Pablo Batalla Cueto

El fútbol más remoto de la tierra

«Tal vez, en los próximos meses, pase por aquí algún barco, y podamos jugar un partido.» En la minúscula islita de Tristán de Acuña, cerca (cerca es un decir) de Santa Elena (donde Napoleón), en el Atlántico Sur, la vida transcurre como la voz de una de esas viejas cintas de casette estropeadas: con una lentitud grave, irreal, como de ultratumba. Sus poco más de doscientos habitantes, todos ellos agrupados en el único asentamiento isleño de Edimburgo de los Siete Mares, viven vidas apacibles. Toman cervezas en el único bar de la isla, plantan patatas en sus pequeños huertos y acuden regularmente a cualquiera de las dos iglesias del pueblo. El escaso pero constante turismo, la venta de codiciadísimos sellos y una modesta industria conservera son los tres pilares del hórreo cojo que es la economía del lugar. Las cartas enviadas desde Tristán a cualquier parte del mundo suelen tardar meses en llegar a su destino; y meses transcurren también entre abastecimiento y abastecimiento del único supermercado de la isla. Una famosa señal doble, que se yergue no lejos del puerto, condensa en su palo blanco circundado de un rosario de letreros, y en su gran cartel cuadrado, toda la idiosincrasia, todo el ser fundamental que sirve de explicación para todo lo que sucede en aquella particular comunidad. «Islas Malvinas, 2166 millas. Oslo, 5915 millas. Londres, 5337 millas. Montevideo, 2123 millas. Ciudad del Cabo, 1511 millas», rezan los letreros. «Bienvenidos a la isla más remota del mundo», reza, y no miente, el cartel. Tristán de Acuña pertenece, como casi todo, al Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte.

«El fútbol es un idioma universal», dijo no hace mucho Christopher Katongo, un joven delantero zambiano. No es su aserto, en realidad, nada nuevo bajo el Sol: la FIFA no es por nada la organización internacional con más estados miembros del mundo. Se juega al fútbol en Vanuatu y en Bután, en Noruega y en Malawi, en las calles de Montevideo igual que en los suburbios de Uagadugú. Y también se juega en Tristán de Acuña.

Los doscientos isleños se reparten tan sólo cuatro apellidos: Swain, Glass, Repetto y Lavarello —estos dos apellidos italianos, procedentes de dos genoveses que naufragaron y se quedaron a vivir en Tristán a finales del siglo XIX—. El orgulloso introductor del fútbol en Tristán de Acuña es un Glass. Leon Glass. Reintroductor, en realidad: parece ser que existieron experiencias previas en los años veinte, lideradas por un entusiasta misionero anglicano apellidado Rogers; y aun en los cuarenta, cuando la isla se convirtió en asentamiento de una pequeña guarnición militar norteamericana.

Tristan de Acunha F.C.

Leon Glass fundó el Tristan da Cunha FC (TDCFC, para abreviar), en 2005. «Propuse a algunos de los chavales locales formar un equipo para jugar pachangas —la pachanguera traducción es mía— contra las tripulaciones de los barcos que pasan por aquí. Les gustó la idea, pero me comentaron que les gustaría jugar con el equipamiento adecuado. Contacté entonces con nuestra compañía conservera local, Ovenstone Agencies, para preguntarles si estarían interesados en esponsorizarnos, con lo cual estuvieron de acuerdo

Los primeros desempeños del nuevo equipo no han sido, hasta ahora, malos: derrotaron 10-5 al combinado internacional Salvage XI, formado por las tripulaciones de dos barcos, y no hace tanto que infligieron un aplastante 9-0 al RFA Black Rovers. Además de estos peloteos contra rivales externos, los quince jugadores del TDCFC se dividen una vez al año en dos equipos más pequeños, los Tigres y los Tiburones, para disputar un vibrante partido. Steve Swain fue el MVP de la edición de 2010 —no he encontrado referencias de las dos últimas—, merced a su hat-trick a los Sharks, que perdieron aquel partido por siete goles a cero. Patrick Green y el jugador-entrenador Leon Glass marcaron otros dos «chicharros» cada uno.

Se llegó a plantear la idea de disputar una liguilla de cinco equipos de fútbol tres, pero la idea no ha acabado de cuajar. Verle las caras a los de siempre aburre, supongo. Lo que esperan con ansia los quince jóvenes futbolistas tristanianos es que no tarde en dejarse caer por allí un barco, o un crucero, con pasajeros o tripulantes amantes del deporte rey que tengan a bien escribir páginas nuevas en la modesta historia balompédica de la isla; que introduzcan nuevas ideas y pongan a auténtica prueba el incipiente talento futbolístico de los quince artistas de Tristán. También se estudió la posibilidad de formar una selección internacional, pero, como bromean los isleños, habría que empezar por agarrar un trozo de tiza y pintarle rayas al único estadio de Edimburgo de los Siete Mares: un terreno irregular y empinado, pero inusualmente llano en el imponente volcán de dos mil metros de altura que es, en realidad, Tristán de Acuña, que se da en llamar Campo Americano en honor de aquella guarnición estadounidense de la segunda guerra mundial.

Si pasan por allí, no dejen de hacerles el favor. Se lo agradecerán; y su hospitalidad es legendaria.

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