Jesús Palacios

En el nombre de Fleming, Ian Fleming

Cuando se celebra por todo lo alto el cincuentenario del  James Bond cinematográfico, corremos de nuevo el riesgo de perder de vista al literario. Una creación del novelista británico Ian Flemin, que nunca ha alcanzado el verdadero reconocimiento que merece.

Me gustan las novelas de James Bond. Siempre me han gustado. Tanto cuando era un adolescente de hormonas e imaginación calenturientas, como hoy, en que lo único calenturiento es mi tendencia a despotricar contra el cine de Hollywood incontroladamente. Eso quiere decir, una de dos: o que era un adolescente muy listo, o que soy un viejo muy tonto. Como es natural, me inclino más bien a pensar lo primero y, sobre todo, a deducir que ciertos gustos no solo no cambian o se pierden con el tiempo, sino que se hacen más fuertes. Retornamos a ellos en la madurez, para encontrar que son lo único de nosotros que no envejece, se arruga y se aburre.

Las novelas de James Bond han envejecido bien, no se arrugan –salvo si se mojan, claro- y son cualquier cosa, menos aburridas. Durante su vida, Ian Fleming (1908-1964), fue un hombre paradójico y probablemente infeliz. Rozó la aventura y el riesgo auténtico durante la Segunda Guerra Mundial, trabajando para Inteligencia y organizando comandos secretos. Era experto en criptografía, buen conocedor de la Alquimia y la magia isabelinas –no en vano 007 era el número clave de John Dee, astrólogo y espía al servicio de Su Majestad la reina Isabel- Tenía una cultura y educación de clase alta, un aspecto cultivado y enigmático, y le gustaba tanto fumar como beber en cantidades hoy consideradas obscenas. Algo de todo esto puso en su personaje, mucho se trasluce también en su estilo directo, elaborado, lúcido y eficaz. El éxito acompañó a su primera novela de 007, Casino Royale (1952), más cerca, en realidad, del hard boiled que de la literatura de espías. Pero es que Inglaterra tenía ya su propia escuela de noir, tan dura o más que la americana, encabezada por bestias negras para la crítica literaria como Peter Cheyney o James Handley Chase. La entrada en escena de Bond no podía ser mejor: breve, rápida, violenta, erótica y trágica, pero también con sus buenas dosis de humor, acción e irónicas reflexiones sobre la naturaleza del bien y del mal en el mundo de la Guerra Fría. Las ventas no iban mal cuando, de repente, se supo que era el libro que tenía en su mesilla de noche John Fitzgerald Kennedy. Los americanos se lanzaron como locos sobre él.

Convertido en best-seller, fue el principio de un mito que canibalizaría tanto al personaje como a su creador. En efecto, James Bond se comió a Ian Fleming, que en vano intentó triunfar con otros libros –The Diamond Smugglers (1957), Thrilling Cities (1963), reportajes periodísticos de cierta ambición y envergadura-, mientras que, poco después, el James Bond cinematográfico se comió al literario, vomitándolo convertido en mito pop, vagamente próximo al personaje original. Para colmo, Fleming falleció poco después del estreno de Dr. No (1962) –a la salida del cuál solo pudo articular algo así como “awful, just awful”-, y aunque llegó a congraciarse con Connery, otorgando a Bond ancestros escoceses y algo más de humor en honor a su doble cinematográfico, se fue al otro barrio sin cobrar apenas royalties de una franquicia que le hubiera convertido, sin duda, en uno de los hombres más ricos de la Tierra, junto a Goldfinger o Hugo Drax.

Todo el mundo sabe quién es James Bond. Muchos han visto todas o casi todas sus películas. Casi nadie ha podido evitar ver alguna. En comparación, pocos han leído las novelas. Peor para ellos. Escritas en el paradisíaco bungalow de Fleming en la playa caribeña de su amada Jamaica –tres horitas por la mañana, una más al atardecer, después de haber practicado el submarinismo, tomado el sol y cenado con buen vino-, las novelas de 007 son perfectos ejercicios de pulp fiction  moderna, con todas las virtudes del género y pocos de sus defectos. Resulta ridículo recordar hoy las críticas que en su día muchos respetados –y no tan respetados- intelectuales dejaron caer con saña sobre Fleming y sus novelas. Tachadas de violentas, machistas, simplistas, sádicas, racistas, fascistas, reaccionarias, sexistas y demás adjetivos al uso, que, como todos sabemos, son en realidad elogios para el connoiseur, producto de la miopía habitual en ese sector de la crítica y la academia, universal y universalmente soberbio y aburrido, que es incapaz de disfrutar las delicias de la literatura de género, buscando siempre valores, tanto morales como literarios, que se encuentran fuera del marco de la misma, y sin saber reconocer sus muchos méritos. Novelas de pura evasión y entretenimiento, quizá espejo de su época, de su autor y de su público, si se quiere, pero, en definitiva, excelentes artefactos literarios, construidos con ingenio, inteligencia y arte.

