Pablo Batalla Cueto

«A la cultura hay que tratarla en primer lugar como cultura y luego como industria». Entrevista a Juan Carlos Gea

Para Juan Carlos Gea Martín, albaceteño del 64 de nacimiento y culomoyáu del 93 de adopción, la rigurosa observancia de la siesta vespertina es un mandamiento sagrado. En consecuencia, nos citamos por la mañana, en la cafetería del Casino de Gijón, a las once. Gea llega puntual a la cita, ataviado con una americana gris y parapetado detrás de unas gafas de sol. Pide un café americano. Gea, poeta, escritor, columnista, crítico de profesión y de espíritu, amante de la cultura pop, es, entre otras cosas, uno de los  fundidores fundadores de la Fundición Príncipe de Astucias, plataforma de creación artística impulsada por «veintiocho asturianos díscolos, inconformistas, informales, rebeldes, contestatarios, desobedientes, indisciplinados, revoltosos, enredadores y hasta podríamos afirmar que antisistema», que ha alcanzado cierta fama nacional de resultas del secuestro de uno de los dominios que había registrado en Internet a causa del parecido con el nombre de la auténtica Fundación Príncipe de Asturias. Mañana entregan sus propios premios Príncipe en Oviedo. Para hacerse una idea de por dónde van los tiros, baste con saber que Santiago Calatrava, Ana Botella, UPyD e Iñaki Urdangarín son algunos de los premiados. Gea es, también, coordinador de El Cuaderno (http://elcuadernoculturaldelavoz.blogspot.com.es/), revista  que nació en el 2011 como separata cultural del desaparecido diario La Voz de Asturias y que, tras el cierre del periódico, continuó su andadura como publicación independiente. No le gusta figurar, me dice, pero por darle algo de publicidad al proyecto, que ahora inicia su segunda etapa después de un largo parón veraniego, está dispuesto a ducharse, afeitarse, componerse e incluso salir de la madriguera. Pero esto es sólo un pretexto, una percha. ¿Existe la alta y la baja cultura? ¿Qué le parece a Gea lo sucedido con el Centro Niemeyer y con el Festival de Cine de Gijón? ¿Cómo ve el futuro del periodismo y de la industria editorial? Gea responde a todas las preguntas con sinceridad y humildad desde el pedestal de una vasta y promiscua cultura en la que caben Mortadelo y Filemón tanto como Stendhal. La conversación dura dos horas.

 

-¿Qué tal va la Fundición?

-Estamos en nuestra semana grande (risas). Tenemos ahora el día 25 la ceremonia de entrega de los premios. Se está preparando un buen tinglado… La entrega es el 25 por la noche en Malayerba, en Oviedo. La verdad es que ha sido una iniciativa que ha surgido de la manera más fiable y más sólida posible, que es la pura espontaneidad. Nos pusimos en contacto una serie de personas que teníamos el hábito de vernos y de colgar cada uno nuestras respectivas pijadas en Facebook, y bueno, la iniciativa de alguno de ellos consiguió cuajar algo y consiguió que nos sentáramos una tarde a tomar unas cervezas. La verdad es que es sorprendente lo bien que ha funcionado, lo cual habla bien, supongo, de que, a pesar clima general y de las hostias que estamos llevando, se mantiene la capacidad para el descojone y la sátira. Para hacerla y para recibirla.

-Vuestra Fundición, la revista Mongolia, El Mundo Today… En este tiempo de crisis en todos los órdenes, el humor parece salirse de la norma general y vivir una época de esplendor. ¿Compartes la apreciación? ¿Por qué? ¿Es el humor un bálsamo o un arma? ¿Un calmante o un agitador?

-Yo creo que las dos cosas, dependiendo de cómo se utilice. Es un específico. Depende de cómo lo bebas, de cómo lo administres, de cómo lo mezcles… Pero la base siempre es interesante porque es la subversión o la torsión de la realidad. La capacidad de distanciarte de lo que tienes delante de las narices y estás padeciendo, y de manipularlo con imaginación, buscándole vueltas, buscándole la parte ambigua, la parte doble, la parte que no ves habitualmente. A mí me consuela muchísimo ver de qué manera se produce el género en este país. Es alucinante la rapidez con que la gente responde a esos estímulos. Eso significa, primero, que la peña está atenta, es decir, que hay una permanente conexión con la realidad. Y segundo, que la gente es capaz de construir rápidamente una respuesta, lo cual implica un criterio, e implica además una capacidad de interpretar y de remover la realidad. Es justo lo contrario del otro fenómeno que también está en las redes, que a mí me pone los pelos de punta: la trollificación de la Red, la sobreabundancia de opiniones y de opinantes que no son opinantes, sino que son bramantes, gente que ruge, que ladra… El humor, como respuesta incluso a eso, me parece un fenómeno muy gratificante, porque el humor siempre ha sido una de las formas de estar en el mundo que mejor entiendo, que más forma parte de mi vida y de la gente que conozco. Y es también un síntoma de inteligencia general, de capacidad de reacción ante cosas que no gustan.

