Rubén Paniceres

Las seis caras de James Bond

007 cumple 50 años en la pantalla. Por ello esbozamos unas breves notas  sobre algunos de los rasgos definitorios de los distintos actores que le han interpretado en el séptimo arte. De los que descontaremos el que David Niven perpetra en la primera versión de Casino Royale (1967), debido a su carácter apócrifo y ultra paródico.

ARCHIVO CONNERY, SEAN, CONNERY. CLAVE : TERMINATOR

Decorativo, invulnerable, fuerte, desenvueltamente homicida. Estos fueron algunos de los atributos con los que Alberto de Moravia definió a la creación de Ian Fleming, James Bond. Características que encajan como un guante de seda en un puño de hierro en la personalidad del primer Bond para la gran pantalla, Sean Connery. Trasunto de la filosofía del marques de Sade, la personificación de Connery disfruta con el sexo, el asesinato- siempre en nombre de su Graciosa Majestad- y los más variados placeres hedonistas, agitados pero no revueltos. Carente totalmente de los rasgos humanos- que no humanitarios, ni mucho menos humanistas con los que Fleming había maquillado a su personaje literario, era capaz de asesinar a sangre fría, no solo sin el menor remordimiento, sino con soterrada delectación. Como ocurre en Goldfinger en que electrocuta  a un pistolero de Espectra, para exclamar a continuación con todo regodeo: “Chocante, muy chocante”. Entre sus victimas hay que contar lesbianas, homosexuales, minusválidos, comunistas… En fin, un repertorio de lo más políticamente incorrecto. En las cinco peliculas que  protagonizó entre 1962 y 1967, se certifica la declaración de intenciones  de la serie. Un signo de la era pop, sin pretexto  del significante, donde el medio- la estética- es el mensaje, o como diría la cantante Laurie Anderson, la ética del futuro. Producto definitivamente fashion en el que son más importantes el diseño de producción, los gadgets, las melodías pegadizas, la exhibición de lujo burgués, la fotografía preciosista, y  la procesión  de doradas bellezas, que los conflictos morales y políticos de la guerra fría. Colmado de testosterona, proterva ironía y deletéreo carisma, Connery podría ser el perfecto replicante oriundo de un deshumanizado porvenir. Y como Terminator, oficiará una y otra vez un eterno retorno, sin ningún cargo de conciencia. Después de todo, sólo se vive dos veces.

ARCHIVO LAZENBY, GEORGE, LAZENBY. CLAVE: LOVE STORY

Visto y casi no visto, George Lazenby solo interpretó  a 007 en una ocasión en el film Al servicio secreto de su majestad británica (1969). Dicha película fue  remarcable, más que por la interpretación -correcta pero algo apagada del actor-, por ser la única en la que James Bond parecía enamorarse por primera vez en su vida y contraía matrimonio con la inigualable Diana Rigg. En la recta final del relato, los agentes de Espectra asesinarán a su esposa. La clausura del film con Bond acunando el cadáver de su amada, susurrando, con desgarrada tristeza, «Tenemos todo el tiempo del mundo», ostenta una fuerza catártica que no sería lograda en toda la serie hasta la segunda versión de Casino Royale. Dicho romanticismo no tuvo continuidad. La audiencia pareció elegir hacer la guerra en vez del amor. Por ello Connery  regreso en Diamantes Para la eternidad (1971), para darnos una buena ración de lo que le gustaba al Alex de La naranja mecánica: Ultra violencia  en rutilantes colores. Y de paso, calibrar la exhibición de flamígera lencería de la galana de turno-Jill St John-, comentando con expresión lobuna: «Me encanta ese nada que lleva puesto». Genio y figura

ARCHIVO MOORE, ROGER, MOORE, CLAVE: LA BROMA ASESINA

Toda historia puede contarse dos veces. La primera como tragedia, la segunda como farsa. Esa fue la estrategia de las siete peliculas protagonizadas por Roger Moore, que transformará a la serie en el mayor espectáculo del mundo,  que no es otro que el circo. Con Moore ejerciendo de clow que reparte las bofetadas. Un comediante James Bond se sube a un disparatado carrusel que abarca  desde Vive y deja Morir fechada en 1971 hasta Panorama para matar de 1985, en el que hay coros y danzas a ritmo de vudú caliente; visitas a la casa de los espantos, propiedad del Hombre de la pistola de oro; romances con beldades venidas del frío; duelos con villanos de acerado mordiente; recreaciones de la guerra de las galaxias y todo tipo de triples saltos en el vacío. Sin embargo, la virulencia se había perdido y el show, pleno de guiños para cinéfilos, se transmuta en producto autorizado para los pequeños de la casa. Había hasta un loro que le solicitaba un beso a la entonces Dama de Hierro, Margaret Thatcher.  Bueno, al menos Moore enarcaba la ceja  como nadie, y hacia meritos para ser miembro honorario de los Monty Pitón. 

