Víctor Guillot

Ya no preguntes por Bond (en su 50.º aniversario)

 

Por fin, después de miles de kilómetros, lo encontré en Bombay. La estación era un hotel, un asilo, una pensión donde la humanidad descansaba en posición fetal, mientras los maleteros deambulaban de un lado a otro cargados de bolsas y esterillas sobre sus cabezas. A las diez y media de la noche, los ferroviarios colocaron la lista de pasajeros de las clases superiores y los vagones en los que debíamos viajar. La gente se aproximaba a las vitrinas con la inquietud de quien cree que ésa es su última oportunidad para poder escapar de un océano de hombres que el viento, la lluvia y la pobreza habían desarraigado. En la lista figuraba su nombre, su edad, su destino, el número del billete y el de su compartimento. Era Bond, James Bond.

Quince años fuera de servicio no borraron las cicatrices de su cara. Las canas habían relajado su expresión hostil, pero aún conservaba esa estúpida elegancia y una mirada punzante, violenta y fría, la misma mirada de aquel adolescente huérfano que se crió en las calles de Londres y forjó su leyenda al servicio secreto de su majestad. Pero tras la muerte de M, nadie más prestó atención a OO7. Bond formaba parte de otra época, aquellos maravillosos años de la guerra fría. Retirado y sin licencia para matar, se evadía del aburrimiento elaborando algún informe que acumulaba polvo en los almacenes del servicio de inteligencia. En una ocasión leí: «Paso la mayor parte del tiempo leyendo o meditando, mientras deambulo o descanso por las calles de Delhi. Por la noche, me tumbo de espaldas sobre una hamaca y calculo las posibilidades de que uno de vosotros vea las mismas estrellas, unas horas más tarde, en Inglaterra».

En el vagón me dijo que ya no encontraba ningún placer en la muerte. En otro tiempo, sentir cómo sus brazos rompían las cervicales de un agente soviético le producía una satisfacción sexual mucho más acelerada que el trabajo de una prostituta. Ahora era un anciano de aspecto singular y voluntariamente torpe que sólo podía defenderse con un profundo silencio.

La misión de un agente secreto consiste en resolver las obsesiones de una nación. Entonces Rusia era una amenaza, el comunismo era una amenaza, enamorarse era una amenaza. Así era la guerra. «Mi misión consistió siempre en acostarme con esa amenaza, descifrar sus intenciones y destruir su capacidad de hacerlos mejores».

Descubrí queJames era un pobre borracho cuya leyenda le había abandonado. Estaba cansado de interpretar la obra que otros habían escrito. Quería que ese relato, regado de sangre, alcohol y sexo prosiguiese su camino, mientras Bond, solitario y clandestino, se perdía en el horizonte que ahora contemplábamos tras el cristal de un vagón de tren.

-Yo no era un héroe, sino un agente secreto. Asumí una función, no un sueño.

-Ningún ser vivo está a la altura de su leyenda.

-Ahora soy un hombre que se muere y que ha olvidado si en algún momento de su vida fue feliz.

Se durmió en el mismo instante en que acababa de decir que jamás se volvería a dormir.

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