Adrián Sánchez Esbilla

América en venta

Las dos primeras temporadas de Boardwalk Empire componían un artefacto geométrico de aterradora simetría. Perfectas en su disposición espacial, implacables en su exhibición de lo inevitable. En el primer capítulo del serial, Jimmy Damody, veterano de la Gran Guerra, traumatizado por lo que pasó en las trincheras y por lo que le llevó a las mismas, le decía a su mentor Nucky Thompson, tesorero y mainman de Atlantic City que no podáis seguir siendo un “medio-gangster”.

Veintitrés capítulos más tarde, en el terrible cierre de la segunda temporada, Nucky le daba la razón a Jimmy Darmody con una bala en la cara. Una bala que era, como las de Dennis Hopper en Terciopelo Azul, una carta de amor desde su pistola.

En coherencia con esta ruptura la serie, en la tercera temporada que la HBO ha estrenado hace apenas dos semanas, da un salto de más de un año hasta la Nochevieja de 1923. Cubriendo así tres años desde la ratificación del Acta Volstead, la Ley Seca, a finales de 1919 hasta la entrada, gloriosa, en los Roaring Twenties. Entremedias Nucky ha cumplido, por todos los medios, su promesa de mantener Atlantic City «más húmeda que el coño de una sirena».

Dirigido por Martin Scorsese, que puede decirse que como productor está consiguiendo contar aquello que solo pudo a medias en la feroz y frustrante Gangs of New York, la serie ha evolucionado desde un piloto donde el cineasta replicaba con su estilo más anfetamínico el ritmo sincopado y febril del cine de gánsteres de los primerísimos 30 adecuándolo a los márgenes (anchísimos) de representación de la televisión por cable actual, con toda probabilidad el medio audiovisual más libre de América hoy, hasta mostrar su verdadera ambición como fresco integral de un país contado desde la violencia- institucional, personal, moral, económica…-, sin rechazar ni el historicismo, ni el pulp.

Boardwalk Empire, como la soberbia Deadwood, como Los Soprano, de la cual el creador de la presente, Terrence Winter, fue guionista, y uno de los principales, o como The Wire, esta en otro tono, es una historia sobre la construcción de América a través de un cemento, unido con sangre, que  forman el crimen, la política, la corrupción y, claro está, la mitología que emana de todo esto. La minuciosa descripción de los mecanismos políticos que la serie presenta resulta tan apasionante como dificultosa de seguir en sus pormenores por el espectador europeo, en parte a la opacidad del sistema, en parte, siguiendo la costumbre de la HBO, a las nulas concesiones para con un espectador que debe de estar atento a todo detalle en una serie en la cual nada, nada, es accesorio y el subrayado anatema. Hasta el punto que la adscripción genérica y la tragedia son medios para un fin: documentar una serie de procesos históricos/culturales entrelazados. Mad Men, de manera mucho más oblicua, también emplea la misma táctica, lo cual hace que el visionado en paralelo de ambas resulte una experiencia recomendable, en especial por cuanto ambas proponen miradas sobre la evolución de los roles femeninos ajenas a la vulgaridad, la comodidad bienintencionada o el lugar común.

Si Los Soprano fue la demolición de los mitos, la cumbre de la mezquindad y el miserabilismo en la América de ahora, Boardwalk Empire son los cimientos del Siglo del Mal, el Siglo XX. Pero, al contrario que con los personajes de Los Soprano, Winter se pone el impedimento de no poder hacer con ellos todo lo que le venga en gana, al menos con más de la mitad de ellos, incluido Nucky Thompson, basado en el político republicano y gangster real Enoch L. Johnson. Su historia ya ha sido escrita y es bien conocida. Boardwalk Empire es ficción sobre la Historia y está alimentada, a partes iguales, de ficción y de Historia. Ese intervalo de la Historia que cuenta Boardwalk Empire fue extraordinariamente vivo, un momento de cambios y convulsiones a todos los niveles contado mediante una estructura fractal en la cual cada pequeño motivo replica el molde general. Por ejemplo, es imprescindible la versión original en virtud de la enorme importancia que tiene los acentos y las distintas hablas, muestras de un idioma mutando, que es un país mutando. Irlandeses, judíos, polacos… y el surgimiento de la cultura negra que comienza a tratarse con mayor fuerza en esta tercera temporada en curso.

Un país donde los forajidos son realeza y panteón, Boardwalk Empire comienza justo en el principio de su crepúsculo. Esta mitomanía del crimen, este veneración del outlaw se había forjado en la prensa y en los libros de a duro, ahí se había construido el mito del Salvaje Oeste, de los Wild Bill, de Wyatt Earp y el tiroteo en el OK Corral, de Bufallo Bill, de los James y los Younger, irredentos caballeros del Sur… En El hotel azul, un estupendo cueto de Stephen Crane, un sastre sueco llegado del Este en una caravana termina por provocar su propia muerte y la desgracia del otro por que está convencido de que allí, en medio del Oeste, sin duda van a matarlo a la mínima.

