Adrián Sánchez Esbilla

Nada se acaba hasta que se acaba

Ayer España ha recordado cuando era una perdedora. No cuando perdía, pues cualquiera puede perder, sino cuando sabía que iba a perder, esos años en los que perder era una buena salida, un justificante universal de ausencias. Y encima contra Francia, después de que el público español mostrase su habitual condición pitando el himno. El fútbol es un lugar de tradiciones, donde la leyenda y la historia se respeta. La propia y la del enemigo.

Esa es otra de las lacras del fútbol contemporáneo:  no tiene ni memoria, ni clase. Un fútbol adolescente. Otra historia…

Así que por eso mismo, aunque ahora no nos llegue la camisa al cuerpo y hallamos visto de cerca el naufragio, quizás nos tranquilicemos si miramos lo que hay sobre el verde y lo que han dejado en la vitrina. No pensemos que esto se pone complicado, pensemos que se pone interesante.

Del Bosque prefirió repetir la alineación del partido que no fue en Bielorrusia y volver a cederle a  Xabi Alonso el centro del campo colocando a Busquets como central.  La cosa había salido mejor que bien, en especial por un Pedro encendidoy,  pese a que el de enfrente era mucho más, no había razones para pensar en otro planteamiento que el autobús de filiación Maguregui: España se encuentra un partido sí y otro también.

No respiraba bien Francia en la primera mitad y España volaba sobre el césped. Esplendor geométrico y recuperación instantánea del balón afeada por una lesión de Silva que trastocaba algo los planes. Entró Cazorla, que siendo bueno es distinto y hace otras cosas y a los 25 minutos Ramos remató al larguero, Pedro, con esa luz que lleva encima, peleó el rebote y otra vez Ramos marcó.

Se siguió jugando rápido y bien, pero Francia cada vez se encontraba mejor. Se le pasaba el susto y España sacudía con fuerza pero no lograba descomponer a los de Deschamps. El partido pintaba bien, muy distinto de la ración de cómoda a lo Oliver Twist que nos hicieron tragar en la Eurocopa. Francia se defendía con todo, es cierto, pero al menos se defendía; no se esperaba a ver qué pasaba mientras su nutrida colección de estrellitas y futbolistas mentirosos ponían mala cara. Un partido bonito, un partido de fútbol. Con gol mal anulado y todo.

Al final Del Bosque dijo que habían especulado con el resultado, cosa mala, cosa fea.  Pero es verdad. España pensó que en la segunda parte rompería aquel partido, después de  todo Lloris había parado antes todo lo parable y parte de lo otro, incluido un estrepitoso penalti del torete Koscielny a Pedro que extrañamente tiró Fábregas en lugar de Alonso. Quizás se habían reservado un poco, empujados al final, pero la cosa parecía bien dirigida, sólo había que masticar un poco más lo ya mordido. Lo malo es que España se puso a jugar con la comida. Cosa fea, cosa mala.

Eso y que Francia parece en trance de recuperar el orgullo. Pocas bromas con Deschamps. Era un tipo duro cuando jugaba y lo sigue siendo. Salieron agresivos al segundo tiempo, como si se hubiesen dado cuenta de que España se lo estaba creyendo demasiado y cuando los nuestros quisieron reaccionar, el partido ya había empezado y era distinto.

Si España vive en el orden, en la perfecta alineación de las cosas, Francia decidió desordenarlas. Todos a correr, arriba y abajo. Xabi Alonso sufría de desorientación, todo se movía demasiado a su alrededor. El medio campo francés, laborioso a muerte, consciente de su falta de creatividad, se dedicó a soltarla rápido al hueco y aislar a Xavi del juego. Demasiado espacio entre todos, demasiados pases forzados, demasiados pases perdidos sin gente lo bastante junta para recuperar de inmediato y demasiado lejos de la portería propia. En estos momentos, los que abominamos del doblepivotismo pensamos, para adentro y en silencio, que quizás sea un mal menor.

Además, la lesión de Arbeloa provocó un incendio imprevisto en su banda que Francia aprovechó insidiosamente con la entrada al campo de Valbuena, que no paró de revolver auxiliando por allí a un Ribery  que amargó a Juanfran.  Arbeloa es otro mal menor: si juega en el Madrid y si juega en la selección es porque no hay nada que lo mejore. Arbeloa es una dosis de realismo y como tal toca aceptarla.

Con Torres sin superar a Iniesta (si éste estuvo poco fino y ausente como estaría el otro, extraño caso de jugador involucionado), y España en un lugar no previsto que ayudaría a construir el empate, el resultado final parecía solo evitable si el árbitro pitaba antes. Y no lo hizo.  Giroud, que había sustituido a un estupendo Benzemá, enseñó que todavía quedan panzers de área y aprovechó una mala defensa iniciada por Juanfran para meter el gol que Francia llevaba mereciendo medio partido.

La cosa se pone interesante. El grupo es corto y mediocre, así que quizás toque jugársela con Francia en uno de esos partidos para la historia. España ya ha escrito varios de esos.

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3 pensamientos en “Nada se acaba hasta que se acaba

  1. Pingback: El fantasma de las selecciones pasadas: España 1 – Francia 1 | ¡Balonero!

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