Adrián Sánchez Esbilla

Elogio de la frivolidad: Castle

Hay series que se ven y series que se miran. Uno no puede ponerse a planchar, a ojear una revista o a jugar con el gato con Mad Men o Boardwalk Empire. Son ejercicios tan minuciosos de dramaturgia y puesta en escena que demanda una atención superior, es dudoso incluso que sean series, alejadas voluntariamente de los modismos del medio hasta acercarse a una suerte de novelística audiovisual. Tampoco los absorbentes giros y revueltas sobre si mismos, los finales infartantes y las revelaciones de última hora de Breaking Bad, Homeland, Sons of Anarchy  o el primer Dexter, son recomendables. Son televisión pura, estas sí, de lógica serial y mecánicas para mantener pegado al espectador. No es que ellas necesiten atención, es que tú necesitas atenderlas.

En un lugar equidistante entre el reclinatorio y la farmacopea existen las series para mirar, el equivalente catódico a los libros de bolsillo. Entre ellas mi favorita actual es Castle, como antes lo fue CSI Las Vegas o Medium. No son series que siga, son series que me encuentro. Y cuando lo hago nos tomamos algo juntos hasta la próxima. No son series que veo, son series que miro.

Ficciones autoconclusivas que te permiten entrar y salir a voluntad de las mismas, donde el tiempo no pasa más que muy lentamente –se llevan 5 temporadas de emisión pero como si todas fuesen la misma- y todo se resuelve hasta la próxima entrega. Cincuenta minutos  de ligereza que no ofende. Material agradable que no te hace sentir más idiota cuando se termina.

Y luego está Nathan Fillion, claro. Fillion es como aquello que Valdano dijo de Mourinho: un carisma andante. No se trata de si es mejor o peor actor, se trata de que le basta con ponerse delante de la cámara. Transmite relajación e ironía, es un héroe improbable que, en realidad, no puede ser otra cosa que un héroe. Su Castle está construido con trozos de Colombo y una Jessica Fletcher masculina. En tiempos de neo-Holmes pasados por la túrmix del cinismo y la amargura vital, Richard Castle irradia felicidad e inconsciencia.

Uno se imagina que los libros que se supone escribe Richard Castle son como la serie misma que protagoniza y se siente entonces pirandelliano, posmoderno y leído. Una ficción sobre un escritor que ejerce de “detective consultor” de la policía de Nueva York y vive una constante tensión sexual no resuelta –sin la mordacidad de Luz de luna, una cosa como platónica “si es/no es”- con la atractiva, que menos, inspectora Kate Beckett que lo tiene al cargo, y la cual no es otra que el alter ego de la nueva protagonista de sus novelas. Como otras serie recientes tipo Bones, El mentalista, en las mismas variaciones de CSI o en producciones bastante anteriores como Remington Steele, Castle también es un recuento de la cultura popular (norteamericana) de la segunda mitad del Siglo XX y el comienzo del XXI, la edad de la referencias (lo mismo cómplices que oscuras), que pasa revista a los comics, la ciencia-ficción, los videojuegos, las subculturas, la literatura negra y la televisión misma en un tropo especular. La cultura pop reflejando y alimentándose de la cultura pop.

Pero todo con un tono dicharachero que hacen de Castle, un producto más sutil y sofisticado de lo previsible, un pasatiempo ingenioso, que es como una forma menor y fulgurante de la inteligencia, sin pretensiones y con un punto juguetón de autoconsciencia que te permite participar de la broma sin restregártela por la cara. Así, por mucho que Beckett y Castle se encuentran a las puertas de alguna muerte agónica capítulo sí, capítulo no, tú sabes que aquello es de mentirijillas y de alguna manera, en el último minuto, serán rescatados. Deux ex machina para todos y a por el siguiente misterio.

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3 pensamientos en “Elogio de la frivolidad: Castle

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