesariamente nace del reportaje. En ocasiones, hay preguntas que sólo uno puede hacerse desde la ficción o mezclando la realidad con hechos que sólo acontecen en tu cerebro. Es por eso que su estilo se acerca a Don Delillo, quien ha reconocido su cercanía, o Michael Herr, quien no se separó de la realidad en sus Partes de guerra. Para cuando regrese a los EEUU, ha comenzado una nueva década y Robert Stone prepara una gran novela, Dog Soldiers, pero eso, ya se ha dicho, es otra historia, mucho más grande que una novela negra.

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