Adrián Sánchez Esbilla

Los macizos sí la saben meter. Lo último de Soderbergh

Hay una gran parte, una parte esencial, del cine norteamericano del Nuevo Hollywood de la gloriosa y demencial década de los 70 que se constituía sobre el seguimiento espontáneo de una personalidad en un momento de cambio y conflicto. No eran películas exactamente narrativas, (si muy cinéticas) aunque cuenten una historia (llena de digresiones), sino estudios de caracteres; relatos interiores y construcciones ambientales adscritos a una serie de retazos de una vida.  De Mi vida es mi vida (Five Easy Pieces,1970, Bob Rafelson) a Fingers (James Toback, 1978), pasando por Alicia ya no vive aquí (Alice doesn’t live here anymore, Martin Scorsese, 1974)  son seguimientos de personalidades en constante movimiento sin ir a sitio alguno.

Como Mike Lane, Mike el Mágico, con su idioma kinestésico sobre la pasarela de un club de striptease de Tampa, atrapado de pronto entre la imagen de lo que fue y ya no es, el joven Adam al cual toma como protegido, y lo que va camino de ser y no quiere, el veterano Dallas, promotor, stripper y empresario de si mismo. Atrapado también entre continuar lo mismo pero más grande, trasladándose a  Miami o parar y decir ser quien dice que es y no quien hace que es. ¿Quiere ser Mike? Eso es todo el argumento del film. Y es un mundo.

Magic Mike (Steven Soderbergh, 2012), desde su logo retro de la Warner, parece una cinta perdida de las afueras del Nuevo Hollywood, la versión soderberghizada de algún material desechado por Hal Ashby, Rafelson o Robert Altman. Un retablo impresionista, de luz melocotón, intimidad y actuaciones naturalistas, facilitado por el intrusismo de los sistemas digitales que son, al tiempo y paradójicamente, los que evocan de forma más efectiva que cualquier reproducción minuciosa de la fotografía la distintiva textura y la espontaneidad  de, por ejemplo, Shampoo, un comedia dirigida en 1975 por Ashby con Warren Beatty interpretando a un irresistible peluquero de señoras que se ve envuelto en la campaña de un político, o la entrañable El último deber (The Last Detail, 1973), una de las mejores obras del cineasta.

Ese tributo a una manera de concebir el cine está dedicado  a Ashby en especial, quizás uno de los directores más injustamente olvidados del cine USA de aquella época, pero también notoriamente a Robert Altman –lo cual la emparenta por persona interpuesta y da forma muy vaga con la magistral Boogie Nights (1997) de Paul Thomas Anderson, otro hijo extraviado del Nuevo Hollywood. Y es que, a la vista del partido que Soderbergh extrae del limitado talento de su reparto, sin duda hay un trabajo previo y una dirección de actores excepcional.  En cada secuencia se mantiene un tono espontáneo, verista, que da la impresión de que no hay actuación, sino pura realidad.

Pero esto no quiere decir que se trate de una película que se limite a la mimetización de unas formas extintas, como lo era El buen alemán (The Good German, 2006), posmodernidad de manual por el método de explicitar en el presente lo que era implícito en el pasado. Tampoco se trata exactamente de modernizar materiales reproduciendo un particular estado de ánimo, como en su simpático tríptico a partir de Ocean’s Eleven. Más bien Magic Mike intenta, a ratos lo consigue de manera admirable, evocar un espíritu de la manera en la cual lo hacía en otra de sus mejores películas, El halcón ingles (The Limey, 1996).

Magic Mike, pese a su comercialidad no es una película comercial; mejor dicho, no es comercialoide. No está hecha pensando en el mayor número de público posible. Porque no tiene una historia definida (repito que es un estudio de caracteres), con lo cual la historia es la evolución del protagonista durante el arco que dura la película. Tampoco es una comedia, ni es un drama. No es una denuncia de un submundo sórdido, pero su ingenuidad se ennegrece por momentos. No es una espectacularización de lo soez como el Showgirls (1995) de Paul Verhoeven, pero reconoce y testimonia lo cutre y el mal gusto. Es una versión light de la realidad pero no una realidad adulterada por el melodramatismo o la humorada. Parece ligera, pero está minada de acres acotaciones sobre la América de hoy que van de la mercantilización grosera a la plastificación de lo sexual, pasando por el agotamiento del sistema.

Quizás Magic Mike tenga que pegarse contra algunos prejuicios, pero si se la mira de frente se verá un película viva, llena de detalles de observación, sin miedo a la vulgaridad de personajes y lugares. Lo bastante alejada de lo que la publicidad vende y que llega hasta donde puede para continuar siendo un show vendible porque éstos no son ya los 70 y aquí Soderbergh se limita a mirar y capturar un paisaje (sólo la superficie, es cierto), pero la película resulta lo bastante cristalina como para dejar intuir lo que hay debajo, y no es precisamente inofensivo. Ésta es la mayor diferencia de Magic Mike con respecto al cine, y al Hollywood, que evoca: aquel podía mirar directamente bajo la superficie de las cosas.

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2 pensamientos en “Los macizos sí la saben meter. Lo último de Soderbergh

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