Adrián Sánchez Esbilla

Equilibrio violento. Jornada 6

En el minuto 3 de la segunda parte en Getafe, Diego Castro marca el uno a cero, se levanta la camiseta y a uno se le descuajaringa un poco la noche y se le aprieta el estómago, haciendo torniquete, fuerte, fuerte, con los nervios. Estampada en una camiseta blanca sin mangas está la cara de Manolo Preciado, Santo Subito del sportinguismo.

En MR 73, el polar más desesperanzado de Olivier Marchal, su antihéroe, que era todos los antihéroes en uno sólo dice que Dios es un hijo de puta y que algún día lo va a matar. Preciado tenía ese nosequé antiheroico. Era una arruga en el tejido lujoso del fútbol contemporáneo. Espero que ande buscando a Dios para darle lo suyo, porque de que es un hijo de puta no tengo dudas.

El sábado hubo fútbol grande empequeñecido por esta prensa que el aficionado no se merece, aunque quizás la necesita, lo cual es más preocupante. El gran fútbol, ese que arrebata, es una combinación demoledora de belleza y cojones. No se trata de que unos pongan la belleza y los otros los cojones. Más bien es una aleación delicada, inestable, que cuando se da se reconoce al instante.

Las últimas (demasiadas) Ligas se jugaron pero no se compitieron. Era fútbol sin sangre, vamos que no era fútbol. Un partido de fútbol, como el del sábado, lo disputan dos. Las últimas (demasiadas) Ligas eran exhibiciones en las cuales uno (o dos, terrible diarquía) jugaba y los demás miraban, aplaudían y, en una gesto de magnanimidad, tenían el derecho de pisar el verde sagrado para ser goleados sin rechistar. Además, fue una colisión de estilos, entre ese equipo fuera del tiempo que es el Barcelona y un Sevilla donde Michel ha abrazado los preceptos del fútbol moderno: físico, intenso y efectivo.

Este Sevilla mira mal y muerde. Reduce el campo por detrás y lo alarga por delante buscando un cortocircuito de todos los espacios. Su partido fue defensivamente tremendo, pero aguantar así un apartido entero es mucho aguantar. Contra el Real Madrid salió por que lo que el Sevilla hace es lo que suelen hacer ellos. Claro que lo consiguen con una plantilla mucho mejor, con la cual el físico, la intensidad y el acierto aumentan exponencialmente en relación a esa calidad superior.

El Sevilla es un equipo honesto. Es duro, es feo y no lo oculta. Contra el Barcelona aguantó lo que pudo, sufrió 25 minutos antes de conectar un golpe (otra vez Trochowski), que hizo perder pie al Barcelona. El dos cero fue todavía peor, lo que pasa es que el Barça aprendió hace ya bastante a no rendirse. Un equipo que tenía la mandíbula de cristal ahora la tiene de granito. Eso y Messi, que todo lo hace parecer fácil. Sus dos pases en el empate y en el tercero, réplicas casi exactas, son la depuración del juego, extirpado de todo lo que sea adorno. Un toque, un pase, un gol.

Y un arbitro pitaba, malo; como todos.

Los equipos defensivos, y el Sevilla es uno y al parecer muy bueno (no hay que negarlo ni avergonzarse), viven mejor contra los equipos atacantes, a los cuales engañan con una calculada cesión del espacio y una falta de necesidad de la pelota, un trámite para llegar al gol y nada más. Tiene algo de parásito, y aunque su trabajo no sea agradecido de ver es encomiable. Los partidos entre dos equipos “parásito” son, por lo general, tan entretenidos como contemplar el trabajo de una hormigonera. Del mismo modo que aquellos que enfrentan a dos equipos de peloteros corren serio peligro de morir de afectación, los grandes de verdad, y el del sábado lo fue, son los que enfrentan fútboles antitéticos los que logran que salten chispas, no ya por los estilos del juego, sino por la órbita moral en la cual entra el partido. Estos últimos son el equilibrio violento, el ying/yang de la religión del balón.

Pero tampoco pidamos tanto. Billy Bragg cantaba «no busco una Nueva Inglaterra, sólo busco una nueva chica». Yo tampoco ando detrás de una Liga nueva, me conformo con encontrar un partido nuevo. Y si es como el Sevilla-Barcelona, mejor.

El resto de la jornada deja regeneraciones esperadas; el Real Madrid rompiendo a meter goles olvida y hace olvidar cualquier necesidad de justificarlos; combustiones alarmantes, el Athletic de Bilbao comienza a coger el color y la peste de los muertos que caminan en uno de los proceso de descomposición más acelerados que recuerdo; noticias que hacen sonreír, ha vuelto para quedarse el Atleti eterno, el infartante, el contragolpeador, el que no se revuelca en la mística, patética, del perdedor; y heridas feas como la de ese Espanyol que no para de sangrarm sin saber por dónde y sin que que nadie tenga la culpa, aunque cada vez está más pálido, pero no tanto como el Sporting, claro, ya medio exangüe.

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