¿No nos tomamos nada en serio en este país?

-Yo creo que sí, que a veces nos tomamos las cosas incluso demasiado en serio. No me parece que el espñaol, o lo que cabe en la península ibérica o en la cultura ibérica —uno tiene tantas cautelas que ya no sé ni cómo llamarlo—, no me parece, digo, que seamos un país con un sentido del humor particularmente agudo. No creo que forme parte de la lista de atributos de la personalidad colectiva. Sí que hay una veta de humor absurdo, disparatado o bronco, de Quevedo para acá, o de la picaresca para acá. Eso es tremendamente español, tremendamente de aquí. Lo que pasa es que el acceso a los medios aguza el volumen de información conocido, la conciencia… Hay una serie de influencias que para mi generación y las posteriores han pesado mucho y que no son precisamente patrias. Monty Python, por ejemplo, a mí me parece un ingrediente básico en la cultura popular de las últimas cuatro décadas. Yo creo que cualquiera que haya pasado por ellos, y por toda la escuela que vino detrás de ellos, y los haya disfrutado, ha descubierto un humor de ataque de la realidad. Pero, volviendo al principio, creo que en este país tendemos a ser demasiado solemnes, demasiado serios, en el fondo.

Tremendistas…

-Bueno, aparte de eso. La vena tremendista puede ser divertida si se toca bien. Quevedo seguramente sea la mejor prueba. Fallamos en el momento clave de la aplicación del humor, que es cuando tenemos que mirarnos a nosotros mismos y aplicarnos la sosa cáustica. Ahí es donde fallamos. Tendemos, como te digo, a ser demasiado serios, demasiado solemnes.

¿Y qué es El Cuaderno? ¿Es algo más que una mera revista cultural?

-Nos gusta pensar a los que lo hacemos que, aparte de ser una revista, con su formato revista y su periodicidad revista, y su concepto revista como idea de fondo, es también una especie de…, no sé cómo decirlo…, de depósito, de catalizador, de máquina de poner en marcha cosas. A nosotros hace un año, cuando lo presentamos, una cosa que la noche de la presentación nos dijeron mucho, aparte de que aliviaba ver que en un momento en que la cultura va en repliegue aparece algo nuevo, balsámico, terapéutico, algo que se movía a la contra; aparte de eso, digo, yo percibí mucho a la gente con ganas de que hubiera algún tipo de incitación o de mecanismo que generase actividad. Nuestra política, desde el principio, más que programar o planificar o encargar textos, en la medida de lo posible, es abrir al máximo el número de colaboradores. De hecho, creo que es un objetivo que hemos conseguido. Se ha sumado muchísima gente, por otra parte con mucha generosidad, dado que desde el cierre de La Voz de Asturias está la cosa fea para pagar colaboraciones. Y también ha habido una apertura en la recepción del material. Muchas veces nos hemos sorprendido, yo, o Jaime [Priede], o Álvaro [Díaz Huici], cuando alguien desde la otra punta de España, al tener noticia de El Cuaderno, nos ha mandado rápidamente una colaboración. Esta misma semana nos ha llegado desde Argentina una de Carlos Ardohain, un texto sobre Magritte. Espontáneamente. Evidentemente, también hay un mecanismo más convencional, cuando vemos un acontecimiento en lontananza y vamos programando con cierta antelación y recabando cosas, pero yo creo que el principio de apertura y de flexibilidad, que era la gran novedad del planteamiento y el gran reto que nos pusimos al principio, ha funcionado muy bien, sigue funcionando muy bien. Entonces, por una parte sí es revista, pero, por otra parte, ya te digo, me gusta pensar más en términos de catalizador, de artefacto o de pretexto incluso, para que la gente haga, y cree, y aporte.

– ¿Y políticamente?

-Políticamente, bueno, está clara la posición desde el primer número, desde el primer editorial; luego ha habido números también muy claros, pero la posición general o la palabra que hemos repetido desde el primer momento es la de resistencia. Habría que entenderlo en un sentido muy amplio…

– ¿Más resistencia que ataque?