Digamos que lo que muestra Boardwalk Empire es el cambio que vino a barrer a los  últimos forajidos del oeste y a construir su propia mitología renovada, más aterradora y menos romántica. Son el futuro crimen organizado pre-burocratizado poniendo su parte, importantísima, en la construcción americana. Antes de las guerras de bandas de los 30, las creaciones de las familias, el Murder Inc y la institucionalización del crimen organizado que, a ojos de los norteamericanos, fue revelada al entrar los 50 en la televisada Comisión Kefauver. Ese arco entre los 10 y los 30 fue el fulgor de muerte del outlaw romántico y salvaje, de Baby Face Nelson a Dillinger, de Pretty Boy Floyd a Machine Gun Kelly o, claro, Clyde Barrow y Bonnie Parker, todos ellos tiene más mito que realidad  a cuestas y más que ninguno esto dos últimos, una pareja de mindundis lanzada a la fama por la prensa ávida y por una muerte especialmente espectacular.

Incluso el cine lo refleja así en el devenir histórico del thriller y sus arquetipos: de los gansters que enfebrecían la imaginación tomándolo todo a la fuerza, “bullets or ballots”, y con gran inteligencia la serie introduce en esta tercera temporada a un nuevo antagonista, Gyp Rossetti, moldeado a medias entre el George Bancroft de La ley del hampa y una versión brutalizada de James Cagney, al fuera de la ley contra su propio destino, el incomprendido como Henry Fonda en Solo se vive una vez; y de ahí un salto a la loa de las fuerzas de la ley en el procedimental de los 40, por contraposición a los excesos románticos y delirantes anteriores. Y luego los racketeers, las organizaciones camufladas, los burócratas del crimen que corroían América de punta a punta en los 50.

La época de la prohibición representa una ruptura en el mundo criminal. Dillinger y compañía son los últimos James, los últimos bandidos rurales y la iconografía mediática y popular los presenta como a figuras románticas. En cambio los que estaban llegando en los primeros 20, la nueva organización criminal moderna tenía un aire distinto, más tétrico, más siniestro, aunque incluso dentro de estos perduran figuras robinhoodescas como el padrino de Harlem Bumpy Johnson. Boardwalk Empire trata sobre la nueva criminalidad americana, la que va a dejar atrás el tiempo de las leyendas y el far west. Dillinger y Clyde Barrow hacían soñar a los americanos, Capone los aterrorizaba. Los primeros querían exhibirse como forajidos, mientras los segundos querían diluirse en las marañas legales, quería una fachada, poder negarlo siempre todo.

Los outlaws lo son “contra” el Sistema y los mobsters como Rothstein, el hombre que compró las Series Mundiales de Beisbol en 1919, Capone, Luciano, Lansky… o Enoch “Nucky” Thompson, lo fueron “en” el Sistema. Boardwalk Empire cuenta el doble natalicio del crimen organizado y la política moderna en los USA, mirándose en un espejo en el cual se reconocen gemelos. La corrupción es una enfermedad que corroe toda la serie, es el motivo central, la infección de la mordedura humana de una gran boca dentuda surgida del paseo de Atlantic City que infecta Norteamérica. Esta época que es el apogeo del crimen, es cierto, pero también el crepúsculo de las leyendas.

En la imponente secuencia de créditos, repleta de simbolismos y fotografiada en una sutil tonalidad verdosa, Nucky aparece mirando desde la arena, desde la bahía de Atlantic Ciy, esa Las Vegas antes de Las Vegas, al mar. Mientras fuma tranquilamente, llegan botellas y botellas al ritmo crispado de las guitarras eléctricas replicadas visualmente por relámpagos y vidrios rotos. La marea sube y cubre a Nucky por encima de los tobillos. Pero cuando la música comienza a desaparecer y la mar se retira los zapatos de Nucky están perfectos, secos, impecables. Está dentro, pero no le toca, no le deja huella. En un diálogo del último episodio emitido el personaje dice que respeta a la gente que sabe lo que quiere, sin mentiras y sin distinciones morales. Él, quiere que todo funcione por si mismo. Y sabe lo que hay que hacer. Y está dispuesto a ello, ya no es un medio-gangster. Jimmy Darmody lo sabe.

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3 pensamientos en “América en venta

  1. Tras ver “Los Soprano” y lo que ya llevo visto (estoy que no duermo) de “The Wire” (¡qué bien le sienta tu elogio de “Balzac en Baltimore!”), me apunto ésta que también es de la HBO (esta gente sabe hacer series de televisión de calidad) y veo que ahora hay series de televisión que superan en cierto modo al cine porque al contar con una mayor extensión, a lo largo de varias temporadas, pueden mostrar una mirada más extensa sobre el ser humano, sus relaciones sociales, sueños, flaquezas humanas. Se puede ver cómo los personajes, las relaciones, van madurando, forcejeando, decayendo, el fluir azaroso de la vida se palpa semana a semana, capítulo a capítulo, año tras año. Tiene mucho mérito cuando se logra todo esto, no me parece nada fácil, aunque quizá sea poco valorado por la mala fama que tiene la televisión.

    Ah, enhorabuena y gracias también por el Neville, que está muy bien, la de cosas que me descubres Adrián.

    Un abrazo.

  2. Gracias, hombre. Un gusto tenerte de visita por aquí.

    Con el mismo fervor que esta te recomiendo Mad Men, otra pieza maestra. LO cierto es que al vitalidad de la televisión USA y británica es tal que a uno no le da tiempo a seguir todo.

  3. Pingback: Los hombres que compraron América: Boardwalk Empire. | Esbilla cinematográfica popular

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