Rubén Paniceres

Esteban Maroto: entre brujas y espadas

La  nueva editorial EDT. Editora de Tebeos, continua rescatando obras clásicas de la historieta nacional. Uno de sus últimos lanzamientos es un álbum Espadas y Brujas que recopila tres historias de Esteban Maroto: Wolff; Dax el guerrero; y Korsar, las cuales recuperan el añejo sabor, un poco desfasado, pero aún con encanto, de la fantasía heroica de los años 70.

Wolf, Dax el guerrero -originariamente Manly– y Korsar, los tres héroes de la antología, en realidad son avatares del mismo personaje: un guerrero bárbaro en la estela del Conan de Robert E. Howard, cuyas peripecias se desenvuelven en un universo onírico, donde reina la pesadilla generada por el poder de la brujería y la magia negra. El agon o combate de dichos guerreros contra todo tipo de nigromantes, hechiceras, vampiros y legiones de criaturas de los más bizarros ultra-mundos se despliega como una gesta que puede que nunca tenga fin. El marco de las aventuras de los atléticos paladines de Maroto, no ostenta la viril simplicidad de los campeones de Robert Howard y sus epígonos. Wolff, Dax o Korsar, no pretenden conquistar un reino, apoderarse de un tesoro o imponer una fe determinada. La particular concepción ética del dibujante español no se sustenta en la victoria maniquea del Bien contra el Mal, sino en la tortuosa búsqueda de la identidad personal que persigue su arquetipo del héroe. Demanda no menos esforzada que la del Santo Grial y que no se resuelve de forma clara, sino aguijoneándose de manera casi infinita hacia un piélago de incógnitas.

El primer jalón de esa peculiar odisea es Wolf, publicado, alrededor de 1971 en la revista Drácula, editada por Burulan, y dirigida por Luis Gasca. En sólo 12 números, la publicación ofreció una de las propuestas más geniales de toda la historia del comic nacional. Presentando joyas de la corona como Enric Sio y su corrosiva Mis Miedos, pungente atestado sobre los demonios familiares de la cultura tardo franquista; Josep María Bea y su detective de lo sobrenatural, Sir Leo; sátiras pop como Agar Agar a cargo del dibujante Solsona Luis Gasca; turbadores cuentos a cargo de escritores como José Luis Garcí, Juan Tebar o Luis Vigil;  o esporádicas incursiones de un Carlos Giménez en estado de gracia, a las que habría que añadir la serie de Esteban Maroto.

Facturada en un registro similar al estilo Marvel patentado por Stan Lee y Jack Kirby, es decir, el grafista desarrollaba la historia y luego, sobre las páginas dibujadas, Luis Gasca -bajo el seudónimo de Sadko– escribía los diálogos y los textos apoyo. Recreación libre del mito de Orfeo y Euridice, en Wolf la trama basculaba del Omega, un inicio que es más  bien un final, asolado por la muerte y la destrucción, al Alfa, el desenlace, promesa de un nuevo principio inspirado en el Génesis bíblico. La historia presentaba una narrativa fragmentada, donde parece que se improvisaba  en cada entrega. Este resultado puede ser fruto de la falta de coordinación entre Gasca y Maroto. De hecho, el dibujante ha comentado en alguna ocasión que el primero introducía ideas y conceptos que no estaban presentes en el argumento original esbozado por Maroto.

A pesar de esto, aquí están delineadas las constantes  que se continuarán en las posteriores series. Una utilización de toda la página para construir ilustraciones de gran tamaño, repletas de un voluptuoso surrealismo. La apropiación de todo tipo de iconografías ajenas  reconvertidas y personalizadas con inesperados montajes en las viñetas, a las que se añadía un  vigoroso entintado, combinado con el empleo de tramas mecánicas y diversos efectos pop. Y sobre todo, una lírica glosa de la antítesis entre Eros y Tánatos. Tema éste que se repetirá en toda la obra de Esteban Maroto.

En Dax, se nos visualizarán escenas de la lucha de sexos con acentos de licantropía y otras variedades de erótica antropomórfica. Dax, al igual que Wolf, sobrellevará todo tipo de aventuras con diferentes personificaciones de esa esfinge con real enigma –Oscar Wilde estaba equivocado- que es la especie femenina. Brujas, adoradoras del diablo, patéticas bebedoras de sangre, inocentes victimas del fanatismo, alienígenas del espacio exterior, incluso mensajeras de La Parca; todas ellas serán la constatación para Dax de su inevitable soledad, condenado a una búsqueda sin fin, en la que el único consuelo es ser sabedor de  una única certeza. Su voz interior, que grita por encima del horror, la violencia y la hecatombe de un  universo regido por el caos,: “Yo soy”.