ARCHIVO DALTON, TIMOTHY, DALTON. CLAVE: LICENCIA DEVALUADA

La incorporación del shakespeariano Timothy Dalton intentó recuperar algo de la seriedad  desmantelada en la anterior etapa. Pero, como dijo el bardo inmortal, « a veces, los mejores planes de hombres y bestias, fracasan». El díptico conformado por Alta Tensión (1987) y Licencia para matar (1989) son lo más foráneo de la serie Bond. No sabemos si estamos contemplando las aventuras del agente secreto más famoso del mundo, una entrega más de Rambo o un episodio de Corrupción en Miami. El rictus de amanerada petulancia de Dalton, muy adecuado para una versión glam de Cumbres Borrascosas no ayudaba demasiado. Con lo que al Laurence Olivier de rebajas, que siempre fue Dalton, le revocaron la licencia y se dedicó a protagonizar culebrones televisivos. Bond, sin embargo, volvería, como ocurre con la inevitable sucesión de las estaciones.

ARCHIVO BROSNAN, PIERCE,  BROSNAN. CLAVE: LA HERIDA DEL TIEMPO

En la banda sonora de Golden Eye(1995), primera incursión  de  Pierce Brosnan en la piel de 007, Tina Turner desgrana una balada de amor/ odio en representación de todas las mujeres utilizadas y desechadas a lo largo de las décadas  por Bond, donde advierte a éste que el tiempo ya no está de su lado. Los años han pasado de manera implacable. Es la crisis de un héroe que ha devenido en reliquia de un tiempo periclitado. La guerra fría ha concluido. M es ahora una mujer- tremenda humillación para el machista galopante que siempre ha sido Bond- que le trata con altanería. Los placeres parecen quedar atrás. Bond ya no fuma y sólo bebe en exceso en esporádicos momentos de depresión.  Su “pistola” seguirá siendo de gran “calibre”. Pero privado del ímpetu macarra de un Connery o la superioridad desdeñosa de Moore, un poco con la inseguridad del que sobrevive en un universo del que ya no conoce las reglas. Es el momento de decir adiós al pasado. El armero Q, último resto del naufragio, tendrá su emotivo mutis en el escenario, y su sustituto, John Cleese, le enseñará a Brosnan todo el arsenal de vetustos artilugios que hicieron invencibles a sus predecesores. Con sarcasmo, Pierce sugerirá que todo debería venderse en almoneda. A lo largo de cuatro películas -realizadas entre 1995 y 2002- hemos descubierto, a través de los reflejos en un ojo dorado que, aunque siempre hay un mañana, el mundo se ha hecho demasiado pequeño para un OO7 al que puede que solo le quede el recurso de  morir otro día.

ARCHIVO CRAIG, DANIEL, CRAIG. CLAVE: LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO

La tetralogía de Brosnan había llevado a la serie a una encrucijada. Las opciones eran el revival. Resucitar a Espectra y a los supervillanos como Blofeld, Goldfinger, el Dr. No. O intentar volver a empezar desde un cero, que todavía no era doble. Esta fue la iniciativa que propicio la alta de Daniel Craigpara personificar a un incipiente James Bond. Ya en las primeras secuencias de Casino Royale (2006) percibimos las señas diferenciales de Craig con respecto a sus antecesores. Si aquellos chalados pilotaban locos cacharros de novedosa tecnología, Daniel Craig persigue a uno de sus antagonistas a pie, en una frenética carrera que le hace sudar la camiseta como un velocista de fondo. Su Bond  es un currito que tiene que ganárselo todo a pulso, mete la pata  a menudo e intenta aprender de sus errores, hasta poder construirse una reputación, ganarse un nombre que enunciará por primera vez en la última escena. Por otro lado, se recupera el espíritu de la etapa Lazenby, y acaecerá una trágica historia de amor con la  mágica Eva Green, en un catártico desenlace que recuerda al poema de Elliot, Death by the Water, contenido en La tierra baldía. Con solitaria, pero inexorable determinación, rodeado de amantes y amigos que perecen a su alrededor, el nuevo Bond ha continuado desarrollando su espartano rito de paso y parece que lo único que debe temer es -como diría el galo Asterix– que el cielo se le caiga encima de la cabeza. Veremos que tiene que decir a esto Javier Bardem

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