Rubén Paniceres

Noir. Desmontando el género

Noir de Robert Coover
Traducción de Benito Gómez Ibáñez
Galaxia Gutemberg
Colección: Narrativa
152 pp. | 18 €

Noir, editada este año en nuestro país por Galaxia Guttenberg, es la novela más reciente de Robert Coover (1932), representante del movimiento posmodernista que cambio la faz de la literatura norteamericana a partir de los años 60. El grupo de escritores ,entre los que podíamos citar a John Barth, Donald  Barhelme, William Gass, Thomas Pynchon, Susan Sontag, o Kurt Vonnegut jr. Con temáticas y estéticas muy diversas pero coincidentes en su orientación meta narrativa y su parodia de los artificios y convencionalismos existentes en los géneros literarios. En este sentido, Coover es, posiblemente, el más audaz en el proyecto de deconstruir la visión aristotélica de la ficción y poner en discusión las entrañas de los estereotipos y tópicos narrativos.  En obras anteriores,  Coover habia puesto patas arriba tanto a los clásicos del cinematógrafo con Sesión de cine (1987), como a los cuentos de hadas con Zarzarrosa (1997). En la colección de relatos de Sesión de cine, el autor de Azotando a la doncella había perpetrado una subversiva  lectura entre líneas de clásicos como Breve encuentro, Gilda o Casablanca , ahondando en aquello que en la pantalla no se visiona. Haciendo paráfrasis de las sugerencias de los filmes, cuando no, dramatizando la versión sin censurar que no hemos podido contemplar en las pantallas. Es francamente chocante recrear Casablanca como un relato pornografico, plagado de detalles salaces; descubrir que la mítica hembra que se quitaba un guante era en realidad un travesti. O impregnar del existencialismo más desesperado el romántico melodrama de Noel Coward dirigido por David Lean. Zarzarrosa es un viaje al interior de los pensamientos de La Bella Durmiente sumida en la eterna dilación de la venida del príncipe azul, convirtiéndose en un bucle de historias, a cuál más desventurada, sobre lo que puede pasar o no pasar  en el encuentro con el impuntual proveedor del ósculo  que liberara a la princesa  de su letargo en el seno de la pesadilla.

En Noir, Coover dirige su atención hacia una tendencia narrativa ampliamente codificada. Esa que los franceses llaman Serie Negra.  Algunos de los últimos Pulitzers americanos, como un Michael Chabon o un Cormac McCarthy, han recurrido a las temáticas afines a las narrativas populares. Los orígenes del comic book de superheroes le han servido a Chabon para bosquejar la enésima reencarnación de la gran novela americana en su afamada Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, mientras que McCarthy usufructúa  el estilo hard boiled de un Jim Thompson en No es país para hombres viejos  o la  ficción catastrofista de la SF de autores como J.G Ballard para La carretera , trasplantándolos a su minimalista y behaviorista territorio personal. En ningún momento, McCarthy o Chabon olvidan que las constantes genéricas que manipulan/usurpan son un mero pretexto para escribir “ gran literatura”. Esa  pretenciosa estrategia está ausente en la presente novela de Robert Coover. El escritor norteamericano nos cuenta un «maldito embrollo» en el que se ve envuelto un detective -el Noir del título- que podría ser primo hermano de los caracteres de un Mickey Spillane.

En su superficie, Coover parece respetar las convenciones de la novela negra más estereotipada. Hay violencia y tramas enrevesadas que incluyen vicios privados, incestos, atracciones fatales, mujeres misteriosas, graníticos pistoleros, aviesos policías, y toda una reunión de personajes grotescos con apodos estrambóticos: Fingers, Gusano, Flame, Rats, Martillo, El Baranda. Todos ellos son un cruce entre las tiras de prensa del Dick Tracy de Chester Gould y las hiperbólicas parodias de un Damon Runyon. El diálogo es rudo, con metáforas y epigramas ensayadamente ingeniosos, como en la obra del sobrevalorado Chandler. La ciudad se despliega como una oscura urbe sumergida en una noche perpetua  –Noir se pregunta en un instante de la trama si el sol aún sale por las mañanas-, reducida a un interminable laberinto de calles tenebrosas y mugrientas, donde siempre habita el peligro. Las descripciones de la prosa de Coover son  impresionistas, quedándose sólo con los detalles esenciales,  como si fuera un decorado para  una película o los trazos de las viñetas de un comic.