Las novelas de James Bond tienen estilo. Inconfundible y nada fácil de imitar (como demuestran las irregulares secuelas posteriores, escritas por autores que van de Kingsley Amis a Raymond Benson, pasando por John Gardner y otros muchos), el estilo de Fleming se caracteriza por su ajustada prosa, sintética y detallista al tiempo, que va evolucionando desde Casino Royale o Vive y deja morir (1954), todavía un tanto titubeantes, hasta la perfección de Desde Rusia con amor (1957) y Dr. No (1958), para llegar al barroquismo controlado de Al servicio secreto de Su Majestad (1963) y Sólo se vive dos veces (1964), su última obra publicada en vida. Aunque Fleming nunca pretendiera ser un gran escritor, su humildad no le impedía buscar la perfección, casi diríamos la excelencia, dentro del género al que había decidido dedicarse. Siempre quiso escribir thrillers y, más concretamente, novelas de espionaje. No solo conocía el tema de primera mano, como es bien sabido, sino que sus lecturas favoritas de adolescente habían sido las novelitas de Bulldog Drummond, escritas por “Sapper”; las obras de Sax Rohmer, creador de Fu Manchú (personaje que le serviría de modelo para sus villanos, especialmente para el Dr. No y el omnipotente Ernst Stravro Blofeld); las novelas de intriga de John Buchan –autor de Los 39 escalones y otras aventuras de Richard Hannay-; los relatos de Ashenden escritos por Somerset Maugham, reunidos en libro como El agente secreto –Fleming llegaría a ser buen amigo de Maugham, y este a su vez benigno admirador de las novelas de Bond-, y los autores hard boiled, especialmente Raymond Chandler, a quien idolatraría durante toda su vida –al fin y al cabo, compatriota británico, a pesar de consolidar el género negro estadounidense con su Marlowe-, pero también Hammett, e incluso el injustamente menospreciado Mickey Spillane (que con el tiempo sería influenciado a su vez por Fleming y la “moda” Bond, pasándose a las novelas de agentes secretos).

El gran acierto de Fleming, del que nunca se sintió realmente orgulloso, fue combinar el sentido de la maravilla de la novela de aventuras clásica y el folletín de misterio tradicional –“Sapper”, Rohmer, Buchan, Wheatley…-, con el “realismo”, la violencia y dureza de la escuela psicológica y noir –Chandler, Hammett y, también, los maestros británicos de la intriga internacional: Maugham, Eric Ambler y Graham Greene-, equilibrando ambos mundos, para conseguir el héroe pulp perfecto de la segunda mitad del siglo XX.  Si, por un lado, cada capítulo de los libros de Bond termina con un genuino clifhanger, digno de los seriales de los años 40 y los folletines victorianos, arrastrando al lector hasta el siguiente. Si abundan las localizaciones exóticas –Jamaica y el Caribe, Las Vegas, Turquía, Japón…-. Los súper-villanos absolutamente malvados, al estilo Moriarty o Fantomas, y los clímax de acción trepidante –inolvidable caza humana en Dr. No, que evoca al viejo Conde Zaroff-; por otro, Fleming se documenta cuidadosamente para cada una de sus novelas, describiendo con pormenor periodístico los ambientes y escenarios reales en que se desarrollan, cuidando de estar siempre a la última en todos los aspectos que aborda –políticos, tecnológicos, criminales, diplomáticos, geográficos, científicos, etc.-. Si las tramas están llenas de la típica imaginación exuberante del folletín (esa SPECTRA conspiranoide, omnipotente y ubicua), también lo están de sorprendentes detalles tomados de la realidad (ese SMERSH, “muerte a los espías”, que fue auténtico brazo ejecutor de la KGB durante años). Igualmente, si Bond es un nuevo avatar del caballero andante artúrico, dispuesto siempre a sacrificarse por su patria y arriesgarlo todo por una damisela en peligro, también es un héroe contemporáneo, consciente de la doble moral y la hipocresía de la política nacional e internacional, capaz de sentir aprecio por algunos de sus enemigos, y hasta de dudar sobre su propio papel en el Gran Juego, que diría Kipling. Se adivina en 007 el reflejo, ciertamente un tanto hiperbólico, del hedonismo propio de su creador: fumador de cigarrillos egipcios especiales, bebedor gourmet, aficionado a los coches caros y las mujeres de lujo, o a la inversa… Pero a la vez es un hombre con sentimientos, emotivo, que contrae matrimonio con la esperanza de dejar su profesión antes de viejo, para convertirse en héroe trágico y vengativo al perder a su esposa, al final de Al servicio secreto de Su Majestad, cruelmente asesinada por SPECTRA (aunque nunca llegará a ser tan trágico y “oscuro” como el avinagrado Bond de Daniel Craig… Que no fuma, no bebe y ni siquiera folla). Al juzgar al 007 literario hay que tener mucho cuidado para no atribuirle virtudes o defectos procedentes de sus dobles cinematográficos. Si es verdad que nunca es tan divertido como Connery, ni mucho menos tan autoparódico como Roger Moore, tampoco se toma tan en serio a sí mismo como quiere la nueva saga iniciada con la digna Casino Royale (2006), y seguida por la lamentable Quantum of Solace (2008).

