Pablo Batalla Cueto

Paco Ibáñez, una historia en la voz

¡Siiiiií! ¡Por fin!

Éste que les escribe tiene escrito en otros escribideros, y si no lo tiene escrito lo escribe ahora, que, si se le presentase la ocasión de escoger un momento, un solo momento, de la historia del universo mundo, para darse un garbeo intertemporal, previo pago de no importa qué desorbitada cantidad de dinero, elegiría, sin pestañear, el concierto de Paco Ibáñez en el Teatro Olympia de París en 1969.

De aquel concierto, escuchado y vuelto a escuchar centenares de veces, me sé de memoria hasta las explicaciones en francés previas a cada canción, y soy capaz de pronunciarlas a la milimétrica vez que el bueno de Paco, modulando la voz igual que él e interrumpiéndola bruscamente igual que él para recibir un aplauso o una petición del público. También soy capaz de reproducir las peticiones del público a la vez que el público. Y sus invocaciones: «¡Libertad! ¡Libertad!», gritan de cuando en cuando y grito yo con ellos deprimido ante la constatación de que el bramido no ha perdido vigencia.

Cada cual tiene sus mitos, oigan. Y sus bandas sonoras para toda una vida. Sus himnos. Todos los míos vienen servidos con la voz ajada y la guitarra melancólica de don Francisco Ibáñez Gorostidi. También tengo escrito, y si no lo tengo escrito lo escribo ahora, que podría comparar mi cerebro, mi memoria histórica personal, con un viejo desván polvoriento y desordenado, en el que recuerdos y vivencias de diversos tamaños y formas se acumularían anárquicamente; que en cada uno de los anaqueles habría una de esas pastillas antipolillas destinadas a salvaguardar los cachivaches del ataque de los insectos; que esos insectos serían el olvido, y que cada una de esas pastillas sería una canción de Paco Ibáñez.

Para recordar que alguna vez amé apasionadamente a una mujer, el Puedo escribir los versos más tristes esta noche nerudiano musicado por Paco. Para recordar que alguna vez creí en qué sé yo qué revolución pendiente, el A galopar de Alberti musicado por Paco. Para recordar qué siento y qué padezco hacia esta venerable casa de putas llamada España, Un español habla de su tierra, de Luis Cernuda, musicado por Paco.

Qué gran musicador, Paco. Qué difusor septuagenariamente incansable de seis o siete siglos de poesía hispanoamericana. François Mitterrand le otorgó a principios de los ochenta la medalla a de la Orden de las Artes y las Letras del país vecino. Aquí… Bueno, ya saben. A veces madre y siempre madrastra, y tal.

Después de ocho o diez años visitando con cierta asiduidad la lista de próximos conciertos incluida en página web de Paco Ibáñez, en la siempre insatisfecha esperanza de que Paco se dejase ver próximamente a 200 kilómetros a la redonda de la ciudad en la que yo estuviese viviendo en cada momento, hoy, cuando ya nada esperaba personalmente exaltante, descubro que Paco cantará en el Niemeyer de Avilés, mano a mano con Amancio Prada —que tampoco es cualquier mindundi— el próximo 19 de octubre.

No será el Olympia ni será 1969, pero oye. Cada cual tiene que apechugar con el siglo y con la nostalgia de la edad dorada que no ha vivido que le tocan. Allí estaré, Paco. Puede que grite libertad, libertad. Tú no dejes de cantar Palabras para Julia, ni Como tú, ni Me llamarán.

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