Jorge Alonso

Homeland, el oficio

 “¿Quién está peleando y por qué?”

Mick Jagger dirigiéndose al público en el festival de Altamont, Diciembre de 1969.

Homeland ha vuelto, ayer mismo Fox inició la emisión de la segunda temporada en España. Y yo estoy aquí con los dientes apretados, porque ya he visto los tres capítulos emitidos en EE.UU. y no quiero que se me escape nada. Porque mis temores eran infundados y se mantiene, de momento, el nivel. Porque Homeland es una serie tan bien escrita, interpretada y rodada que a veces me gustaría quedarme a vivir en ella. Cosa que probablemente ocurra.

Demos por supuesto que usted ha visto la primera temporada (en caso contrario póngase a ello ahora mismo. Venga ¿a qué está esperando?) Tengo delante de mí el guión del capítulo piloto. Lo he sacado del cajón en el que yacen otros, Casablanca, Blade Runner, Annie Hall… no le digo más. No he visto la serie madre israelí creada por Gideon Raff (Hatuffin –Prisioner of War– se llama), pero no creo que se pueda arrancar mejor. ¿Lo recuerda?

Comenzamos en una prisión iraquí, en Abril de 2009 y en seguida vemos en acción a Carrie, Carrie Anderson (Claire Daines), el reverso anguloso de esa otra Carrie televisiva aficionada a Los Manolos. Intenta conseguir información de Ibrahim Hasan, que acaba de ser condenado a muerte, y para ello debe sacarle de la cárcel, pero se antoja imposible, puede que el tal Ibrahim tenga información fiable sobre un ataque en suelo americano pero no es un santo. Ha hecho volar por los aires a 29 civiles en un mercado de Ramadi, como bien le recuerda a Carrie el pragmático David Estes (David Harewood), director de inteligencia de la C.I.A. Número de páginas del guión transcurridas: 2.

Ya sabemos cuál es la información de Hasan, un soldado americano capturado se ha pasado al otro bando. ¿Cuál es el otro bando? Es más ¿cuál es este bando? Como toda buena historia Homeland está llena de matices, pero sobre todo está construida con mimo, con oficio. ¿Cómo es Carrie? ¿Vive obsesionada con su trabajo? Más bien sí, y lo sabemos sin que nadie salga y diga “Carrie, hija, estás obsesionada con tu trabajo”. No, no, Alex Gansa, Howard Norton y el propio Gideon Raf, son guionistas serios. Sabemos de la obsesión de Anderson por el trabajo, de su vida un tanto bipolar (ejem), que le gusta el jazz y que tiene cierto problema de salud porque diez meses después de Bagdad recorremos su casa en silencio y vemos su mesa de trabajo, la pared con fotos, los cuadros de Miles Davis. Y ella llega (vestida de noche), se cambia rápidamente, usa unas toallitas higiénicas en lugar de la ducha, se lava los dientes automáticamente toma una pastilla azul, se viste de nuevo y coge el coche rumbo al cuartel de la C.I.A. donde rinde a la perfección. En este momento sabemos de ella por lo que hace, no por lo que dice de sí misma ni por lo que otros dicen sobre ella. Como debe ser.

¿Y qué sabemos del otro lado? ¿Qué sabemos de Nicholas Brody (Damian Lewis, el teniente Winters de Hermanos de Sangre)? Sabemos que acaban de sacarle de un agujero tras ocho años. Y sabemos que Carrie no se cree del todo su historia, y eso es suficiente para que nosotros vigilemos con detalle cada uno de sus gestos,  ¿por qué? Porque esta tía es  una profesional, lo hemos visto. Igual que veremos (atención, usted que no había visto la primera temporada, más vale que me haya hecho caso) a Brody rezar mirando a La Meca, y que no es capaz de hacer el amor con su mujer, quien ha mantenido una relación con el mejor amigo de Brody, compañero del cuerpo de marines, que está marcado por la tortura, que su hija es lista como el hambre y como va asumiendo su papel de héroe rumbo a lo más alto, mientras rumia su promesa de sangre. Y le veremos tener pesadillas, y gritar Isah en medio de la noche, y no sabremos a qué se refiere, hasta que los orfebres nos muestren su relación con el dulce e inocente hijo de Abu Nazir (David Negahban). Y veremos cómo Carrie sufre, y cómo pierde la confianza de su mentor, Saul Berenson (Mandi Patinkin, el Iñigo Montoya de La Princesa Prometida, amigos), quien también lleva una vida personal desgraciada por culpa, entre otras cosas de su dedicación al trabajo.

Y en la segunda temporada seguiremos viendo, también escuchando, pero sobre todo viendo. Y cambiaremos de idea, y puede que hasta de bando si es que aún nos queda alguno en un mundo que carece de absolutos. Y querremos que llegue el lunes, si es de los de internet, o el jueves, si es de los de tele. Y ¿sabe qué? Veremos.

Veremos.

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