Jesús Palacios

Santuginizados estamos

“De buen humor”. José Santugini. Prólogo de Santiago Aguilar. Pepitas de calabaza ed. Logroño, 2012. 256 págs.

Nada hay más admirable, en mi poco humilde opinión, que rescatar del olvido obras y autores de antaño que, vueltos así a la vida en cierto modo, nos devuelvan también a nosotros la esperanza de poder llegar a sentirnos orgullosos de ser españoles. Y no precisamente por ganar mundiales de fútbol o carreras automovilísticas. Santiago Aguilar lleva varios años embarcado en el hercúleo esfuerzo de traer a la memoria no solo el recuerdo, sino sobre todo las obras, de José Santugini (1903-1958), figura oscura, que pareciera permanecer siempre en segundo plano –cuando raramente aparece-, en el panorama del cine y la literatura españoles de la primera mitad del pasado siglo.

Santugini forma parte –y no precisamente pequeña- de lo mejor del cine español de los años 40 y 50, época también a explorar con atención, más allá de prejuicios políticos trasnochados y poco o nada operativos, pero, como tan solo llegó a dirigir una película (Una mujer en peligro, 1936), colaborando principalmente como guionista y dialoguista para otros realizadores, su nombre es a menudo olvidado, en beneficio de los mucho más sonoros de aquellos directores con quienes trabajara –entre ellos: Rafael Gil, su colega y amigo Edgar Neville, Ladislao Vajda (con quien colaboró en siete títulos), Ignacio F. Iquino, o el argentino afincado en España, León Klimovsky-, pasando así a integrar la abundante nómina de guionistas y escritores sin cuyo talento y talante peculiares el cine no sería lo que es, pero que se pierden en la oscura noche del alma de las películas, donde los espectadores –y muchos críticos e historiadores-, no suelen atinar a distinguir más allá de realizadores, productoras y estrellas de relumbrón. Si esta faraónica maldición de los guionistas alcanza con todo su peso al Santugini cineasta, en su faceta literaria, se sirve doble ración. De un lado, forma parte de la llamada (primera) “generación del humor” y, a veces, “la otra generación del 27”. Es decir, la compuesta por aquellos escritores que colaboraban habitualmente en la mítica revista Buen Humor, algunos de los cuales pasaron después a trabajar en otras como Gutiérrez y, terminada ya la contienda civil, en la no menos mítica La Codorniz: Enrique Jardiel Poncela, Antonio de Lara “Tono”, José López Rubio, Miguel Mihura, etc. Si ya ha costado tiempo, sudor y lágrimas recuperar y dignificar justamente la labor literaria de estos y otros humoristas de la época –habiendo de invocarse a menudo, para ello, pesos más pesados como los de Gómez de la Serna, Fernández Flórez, Julio Camba o el propio Valle-Inclán-, cuánto más difícil habría de ser rescatar de entre sus filas a un tal José Santugini, cuyas escasas incursiones teatrales no gozaron de especial éxito o predicamento, y que nunca, nunca, llegó a publicar sus relatos en forma de libro.

José Santugini caricaturizado por el mítico Cronos, 1942

Pero no se vaya a creer, a tenor de estas líneas, que Santugini no tuvo el aprecio de público, lectores y críticos. Muchos le consideraron, eso sí, a la hora de su muerte –rasgo casi propio de algún relato santuginiano-, «acaso el mejor guionista cinematográfico que en la actualidad poseía nuestro país». Sus relatos aparecieron no solo en Buen Humor, sino también en otras publicaciones tan prestigiosas como Blanco y Negro –y su inolvidable suplemento infantil: Gente menuda-, Nuevo Mundo, o Estampa, además de ser habitual de Cinegramas, pionera de las publicaciones cinematográficas españolas,para la que, hasta su cierre a consecuencia de la Guerra Civil, inventó una especie de género (o géneros) nuevo, ya que sus breves textos para la misma no eran ni críticas, ni reportajes, ni crónicas cinematográficas propiamente dichas, sino singulares fabulaciones humorísticas, fantasías breves y de lúcida ironía, sobre el mundo del cine y sobre Hollywood. Si después de la guerra escasearon sus colaboraciones literarias, fue, tan sólo, por su profesionalización como guionista, no por falta de imaginación, talento y aprecio de editores y lectores.