Dax, el guerrero es el segmento más conseguido del tríptico, Maroto reinventa/reinterpreta numerosos arquetipos de las mitologías y el folclore occidental. Sus paginas recogen a caracteres de las sagas nórdicas, a sirenas, filibusteros, nosferatus, cíclopes, dragones… incluyendo una poética recreación de la leyenda de San Jordi, tan significativa en la cultura catalana. Todo ello, igual que en Wolf, se adorna con alusiones a la ciencia-ficción, incorporando novedosas, para la época, citas lovecraftianas.

Aunque el elemento más fascinante es la confusión entre la realidad y el sueño. Tanto Dax , como los lectores, no tenemos muy claro que lo que contemplamos sea real, o una proyección onírica de nuestros deseos y temores más subterráneos ¿Acaso la obra de Esteban Moroto no es una salvaje ensoñación, en  la que el inconsciente freudiano o el animus y el anima jungiano parece hacernos un guiño? ¿No hemos tenido alguna vez el deseo de ser un guerrero apolíneo -los héroes de Maroto al igual que sus heroínas son  algunos de los más atractivos de la historia del comic- que se impone por la fuerza de su brazo a sus peores inseguridades? Sin embargo, al despertar, retornará el eterno cortejo con la angustia y la decepción cotidianas. Esa áspera verificación de nuestro desamparo en el cosmos, es llevada  a sus máximas consecuencias en Korsar, el tercer capitulo de la  recopilación.

Tanto Wolf como Dax eran obras de principios de los 70. Una época más cándida para  la narrativa dibujada facturada en España. Si en Europa, se imponía un comic de autor con epónimos representantes como Hugo Pratt, Guido Crepax, Dino Bataglia, Sergio Toppi, Jean Claude Forest, Druillett, Moebius , los cuales renovaban cuando no deconstruían el edificio de la narrativa más tradicional. En España, debido a cuestiones en las que se imbricaban tanto estructuras ideológicas como infraestructuras económicas, magníficos profesionales seguían produciendo un tipo de historieta un poco atemporal y un mucho convencional. Hay que tener en cuenta que los márgenes de expresión de los artistas nacionales se circunscribían  a publicaciones de sesgo juvenil como las editadas por Bruguera o la Editorial Valenciana, entre otras; o al campo de las agencias que ofertaban servicios a revistas extranjeras como las editadas por la británica Fleetway o la norteamericana Warren, que demandaban dibujantes competentes y rápidos que se limitaran a ilustrar historias de terror, ciencia-ficción, aventura, western o romance.

Estas historietas de Maroto, al igual que su excelente 5 por infinito (1968/69), eran productos híbridos, atrapados en una mecánica de historieta de entretenimiento, y al mismo tiempo un esbozo de una visión  personal. Maroto, cerró 5 por Infinito, con un mensaje cifrado, un aviso para navegantes, donde nos advertía del definitivo ocaso del fin infancia en la forma de contar historias. Korsar,obra , editada en España en los años 80 en la revista Cimoc, en unos tiempos de gran madurez de la historieta española, es un paso más en ese sentido. Al final de su  ordalía, poblada de los habituales  prodigios y terrores numinosos, probablemente más enloquecidos que nunca, Korsar comentará a su pareja que ya está cansado de vivir unas perpetuas  aventuras. La chica le dará una respuesta que es la de un público lector que sólo quiere que le cuenten la mismas historias, una y otra vez: «Las aventuras son siempre  las mismas. Tan solo las diferencia una cuestión de forma». Korsar, que en ese momento creo que habla por Maroto, afirma que puede que sea así, pero el tiempo de la ilusión ha finiquitado.

La ingenuidad en la historieta ha pasado- aunque aficionados e intelectuales la reivindiquen con fervor jihadista- y los héroes de Maroto, ya son conscientes de que han vivido un sueño, del que más tarde o más temprano, ellos y nosotros, debemos despertar y abrir los ojos al mundo que nos rodea. Al que no encontraremos demasiado agradable. Pero como dicen los jóvenes de hoy: “Esto es lo que hay”.

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