Jorge Alonso

Emilio o (mi) educación

—¡Ya era tiempo! —Murmuró Sandokán—. ¡Ya se me agotaban las fuerzas!

Se subió fatigosamente al fragmento de su pobre barco y puso al descubierto su herida de la cual brotaba todavía un hilo de sangre.

Durante otra hora aquel hombre que no quería morir ni darse por vencido luchó con las olas que poco a poco iban sumergiendo el madero, pero sus fuerzas menguaban de manera considerable. Comenzaba a alborear cuando un golpe violento lo sacó de su amodorramiento. Se levantó con gran trabajo sobre los brazos. Parecía que rodaba sobre fondos bajos. Como a través de una niebla sangrienta descubrió una costa a muy breve distancia.

   — ¡Labuán! —murmuró—. ¿Llegaré allí, a la tierra de mis enemigos?

Los Tigres de Monpracém, de Emilio Salgari.

Yo nací y crecí en Gijón, pero me crié en la jungla. Como lo oye. En los sunderbounds indios, en la selva de Venezuela.  Soporté la humedad y el calor con gallardía y aún tuve fuerzas para manejarme con mano firme en pleno Mar Caribe. No una, sino al menos diez veces hice caer Maracaibo. Lo juro.

Arrancó todo una tarde anodina en el pueblo,  Arrabal de Portillo, la perla de Valladolid, un oasis entre el cielo y el infierno que no podría describir sin más. Mi amigo del alma no iba a venir. Estaba enfermo. La tele no funcionaba en aquella Casona, el cielo plomizo mataba cualquier posibilidad solitaria en el corral. Maldición. Hacía ya un tiempo que mi hermano mayor me había inundado de Verne, de viajes a la luna, al centro de la tierra, al soberbio Orinoco y jangadas; ya había recorrido la senda de Fenimore Cooper, no aún la de  Karl May. Me “animaba” a leer al menos quince páginas al día. Tenía el veneno dentro pero aquel empujoncito obligatorio traía consigo el antídoto. Siempre ha sido así.

De modo que allí estaba en aquella tarde desesperada, cruel, insoportable, como mandan los cánones preadolescentes, casi aún infantiles, cuando revolviendo entre trastos apareció aquel que ahora tanto añoro, el que yo quisiera tener guardado a buen recaudo o expuesto en algún lugar inspirador de mi hogar. No tenía portada, le faltaban un puñado de páginas, y arrancaba con algo así como “El parao estaba al pairo”. Cinco palabras, creo recordar, dos que no conocía, puedo afirmar. Por una vez no tiré la toalla a la primera, por una vez decidí insistir. Seguí leyendo. Y créame que todo cambió.

Conocí a Yañez, me familiaricé con los Kriss malayos, le cogí una manía al imperio británico que solo leer al bueno de Churchill pudo paliar, me sentí poderoso (“¡Mírame! ¡Yo también soy un tigre!”), me enamoré de la mujer menos oportuna, y sobre todo devoré Los Tigres de Mompracém y me tatué en el cerebro el nombre de su autor. Emilio, Emilio Salgari.

Sandokan, en la espectacular versión de Hugo Pratt

Desgraciadamente en la adolescencia me dio más por eso que se llama vivir al día y no es sino perder el tiempo, pero hasta entonces… hasta entonces disfrute de lo lindo. Por dios sabe qué razón no me dejaban bajar a jugar, o lo que fuera, muy a menudo y me convertí en ese cliché de escritor que tal vez ahora trate de arrojar sobre mi persona. Me sumergía en Malasia, la India, la Isla Tortuga, y el fenómeno de la fosforescencia como  luego me sumergí en los vaivenes del amor y la barra. Vale que El Corsario Negro y Sandokán sean clavaditos, aunque el Corsario tenga una historia detrás más interesante, con la muerte de sus hermanos filibisteros a mano y soga de Wan Guld, gobernador de Maracaibo, de cuya hija, Honorata, se enamorará nuestro caballero oscuro particular. Pero ese calco, esos clichés, me importaban entonces aún menos de lo que me importan ahora.

Vive dios que puedo ver al Corsario aferrado al timón, desafiando la tormenta con sus ojos “como carbones encendidos”, firme, orgulloso, implacable, maldiciendo el destino del que brotan las grandes historias. Creo que no pasa un día sin que recuerde la frenética persecución tras el gobernador a través de la selva, que todas las noches recuerdo, mientras sujeto otro amigo entre las manos, el escalofrío que me provocaba aquella secta de Los Dos Rivales, y si alguien echa un ojo a mi aspecto puede encontrar ciertas similitudes entre El Tigre de Malasia, El Corsario Negro y este mindundi. Muchas veces he pensado “mientras tenga esto la vida será digerible”, algunas de esas veces escogí mal, puede que todas.  Ahora sé que puedo morir de asco en esta misma habitación mientras esté repleta de aquello que nunca muere, mientras pueda volver a vivir aquello que me hizo.

Y todo gracias a un señor que jamás viajó a los lugares que describía con precisión milimétrica, que murió sin un céntimo y vivió en el alambre, que fue explotado hasta el final. Gracias Emilio, gracias por la educación.

 

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