Robert Coover

Pero el libro revela su condición de iceberg.  Bajo su apariencia  de relato tradicional que ofrece más de lo mismo al lector habitual de la novela criminal americana, se desmonta la estructura de dicha tendencia narrativa. Coover satura al máximo los tópicos y los manierismos de la Serie Negra, practicando una reducción al absurdo que deja al descubierto el artificio de las convenciones del género y, como en el cuento de Andersen,  hace palpable que “el rey esta desnudo”. Para ello recurre al cultivo del anacronismo y lo desconcertante en todo tipo de situaciones. La narración esta contada en primera persona, por el propio detective. Pero su discurso es alienado e inconexo, y nos recuerda a la divagación etílica del Malcom Lowry de Bajo el volcan.  A lo largo de toda la novela, Noir  platica con el espectro de una hermosa viuda que le ha contratado y que es asesinada en las primeras paginas, pero que retorna, como el fantasma del padre de Hamlet,  para complicarle la vida y, de paso, seducir al aturdido sabueso. Los juegos con los tiempos en el texto, en los que continuamente se invierte el orden cronológico de los acontecimientos, refuerzan aún más esa sensación de extrañeza que transmite la novela.

Los lectores experimentamos la duda de sí lo que nos cuenta Coover va en serio o es una astuta broma que nos esta gastando. El picaresco erotismo de la novela a caballo entre los spicy  pulps y el porno más socarrón, se tiñe de un provocativo sentido del humor. A menudo el detective queda hecho unos zorros y, con la ropa mojada, mientras ésta se seca, su eficiente y distante secretaria le presta sus bragas. Para que no coja frío, supongamos. Esta bizarra situación se repite varias veces  en la ficción, aderezada con curiosos detalles, como el que el vello púbico de Noir se vea teñido de rubio, lo que origina todo tipo de comentarios maliciosos. Hay muchos machos en la novela negra, pero tambien demasiados armarios, parece sugerirnos, zumbón, Coover.

Ya habíamos aludido anteriormente a las peculiares características de la ciudad donde se desarrolla la acción. Aparte de su condición de nocturno dédalo, está horadada y comunicada por decenas de pasadizos subterráneos  que lleva a Noir de un enigma a otro, creando la sensación  de  que toda la urbe no es más que el mismo escenario,  un gigantesco estudio de cine, con diversos platós  conectados.  El autor de El hurgón  mágico propone situaciones de un absurdo aún mayor, como el delirante pasaje en el que un progresivamente trastornado Noir cree dialogar con la metropolis, como si esta fuera una tentadora mujer fatal que le provoca sexualmente. Llegados a este punto, se nos introduce la sospecha de que Robert Coove nos está proponiendo un remake de Las Aventuras de Alicia en el Pais de las maravillas y que toda la galería de excentricidades del libro no es más  que una “merienda de locos”, mientras el detective, suerte de émulo de Alicia, persigue a través del interior de las superficies a un conejo blanco reconvertido en sensual espiritu femenino.

La gracia -al menos para el que esto suscribe-e s que Coover, a diferencia de Chabon o McCarthy o aquí en España de tantos escritores que  “iluminan” con su fanal hialino los crímenes más imperfectos, no mira con desprecio al género al que pone boca abajo, desenmascarando tanto el revés como el envés de la trama.  La novela puede disfrutarse como una magnífica narración criminal, excéntrica y disparatada, bordeando la alucinación y la locura. Pero  ¿acaso no sucede lo mismo, con algunas obras de autores del genero como John Franklin Bardin, William Irish ,Fredric Brown o Marc Behm. Sin olvidar que el nihilismo y angustia existencial que se traslucen, entre trago y trago, en las reflexiones del detective, es  muy prototípica del pesimismo que siempre ha caracterizado a las mejores novelas negras.

fotograma de La dama de Shagai

No dejar de apuntar las citas y homenajes tanto a la literatura como al film noir presentes en el texto, de los cuales el más conseguido es el desenlace a tiros en una argentada selva de espejos, que nos remite al clásico de Orson Welles, La dama de Shangai.  Robert Coover -al igual que otros autores como Paul Auster con  La trilogía de Nueva York o en el marco cinematografico, algunos de los mejores films de Jean Luc Godard como Alphaville o Pierrot Le Fou-, consigue  un relato polisémico, donde la experimentación con las formas narrativas no impiden el disfrute que nos suministra la ficción mas tradicional. Otro problema es que los lectores nos quedemos sólo con los árboles y no veamos el bosque.  Para ese tipo de perezosos, la novela puede ser una tomadura de pelo incalificable. A ellos creo que  Coover les dedica las últimas líneas del texto. Ante las dudas del detective acerca de lo que ha ocurrido realmente, exclama: «¿De donde coño hemos salido?». La respuesta es concisa: «Lo lamento señor Noir. El caso de la desaparición de la viuda negra ha concluido”.

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3 pensamientos en “Noir. Desmontando el género

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