Marcos García Guerrero

Vida y muerte (y vida) de Don Winslow

En el año 2009, El poder del Perro (Mondadori) irrumpía en las librerías españolas como un animal salvaje. La novela de Don Winslow abría un nuevo camino del género negro que, con altos y bajos, ha convertido a su autor en una referencia discutida e indiscutible del noir. En septiembre, reaparecía con un nuevo relato, Los reyes de lo cool, que nos devuelve al Winslow más salvaje y canino. Además, Oliver Stone acaba de lleva al celuloide su novela Salvajes. Todo ello le hace merecedor de una retrospectiva que, a buen seguro, te invitará a leerlo, si es que no lo has hecho ya.

Vida

Como una bomba, en 2009 cae sobre las mesas de novedades un ladrillo de 700 páginas cuyas ondas expansivas aún reverberan en nuestras librerías. Boom.

El poder del perro, de Don Winslow. Serie Roja y Negra de Mondadori. Prólogo de Rodrigo Fresán. La «versión narcomex de El padrino». La hostia puta.

Un James Ellroy con sentido del humor y cierta simpatía por el ser humano cruza el charco con la fuerza de un transatlántico y nos cuenta, bajo un velo de ficción (que apenas enmascara la realidad) y con una precisión microscópica, la guerra contra la droga en la frontera entre México y EE. UU. en las últimas tres décadas del siglo XX. ¿Otra versión testosterada del Capitán América? No. Esto es otra cosa.

Con un estilo ágil y directo, y la destreza de quien erige con maestría arquitecturas argumentales monumentales, Winslow construye la que los críticos se apresuran en calificar como la Gran Novela Americana del Narcotráfico. Y por una vez no se equivocan. Después de El poder del perro queda poco por decir.

Sobre el tapiz, una historia coral con protagonistas para todos los gustos: Art Keller, un idealista y pertinaz agente de la D.E.A. (Drug Enforcemente Administration, la agencia antidroga norteamericana); Nora Hayden, una maquiavélica prostituta de lujo; el padre Parranda, un cura rojo cabrón; los hermanos Barerra, unos narcos psicópatas con los problemas familiares de Tony Soprano; Sean Callan, un asesino a sueldo con alma de héroe. De fondo, la Operación Cóndor, la relación simbiótica entre los cárteles y los poderes mexicanos, el tío Sam emborrachado de anticomunismo firmando con su propia sangre (y sobre todo con la de los demás) contratos con el diablo, y unas redes internacionales del crimen organizado que se extienden desde Sinaloa hasta Hong Kong (Why can’t we be friends?).

Winslow huye de los estereotipos trillados para escarbar en la naturaleza humana. Aquí los buenos no son tan buenos y los malos no son tan malos (hombre, algunos malos sí que son malos, vale. Y mucho). Mézclese el noir posmoderno de Tarantino, la pesimista (por ultrarrealista) visión del mundo del crimen de The Wire, y la violencia cruda de Peckinpah, y enmárquese todo ello en un escenario con hechuras dramáticas shakesperianas. Resultado: una de las mejores novelas policiacas de lo que va de siglo. (Las referencias cinematográficas no son casualidad. Don Winslow es celuloide escrito.)

El impacto del debut en castellano de Don Winslow provoca que el mundo editorial español se ponga las pilas. Martínez Roca se hace con parte de los derechos de su obra, lo que es una buena noticia para sus bolsillos y una pésima noticia para los lectores: malas ediciones y peores traducciones. Pero da igual, porque hay ganas de leer más Winslow.

Así, en el 2010 se publica El invierno de Frankie Machine, novela escrita justo después de El poder del perro. Un thriller crepuscular sobre Frankie Machiano, antiguo matón italoamericano forzado a enfrentarse a su pasado en el «invierno» de su vida. Ya desde la contraportada se nos informa de que Robert de Niro, junto a Michael Mann, tiene previsto adaptar la obra al cine, con lo que no resulta difícil ponerle cara al protagonista. You talkin’ to me?

El resultado es notable. Una firme y convincente novela que recrea la historia reciente del hampa de la costa oeste de Estados Unidos. El hilo conductor es Francki Machiano, alias Machine (¿es necesario explicar por qué?), figura central cuyo peso y fuerza sostiene el conjunto y lo hace trascender del mero entretenimiento de acción al debate moral que este tipo de personajes (véase también el Callan de El poder del perro, criminal que, contra el mundo y su conciencia, intenta redimir sus pecados) cargan siempre a sus espaldas. El invierno de Franckie Machine no llega a la obra maestra que la antecede (ni siquiera se le acerca), pero tampoco lo intenta, y ése es su principal acierto.

