Pablo Batalla Cueto

Por qué Weimar: presagio y tragedia de Eric D. Weitz

La Alemania de Weimar está en el aire. Señales de peligro con la W de Weimar grabada en el interior del triángulo rojo están dispuestas aquí y allá, visibles para quien sepa verlas. Eric D. Weitz, catedrático de historia en la universidad de Minnesota, las ha visto, y ha sabido aprovechar el momento publicando La Alemania de Weimar, presagio y tragedia, «excelente libro espléndidamente ilustrado y probablemente la mejor introducción sobre el mundo de Weimar» en palabras de Eric Hobsbawm, que no es precisamente cualquier mindundi. En historia como en todas las ciencias, también hay modas y momentos. Los libros de historia suelen publicarse o bien a golpe de aniversario, colgando las obras de la percha ofrecida por el centenario o el milenario de un acontecimento ilustre; o bien cuando, como en este caso, aun sin aniversario, las partículas odoríferas de tal acontecimiento invaden silenciosa, penetrantemente el aire, como cuando huele a goma quemada o a basura, y el mundo reclama saber de dónde procede la pestilencia para saber dónde debe colocar el cordón sanitario.

Hoy huele a Weimar.

Según una encuesta reciente, Amanecer Dorado, el partido de orientación neonazi que en las últimas elecciones griegas obtuvo alrededor de un 7% de los votos y dieciocho diputados en el parlamento heleno, duplicaría, de convocarse nuevas elecciones hoy, los sufragios recibidos y se convertiría, con un 15%, en la tercera fuerza política de aquel país.

Amanecer Dorado no es un lobo con piel de cordero. Su líder, un retaco con cara de cerdito hucha que responde al nombre de Nikoláos Mijaloliakos, no es uno de esos hábiles reposteros de la política, capaces de esconder los más mortíferos venenos dictatoriales en apetitosos pasteles democráticos, que casi todas las democracias que en el mundo han sido conocen bien. Mijaloliakos no es un rostro amable, sino todo lo contrario. Si algo bueno puede decirse de Nikolaos Mijaloliakos es que no engaña ni pretende engañar a nadie. Que no es un vendemotos. Todas las fotografías que de él publican los medios lo muestran con la boca muy abierta, un fulgor relampaguino y muyahidinesco en los ojos y un par de camiones de ocho ejes custodiando sus espaldas con los brazos todo bíceps cruzados. Sus discursos brutales, toscos, megalíticos, saben siempre a valla electrificada, a mina antipersona y a gas de cámara.

Sin embargo, los griegos, asegura el sondeo, aun conociendo ya perfectamente las querencias y apetencias del Führercillo ateniense, aun habiendo visto en televisión aquella escena terrible de los periodistas levantándose solícitos ante el líder cuando los camiones se lo ordenan, aun careciendo ya de aquella excusa de patente germanopolaca tipo «nosotros no sabíamos nada» balbuceado, aun así, digo, están más que dispuestos a engrosarle a Mijaloliakos el pedestal de votos sobre el que se ha ido elevando sin prisa pero sin pausa.

Mientras la democracia griega trastabilla sobre la delgadísima cuerda floja que es el caminito delimitado por la Troika, los mamporreros de Amanecer Dorado saben qué responder a las preguntas de qué queremos, cuándo lo queremos, cómo lo queremos, por qué lo queremos. Tienen una respuesta a una pregunta retórica: qué será de nosotros. Una respuesta colosalmente sangrienta, pero una respuesta al fin y al cabo; otros no son capaces de elaborarla. Amanecer Dorado sirve a los griegos arrojados por la crisis a los brazos de la miseria esa respuesta desleída en los platos de arroz populista que regalan a los habitantes de los barrios pobres de Atenas; o, a modo de bicarbonato, a aquéllos a los que de pronto carcomen los ardores estomacales de la xenofobia que tal vez antes no sufrieran. La policía, dicen, está conchabada con ellos, y redirige a los denunciantes cuyas reclamaciones involucran inmigrantes a la justicia paralela de las milicias neonazis.

Quieran los dioses que sí lo tenga, pero Grecia ya no tiene remedio, o lo tiene cada vez menos. El cáncer ya está cómodamente instalado en su organismo enfermo. El venerable proverbio de que más vale prevenir que curar no fue rigurosamente observado, y ahora ya no hay vacuna que valga. Amanecer Dorado podrá ser ilegalizado: eso no hará más que darle alas. Podrá ser ninguneado dentro de un cordón sanitario: eso no hará más que darle alas. Podrá ser respetado en aras de quién sabe qué timoratos y mal entendidos principios democráticos, o de la creencia de que no hay mayor desprecio que no hacer aprecio: eso no hará más que darle alas.

Lo triste de todo esto es que si los griegos hubiesen leído La Alemania de Weimar: promesa y tragedia, tal vez se hubieran dado cuenta de que todo aquello —la boca muy abierta, los ojos relampaguinos, el arroz, la respuesta— ya sucedió antes, y hoy no estaríamos hablando de Amanecer Dorado. Si se lo hubiesen leído, hubiesen descubierto o recordado, con profusión de ilustraciones y de testimonios directos de la época y un regusto literario y novelesco como sólo saben dárselo a sus obras los historiadores estadounidenses, que Weimar fue mucho más que el ascenso del nazismo. Que fue la Bauhaus, El gabinete del doctor Caligari, la ópera de cuatro cuartos de Brecht y Weill, La montaña mágica de Mann, las fotografías de Laszlo Moholy-Nagy, los collages dadaístas de Hannah Höch, la filosofía de Heidegger y Kracauer, la liberación sexual, las primeras palabras del hermoso bebé que era el Estado del bienestar; pero que, sin embargo, de aquellos polvos de vibrante esplendor cultural y alegría de vivir, mezclados con el agua ponzoñosa del ahogamiento económico, surgió el lodo Hitler.

Grecia no está tan lejos. Piénselo.

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