Otro factor más que viene a sumarse a esta capa de negrura, que durante años ha ocultado la figura y obra de Santugini, es, precisamente, esta división forzada entre el humorista literario y el guionista cinematográfico. Si de vez en cuando salía a relucir Santugini en algún estudio sobre la generación del humor, lo hacía sin apenas referencia alguna a su significación como escritor para la pantalla, y viceversa. Cuando, más habitualmente, era citado como guionista de películas tan señaladas como La torre de los siete jorobados (Edgar Neville, 1944), Brigada criminal (Ignacio F. Iquino, 1950), Mi tío Jacinto (Ladislao Vajda, 1956) o El cebo (Vajda, 1959), muchas de ellas, verdaderos hitos en el siempre tortuoso devenir del cine de género español, poca o ninguna referencia se hacía a su pertenencia a la plana mayor de Buen Humor, y su abundante obra como autor de relatos humorísticos.

Esta situación, ha venido a cambiar definitivamente, como ya se dijo, gracias al casi quijotesco empeño de Santiago Aguilar, quien, tras años de escarbar en bibliotecas públicas y privadas, de buscar y rebuscar, de escribir e investigar, dando a luz algunos perfiles biográficos y literarios sobre el autor, ha conseguido que, por fin, más de medio siglo después de su muerte, José Santugini publique un libro, rúbrica segura, justa y necesaria para hacerle hueco en la historia de la literatura española… O, al menos, en las estanterías y mesas de las librerías durante un par de meses, que no es poco. De buen humor, en clara referencia a la revista de la que proceden gran parte de sus textos, es el título de este volumen recién editado, primorosa y cuidadosamente, por esa rara avis del panorama nacional que es Pepitas de calabaza –que en gesto proféticamente santuginiano se presenta desde el principio de su existencia como «Una editorial con menos proyección que un cinexín»-, con un diseño y portada evocadores de las mejores ediciones de la época, en tapa dura, mejor cosido que Boris Karloff, y con una prístina tipografía que hace de su lectura un puro placer oftalmológico.

Seleccionados y prologados por Santiago Aguilar -acompañados por una introducción general y varias particulares, consagradas a cada una de las secciones en que se divide el libro, e incluyendo una completa bibliografía y filmografía del autor-, los cuarenta y siete relatos de Santugini recogidos en De buen humor nos proporcionan un panorama completo, ya que no completista, de su mundo personal y generacional, que muestra tanto las obsesiones propias de su tiempo y compañeros de viaje –la fascinación por el cine, el gusto por el humor negro, el juego con el absurdo, el surrealismo galopante, el impacto de las vanguardias, etc.-, como sus características singulares. Un universo único –santuginiverso-, poblado por extravagantes personajes en perpetua huida de sí mismos y, sobre todo, del panorama burgués, mediocre y gris que les rodea (o a la inversa). Náufragos que no quieren ser rescatados ni a tiros; fantasmas que se asustan de los vivos, sufren de ciática o se emplean como espectros de castillo profesionales; ladrones contratados por el hotel donde roban, para disponer de su propio “fantomas” de prestigio; orquestas caníbales que devoran a sus miembros de uno en uno; revolucionarios a la fuerza del pacífico reino –después república- ficticio de Betania; duelistas que se desafían a sí mismos hasta la muerte; “extras” cinematográficos que se pierden su propia boda, confundidos entre los invitados; huérfanos con seis padres distintos a los que mantener; el propio Diablo (así, con mayúscula) reducido a feriante, presentando el pasadizo del terror de una verbena… Y un sinfín de situaciones imposibles, que van de lo paradójico a lo netamente fantástico o ultratúmbico (en desopilante palabro santuginiano), pasando de lo festivo a lo macabro –con especial predilección por el suicidio-, sin desdeñar apuntes sicalípticos –esa muchachita que lleva décadas esperando la cita a ciegas… Hasta conseguirla siendo ya provecta anciana-, casi futuristas –el loco paseo en coche sufragista, del cuento De cómo estuve a punto de ser raptado-, satíricos y, con menor frecuencia, paródicos. Usando y abusando de su técnica de diabólica inversión de situaciones y personajes, que lleva la paradoja al puro exceso cómico… Pero también absurdo e inquietante.

José Santugini guionizó La Torre de los siete jorobados junto a su director Edgar Neville.