Muerte

Si el primer contacto con el Winslow post-perruno es esperanzador, el segundo nos baja los humos.

2011. Muerte y vida de Bobby Z. La premisa es interesante. Tim Kearney es un delincuente de tres al cuarto al que la cae la perpetua por cargarse a un Ángel del Infierno. Enchironado y rodeado por colegas del difunto (que no quieren de él, precisamente, que les coja el jabón en las duchas), la DEA le ofrece la libertad si accede a formar parte en una operación en la que debe suplantar a Bobby Z, capo del narcotráfico con el que guarda un sorprendente parecido.

El espejismo de saber que Mondadori retoma su relación con el autor neoyorkino (edición estilosa, traducción digna, prólogo interesante) es rápidamente disipado al comprobar que se trata de una obra menor de un autor que en el momento de escribirla, allá por 1997, está aún en proceso de definición. Escrita correctamente y con varios pasajes interesantes, se acaba desmoronando por la propia inverosimilitud de la trama y un final que no firmaría ni el Steven Spielberg más entusiasta.

En definitiva, un chasco.

La película del mismo título, dirigida por John Herzfeld en el 2007, y protagonizada por Paul Walker, Laurence Fishburne y Olivia Wilde, no mejora a la novela. Más bien al contrario.

El mismo 2011 Martínez Roca vuelve a la carga. Con una portada horrenda y un formato discutible, nos topamos con el que en ese momento es el más reciente título de Don Winslow, Salvajes.

Chon y Ben (y O, la multiorgásmica novia de ambos) son jóvenes, ricos y guapos, y venden la mejor maría del planeta Cannabis (ah, y Chon es una especie de Marine Terminator. Claro. Por si en algún momento de una historia de drogas y violencia alguien tiene que dar unas buenas hostias). Un día el cartel de Baja California considera que es hora de ponerles las cosas claras, y les hace una oferta, o mejor dicho una amenaza, que no podrán rechazar, o mejor dicho, ignorar.

Salvajes es fresca, graciosa, adictiva, y para el que se encuentre por primera vez con Winslow puede resultar una interesante y liviana novela sobre el narcotráfico. Pero…

Pero tiene truco. Salvajes es una copia menor, por calidad y por tamaño, de El poder del perro. De nuevo se nos habla sobre la frontera y la guerra contra las drogas, aunque desde el prisma de unos americanos molones y un cártel mexicano casi caricaturizado, con lo que se frivoliza y simplifica el tema en exceso. Además, buena parte de su estructura, de los giros argumentales y de los dilemas morales que asedian a los protagonistas ya los hemos leído antes. Winslow podría haber ido un paso más allá intentando reflejar la situación actual del problema; la ahora denominada guerra de la droga, un conflicto de nuevo cuño, sensiblemente diferente al narrado en El poder del perro, y que, como vemos a diario en televisión, parece totalmente desbocado y capaz no sólo de poner en tela de juicio la seguridad a ambos lados del río Grande, sino de echarle un pulso de hito en hito al propio Estado mexicano. Pero no, Winslow opta por el autoplagio y la falta de ambición, dilapidando las virtudes que se intuyen en Salvajes.

Conclusión. Segundo chasco. Y gordo.

Para acabar el año con un empacho de Winslow, Roca Editorial publica Satori, precuela autorizada de Shibuni, la novela de espías que Trevanian escribió en 1979. Ni narcos, ni policías corruptos, ni agentes de la DEA. Satori es otro rollo.

Y llegamos al 2012. Y repetimos con Martínez Roca (¿hace falta comentar la calidad de su edición?). El club del amanecer es el primer episodio en castellano de la serie protagonizada por el peculiar detective privado Boone Daniels. Un relato policíaco más clásico, de crimen a resolver, en la línea ligera del Myron Bolitar de Harlan Coben, aunque mejor escrito y con personajes más trabajados. Una nueva pincelada en ese retrato casi idealizado del ambiente surfer-drogadicto de California del sur que ya había ido tomando forma en obras anteriores.

Novela de playa. Tan fácil de leer como de olvidar.

(Y vida)

Cuando los seguidores de Winslow empiezan a perder definitivamente la fe; cuando después de varias decepciones seguidas parece imposible que levante el vuelo, Mondadori publica este septiembre (apenas unos meses después de su lanzamiento en inglés) Los reyes de lo cool,precuela de Salvajes (y Oscar al peor título del año).

Levántate, Lázaro, y anda.

Y vaya si anda. Corre que se mata. Contra todo pronóstico, Winslow resurge de sus cenizas con uno de sus mejores títulos hasta la fecha. Los reyes de lo cool tiene todas las virtudes de su predecesora y recupera los grandes aciertos de sus mejores obras.