El universo bondiano de las novelas es, dentro de sus propias reglas, mucho más rico en matices que el del cine. Sin llegar a la fantasía exacerbada de los gadgets e inventos de ciencia ficción barata de los filmes, posee sus propias dosis de exotismo, sentido de la maravilla y elementos de alta tecnología, rayando, por ejemplo en Moonraker (1955), en lo que ahora llamaríamos technothriller. De hecho, una de las características más fascinantes del estilo de Fleming es su gusto por el detalle, casi minimalista, que le lleva a describir con pelos y señales, con marca y denominación de origen, todo lo que rodea a sus personajes: automóviles, armas, relojes, vestuario, objetos de arte, bebidas, libros, instrumentos, etc., etc. Estamos entre el inventario científico divulgativo e ilustrado de un Julio Verne –nunca falta la información histórica, geográfica, etc., necesaria para ilustrar convenientemente al lector sobre el escenario en que se desarrollan las aventuras de Bond-, y la obsesión posmoderna, estilizadamente pop y objetivista, del Brett Easton Ellis de American Psycho, cuyo Bateman pareciera un descendiente desnaturalizado de 007. Quizá porque ambos, Ellis y Fleming, comparten inconscientemente cierta raíz común: la obra del Marqués de Sade, y el decadentismo perverso de Poe, Villiers, Huysmans o Mirbeau (véase el jardín del horror de Blofeld en Solo se vive dos veces, la novela, claro).

Hijo de los años 50 y no de los 60, a diferencia de su reflejo cinematográfico, el 007 de Fleming no es un personaje pop, sino un héroe de la cultura popular –como Sherlock Holmes, Tarzán, El Zorro, Conan o Sam Spade-, que no se ríe de sí mismo, pero es consciente de la ligereza de su género, del universo literario al que pertenece, y a mucha honra: la novela de evasión. Algo que han entendido a menudo mejor los cómics –especialmente los escritos por Jim Lawrence-, que las películas. Por otro lado, Fleming sintió a veces deseos de trascender en parte su propio estilo pulp. Especialmente en la novela corta The Spy Who Loved Me (1962), y los relatos reunidos póstumamente en Octopussy and The Living Daylights (1966), dio un giro más humano, psicológico y literario al personaje, aproximándolo al concepto desencantado del espionaje que mostraban autores como Len Deighton o John Le Carré, reconocible también en sus admirados Maugham y Ambler. Quizá no fuera coincidencia que el creador de Bond estuviera entonces ya próximo a su prematura muerte, en plena crisis matrimonial, desconfiado ante el proyecto de llevar al cine el personaje, y decepcionado por el poco impacto de sus libros periodísticos.

Cabe preguntarse si, como le ocurriera a Conan Doyle, habría llegado un momento en el que Fleming quisiera “liquidar” a James Bond. También cabría preguntarse si sus lectores –y los estudios cinematográficos- le hubieran dejado hacerlo. En cualquier caso, Ian Fleming se llevó este secreto –como otros muchos- a la tumba. Él murió, pero Bond le ha sobrevivido a través de la pantalla y en nuevas aventuras literarias, con distinta fortuna y acierto. El mundo entero, de un extremo al otro, sabe quién es James Bond, el Agente 007. Un icono, un símbolo, una encarnación moderna, posmoderna e hipermoderna del arquetipo del héroe de las mil caras, que se niega a desaparecer. Sin embargo, ese icono, ese símbolo, NO ES el Bond de Fleming ni de sus novelas. Maldición última que arrastra un hombre de destino aciago, un escritor que no se sintió nunca del todo satisfecho con su obra, pero era también consciente de que no podía, sabía ni, en realidad, quería, escribir de otra manera, el James Bond que creara Ian Fleming sigue siendo malinterpretado. Relegado, olvidado, despreciado e ignorado, incluso por muchos aficionados al thriller y la literatura de género.

Injustamente. Porque aunque ni Fleming ni sus obras sean tan “buenas”, lo cierto es que mientras algunas novelas de autores “mejores” –nótense siempre mis comillas, por favor- como John Le Carré, Frederick Forsyth, Ken Follett o Robert Ludlum, se caen hoy de las manos, las de James Bond se leen con la misma frescura, placidez y satisfacción que hace más de medio siglo. Como ocurre con los relatos originales de Conan escritos por Robert E. Howard, las aventuras del Sherlock Holmes de Doyle o el Drácula de Bram Stoker, personajes todos que devoraron a sus autores, siendo devorados también, a su vez, por su propio reflejo, reificado por y para el mercado. Personajes que hay que recuperar, a veces, volviendo a su fuente original, a los libros. Para degustarlos y disfrutarlos en su auténtico y olvidado esplendor.

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2 pensamientos en “En el nombre de Fleming, Ian Fleming

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