Pablo García Guerrero

El arte de birlibirloque. Sporting 2, Almería 1

En El Molinón vimos ayer cosas impensables en los últimos tiempos. De la noche a la mañana, así, plis plas, con un chasquido de dedos. Por arte de birlibirloque, diría José Bergamín: la esencia del toreo, la magia negra del pase de pecho y el secreto milenario de la estocada final. Y hacerlo bello.

Por arte de birlibirloque, el Sporting de Sandoval ofreció melodías inauditas a la vera del Piles: tres delanteros, estrategia en los córners, el balón jugado desde la defensa, Mandi a lo Busquets, Nacho Cases buscando el hueco, movimiento constante de los cuatro de arriba, Trejo libre y ambicioso. Ambicioso el Sporting, ofensivo y orgulloso.

Pero hubo mucho más. A la entrada se repartieron pasquines de «Fernández vete ya», por primera vez: un breve repaso a la trayectoria del máximo accionista (que habla por sí solo) y declaraciones de presidente y consejeros que avergüenza leer por más que conozcamos casi de memoria: la de Pepín de que «Diego Castro no es Di Stéfano» o la de Antonio Veiga de que «En Primera podemos liquidar la deuda en tres años» hacen sangrar los oídos, la vista y hasta las negras uñas de los pies sin cortar. La afición se mueve, y sabe dónde está el mal.

Ya dentro, a Grégory, en este «fútbol moderno» de sacar el balón jugado desde la defensa, se le atragantaron un par de pases, que dieron lugar a ocasiones del rival. Se le silbó un poco la primera y más la segunda. Pero la tercera vez que se vio en las mismas, con el balón en los pies, levantando la cabeza y sin armar su ciclópeo muslo para enviarla al Piles, la grada, la Este, le aplaudió. Antes de que diera el pase. Le aplaudió en la tercera, y en la cuarta, y le animó en todo el partido. Cuanto terminó, Grégory se quitó la camiseta y se la dio a los aficionados de la grada Este. De ahí el error de Cuéllar en Copa de encararse con la grada: la grada mataría por ti, Iván, y puede que un día lo haga, pero dales algo antes, dales sinceridad, dales voluntad, dales esfuerzo. Y, después, no estaría mal si les dieras también la camiseta, muches gracies.

Cuando Bilic marcó, se señaló el pecho, reivindicándose. Más tarde recibió un golpe en el área, y salió por la línea de fondo a que le atendieran. Se le cantó «Mate, Mate, Bilic, Bilic» por primera vez, creo, desde el año que subimos. Leo luego en el Facebook «De Bilic a muerte»: me gusta.

Más. Lesionado, Nacho Cases se fue del campo viendo cómo El Molinón entero se ponía en pie para despedirlo. ¿Quién fue el último? ¿Diego Castro, quizá? ¿Juanele? ¿Molinucu?

Otro detalle. Cuando marcó el Almería (muy buen equipo), tras un breve silencio para asimilarlo, la afición aplaudió. No silbó, ni siquiera siguió callada más tiempo, asumiendo lo inevitable. Aplaudió, y aplaudía aún cuando el Sporting ya había sacado de centro. Y siguió animando, porque había visto algo, magia, la esencia del toreo y del fútbol, el valor, la enfermería o la puerta grande que decía Sandoval en su presentación, un orden y un objetivo, un peligro y una estética. Algo inaudito. Algo bello. Algo, en fin, que conecta con la profundidad de lo que suponen las rayas blancas y rojas de la camiseta: ganar, por encima de todo, matar al toro o por él ser muerto. Y hacerlo bello.

El Sporting no es un equipo pequeño por su presupuesto o por su vacía sala de trofeos: es un equipo pequeño por la voluntad de sus dirigentes, por la incapacidad de sus técnicos o de sus jugadores, por la mala suerte histórica, por culpa del Madrid o de Rodado Rodríguez (we will never forget). Pero tiene un espíritu de grandeza (delirios si quieres, amor), que se ve en la respuesta de su afición, en la insaciable sed de triunfo y orejas y rabos que está detrás de los pitos y los aplausos y los folletos de «Fernández vete ya».

Queremos ganar, queremos matar, queremos volver a casa embadurnados de la sangre del último Miura, recorrer España entera, de Alcorcón a Gerona, de Córdoba a Lugo, acabando con los últimos representantes de su fauna, subir a Primera y aniquilarlos a todos, dejar un rastro rojiblanco a nuestro paso y que nos saquen en la tele y ser portada del Marca digital, y mirar a Europa y afilar la espada, planchar la muleta, meterse en la furgoneta con los banderilleros y recuperar lo que es nuestro, lo único que nos hace latir, como ayer: ganar y matar. Y hacerlo bello.

Y que se vaya Fernández.

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2 pensamientos en “El arte de birlibirloque. Sporting 2, Almería 1

  1. Pepín ye el cancer del Sporting…

    Digotelo yo que desde que salió en aquella famosa cámara oculta no pago el recibu por dignidad.

    Brillantes crónicas.

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