Para empezar, es un ejercicio de estilo. Winslow ha asegurado en varias ocasiones que no le obsesiona la trama y que suele supeditarla a la creación de personajes. Y eso se nota, porque es a través de su forma de narrar (por momentos parece que estemos hablando con un colega en la barra del bar o tumbados en una playa de Laguna Beach) como nos introduce en la cabeza de los personajes. Un tono desenfadado, conversacional, a medias entre el rollo coloquial de Irvine Welsh o Tom Wolfe y la dureza verborraica de Elmore Leonard; un estilo que en Salvajes ya estaba perfectamente definido y que en Los reyes de lo cool alcanza su madurez.

Lejos del gran defecto de su secuela, ahora Winslow tiene algo nuevo que contar. No le hace falta repetir esquemas, más allá de ciertos lugares comunes en los que suele caer el género, y entrelaza con fluidez los inicios de las andanzas de Chon, Ben y O (que aún no es multiorgásmica) con los orígenes del negocio de la droga en la hippie South California de finales de los sesenta. Así, vemos la evolución de un negocio que nace junto al espíritu del buenrrollismo de Woodstock y la denuncia a la guerra de Vietnam, y que según van pasando las décadas se convierte en una forma de enriquecimiento individual al servicio del capitalismo. Los hippies tenían un precio.

Todas las piezas del díptico encajan sin fisuras, tarea encomiable teniendo en cuenta el carácter aparentemente cerrado de Salvajes.

Mirando la obra de Winslow en perspectiva de conjunto, puede apreciarse, en la línea del ya mencionado James Ellroy y de su historia alternativa de EE. UU., un retrato casi pedagógico sobre la entrada de la droga en Norteamérica y el negocio que la mueve. Novela a novela, ha dado forma a un universo literario propio, con personajes comunes e historias que se complementan proporcionando una idea del lado oscuro de Estados Unidos. Altibajos creativos aparte, Winslow es uno de los grandes renovadores de la novela negra actual. Historias bien ambientadas, personajes sólidos, tramas vertiginosas y, sobre todo, su apuesta decidida y sin complejos por el lenguaje hacen de su figura la más innovadora del momento.

A falta de que se publique La hora de los caballeros, la nueva entrega de las andanzas de Boone Daniels (cuya fecha de lanzamiento estaba prevista para octubre, pero que parece que será finalmente retrasada hasta enero del año que viene), y con el sabor agridulce del Salvajes de Oliver Stone (estrenada el pasado septiembre en los cines sin una respuesta demasiado entusiasta por parte de la crítica), esperamos ansiosos lo que Don Winslow tenga por bien presentarnos.

Vida.

Muerte.

Lo que sea. Aquí estaremos.

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3 pensamientos en “Vida y muerte (y vida) de Don Winslow

  1. No sé, a mí ‘El poder del perro’ me pareció una muy buena historia a la que, por fortuna, el escritor mediocre que había tenido la suerte de encontrársela (investigándola a fondo, eso se lo reconozco) no había estropeado del todo.
    Hay algo en la construcción de los personajes, en los diálogos y en la descripción de ambientes que me pareció literatura de aficionado. Igual era la traducción. O que me puse tiquismiquis sin causa.

  2. Tras leer -y quedar fascinado por la magnetica historia- El poder del perro, me hice con El invierno de Frankie Machine y de repente, no supe que pensar. No sabia si echarle la culpa a una pesima traduccion o a que habia agotado su creatividad con Art keller y sus andanzas. Me pareció una novela flojisima, con fallos de tiempo en la narracion, de ortografia, de sintaxis…una mierda pinchada en un palo, resumiendo. Pensando malevolamente, y en el negocio editorial si no piensas asi eres un pardillo, puede que el corrector o “arreglador” sea el verdadero escritor del poder del perro. Sin ir mas lejos, el mismo Raymond Carver ha publicado -mas bien su viuda- hace poco sus relatos tal como los escribió él, antes de pasar por las manos de su editor.
    Acabo de terminar Los reyes de lo cool, y me ha parecido un “pulp” como la copa de un pino. Un relato muy menor con el trasfondo -como siempre- del trafico de drogas entre California y Mexico. No vale los 17 euros que cuesta ni por asomo. Salud.

  3. A mí me gusta el estilo directo y sin florituras, casi aséptico, que le imprime Winslow. Lo pide la historia. Una estilo más “literario” quizás nos hubiese llevado a un libro de 1500 páginas (para contar lo mismo).
    Con la traducción hay cierta polémica. La primera traducción, la original de 2009, era normal, correcta. Pero la que hay actualmente en las librerías (con una nueva edición de portada ligeramente diferente) es “a la mexicana”, lo que según la mayoría de lectores es una cagada monumental.

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