Los consagrados al mundo del cine, publicados, como se dijo, en la revista Cinegramas, sorprenderán, sin duda, a muchos cinéfilos españoles que olvidan con frecuencia el gusto cosmopolita de aquella generación del humor, que participara, de la mano guía de Neville, en el propio Hollywood dorado, durante el trajín de las dobles versiones. Santugini hace alarde de imaginación desbordante, teñida de lúcida sátira del Star System, en estampas como El niño actor o Publicidad, al borde del gótico hollywoodiense, mientras que en El mejor film de gángsters, la búsqueda del realismo deriva en snuff movie de masas avant la lettre. En El director, inspirado probablemente en la figura y el mito de Josef von Stroheim, un tiránico realizador alemán afincado en Hollywood fallece, y al llegar al cielo intenta, látigo en mano, poner orden en el “plató” divino, para que parezca más real y digno.

Tarea abrumadora e inútil, seguir reseñando los relatos de Santugini. Lo mejor, lo único inteligente, es, claro, leerlos. Especialmente, atendiendo a la eficaz organización del libro, dispuesta por Aguilar en complicidad con los editores, que, como ya se apuntó, divide los textos en distintos bloques, representativos de los temas más característicos del autor, precedidos siempre por una breve, concisa e inteligente presentación, que los contextualiza convenientemente. No puedo, sin embargo, resistirme a destacar tres historias que, sin perder el hilo conductor del humorismo propio de Santugini, bordean e incluso violan las fronteras del género, para transmitir una sensación de puro escalofrío, que los convierte en auténticos cuentos de miedo, dignos de figurar en cualquier antología del terror hispano. La tragedia de la puerta giratoria, es una tragedia de situación -¿aceptamos sittrag como animal de compañía?- que, como bien indica Aguilar, prefigura La cabina de Mercero, pero, es más, recuerda por adelantado también otros ejemplos de tragedia absurda minimalista, muy posteriores, como El asfalto de Buiza o La mancha de Plans, e incluso, ¿por qué no?, el No se culpe a nadie de Cortázar. En El tranvía número 1.013, Santugini nos invita a un verdadero paseo infernal, atrapados dentro de un tranvía que no se detiene nunca, atravesando Madrid en frenético viaje fantasmagórico, mientras en su interior se cometen atroces asesinatos, secuestros y horrores varios, ante el aterrorizado protagonista, a quien un diabólico cobrador impide bajar del vagón en marcha. Pesadilla expresionista, lo grotesco de las situaciones y personajes no invalida su capacidad asustante, antes bien la subraya y potencia hasta el fatídico final. Ejemplo único de la escasa labor literaria de Santugini en la posguerra, El silencio, como ya nos avisa Aguilar, es el relato más oscuro de los incluidos en el libro. Un cuento alucinado y alucinante, en la tradición del Poe de El corazón delator o El demonio de la perversidad, donde el protagonista, en pirueta casi lynchiana, se llama a sí mismo por teléfono, para confesarse el crimen oculto que presuntamente ha cometido. Relato hecho a base de alusiones, elíptico y enervante, podría verse en él una metáfora de los miedos de la España franquista de posguerra, con sus delaciones y censuras, sus “silencios” obligados y vigilados… O, simplemente, un cuento de miedo, en el que Santugini lleva su característico arsenal humorístico, basado en el absurdo, la paradoja, la ruptura de la lógica y los personajes alienados, hasta sus últimas consecuencias, traspasando la tantas veces fina barrera que separa el humor del horror. Sea como fuere, tres ejemplos en los que resulta plenamente justificado utilizar adjetivos como kafkiano, evocando nombres como los de Poe, Bierce, Jarry, Apollinaire o Beckett.

De buen humor, recuperación justa y necesaria de la figura y la obra de José Santugini, viene, por tanto, a mostrarnos, gracias al esfuerzo de Santiago Aguilar, que hay más cosas entre el cielo y la tierra de la literatura y el cine españoles, de las que academias, profesores, universidades y aburridos libros de texto se empeñan en contarnos una y otra vez, consiguiendo casi siempre que uno, como si de un personaje santuginiano se tratara, quiera coger un barco añoso, desvencijado y a punto ya de devenir en derelicto, a fin de convertirse en náufrago de nuestra cultura, viviendo feliz en algún islote ignoto. El mismo islote al que van a parar, casi siempre, las obras de autores como José Santugini y sus amigos.

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