Jorge Alonso

La noche II (Con Gallon Drunk)

“Te reto a que al salir me repitas una melodía”

Oído en el concierto de Gallon Drunk del 11 de Octubre del 2012 en Gijón.

Llegué resoplando a la Sala Acapulco de Gijón. No era por prisa, llovía y nos trasladamos en taxis, como Jarabo. Resoplaba por ansia, porque tenía ganas de entrar en modo concierto. Ese modo en el que simplemente puedes relajarte, disfrutar de una compañía que has elegido y comprobar si la apuesta que has hecho en forma de entrada sale bien. Así era antes al menos.

Antes de que un golpe de estado financiero nos arrebatara cualquier goce completo, antes de que en cada reunión de más de diez personas no solo haya muchas posibilidades de que aparezca una bandera de Asturias, si no de que alguien esté con el agua al cuello, o le acaben de pegar la patada, o sepa que está a punto de caerle, o se acabe de comprar un billete con el último aliento rumbo a “vamos a ver qué pasa”. Antes de todo eso.

Porque pones un pie en la sala a ver un concierto, concretamente Gallon Drunk, que ha sido su semana por estos lares, y hay mucha gente conocida que sonríe hasta la tercera línea de diálogo.

-¡Hombre x! (se abrazan) ¿Cómo te va?

-Bien, bien, en la trinchera, ya sabes. Hace tiempo que no te veo…

-Si es que estoy fuera, a la moza le salió algo y como por aquí no…

Y por encima del concierto supura el fango soterrado, va subiendo, va subiendo, al principio moja tus zapatos como el líquido que no quieres saber en ciertos baños, luego apenas te deja mover, finalmente da igual lo bien o lo mal que suene la banda, estás embotado, atascado en un caldo espeso que no habías encargado.

Gallon Drunk hicieron su trabajo, vive dios. James Johnston se descamisó desde el  minuto cero y nos sirvieron abundante ración de la especialidad de la casa: Rock, por supuesto, pantanoso, noche cerrada, sudor, desarrollos largos, turbios y, en fin, todo aquello por lo que uno había decidido ir a ese concierto, cortesía del gran Iker González.

Pero queda el zumbido, el fango, eso que te llevas al bar donde vas a comentar, se supone, el bolo que acabas de ver y termina siendo un maldecir la cultura oficial de tu entorno, un rechinar contra una situación que te condena a una infelicidad de la que no puedes quejarte, porque al menos no es miseria, no es hambre. Hambre señoras y señores en medio de  la opulencia más grotesca que el mundo ha conocido. Y te enfadas, y pides otra, y lo mandas todo a la mierda y decides que mañana será el día en el que te pongas serio y, y… ¿y qué?

No queda más que prenderle fuego a la mecha, con picardía, y volver a casa cuando el diablo (que tiene exactamente tu cara) te dé a entender, una voladura controlada.  Encerrarte en el búnker, con tu arsenal siempre listo para rescatarte y dejar que bajo la aguja se desparrame un acorde que traiga la cordura de vuelta.

Y el mundo gira.

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