-En un primer momento por lo menos sí, porque hay veces en que la propia existencia ya es una forma de resistencia y una forma de ataque. El mero hecho de estar, de resistir, ya significa oponer, oponer una fuerza a otra fuerza, oponer algún tipo de dificultad a lo que, si no, habría ocurrido de otra manera, pero yo creo que en cuanto a ataque sí que hubo dos o tres números muy claros. El de las últimas elecciones generales [en la imagen de la izquierda], por ejemplo, fue un número inequívocamente posicionado. Desde luego no militante en el sentido tradicional, no de partido, no de tendencia en el sentido político ni en el estético, pero sí en el sentido ético. Me parece que queda claro que además hay una independencia absoluta, primero respecto a los mecanismos habituales en muchas de estas publicaciones vinculadas de una manera un tanto sospechosa a grandes editoriales. Y, bueno, yo creo que también hay una afinidad: evidentemente no hemos recibido todavía ningún ensayo sobre, qué se yo, sobre un libro donde se ensalce la actual política del Gobierno o las políticas neoliberales.

-Pero, ¿aceptaríais esa clase de colaboraciones si las recibieseis?

-Pues depende. Depende del enfoque. No nos cerramos. ¿Por qué no? ¿Por qué no íbamos a aceptarlo? Lo que nos interesa es el debate, la reflexión y la crítica. Evidentemente, yo me siento mucho más cómodo remando en una determinada dirección, pero yo creo que no habría ningún problema. Sobre todo por el tono. Yo por ejemplo era lector habitual, hasta que tristemente desapareció hace un año y pico, de Revista de libros, que siempre me pareció una revista muy puesta en un determinado sector del arco ideológico, liberal, no liberal ultramontano, pero sí, en fin, claramente liberal, pero que me parecía en muchísimos sentidos ejemplar. Yo admiraba de ellos la profundidad de los análisis y el rigor de las lecturas. No, no habría problema. De todas maneras, no creo que vaya a pasar mañana, ¿eh? (risas).

-¿A qué se enfrenta El Cuaderno en esta nueva etapa? ¿Qué va a cambiar aparte del número de páginas y la periodicidad quincenal en vez de semanal?

-Bueno, en primer lugar, evidentemente, se enfrenta a la tarea diaria de supervivencia, que es el reto número uno, acabar el número siguiente. En cuanto a los cambios, por un lado está el mero hecho de la paginación, que ya introduce posibilidades que cuando estábamos circunscritos a la limitación de páginas y al periódico, a la periodicidad semanal, no podíamos permitirnos. Ahora tenemos un poquito más de tiempo y más páginas. Eso me imagino que va a redundar en una mayor amplitud de tratamiento de determinados temas; o sea, lo que al principio eran dosieres van a quedar integrados y van a ser más habituales. Un poco lo que hemos hecho en el número anterior, en el 36, con lo de Roth. Y luego, por otra parte, está el proyecto que anunciamos en el editorial del número de reaparición, de colaboración con eldiario.es, que también plantea un doble o múltiple registro. Ya no sólo estamos, aunque nunca lo hemos estado, centrados en Asturias; pero bueno, el hecho de que vayamos a colaborar con ellos y a estar vinculados a una plataforma que tiene una cobertura inmediatamente nacional también obliga a cambiar un poco la perspectiva. No quiere decir que vayamos a perder la atención hacia Asturias, todo lo contrario: de hecho, la tónica va a ser la del primer número: estar atentos hacia la programación asturiana o hacia la cultura asturiana para darle un tratamiento que no sea el que habitualmente recibe en la prensa diaria. Que no tiene nada de malo, sino que está mucho más circunscrito al momento, a la prisa del día y demás. Yo creo que un buen ejemplo sería lo que hemos hecho con Roth en el número anterior. Hacer algo que está delante, que es un tema de actualidad, que no nos interesa particularmente por otra parte como tal premio Príncipe de Asturias o como tal efeméride, pero que es una ocasión que está delante y a la que se puede buscar una vuelta. Para llevarlo a nuestro terreno, digamos. Sin llegar a hablar de Roth y hacer una semblanza de Roth y repasar la vida de Roth o montar una conversación telefónica con Roth, pues coger a cuatro rothianos y ponerlos a dar una vuelta no a Roth sino a Zuckerman.

-La excusa, ¿no? La percha…

-Exactamente: buscar un buen pretexto de la actualidad, o de lo que puede pasar con las programaciones que vaya habiendo. No renunciamos a ese elemento local, que además estaría muy bien poder proyectar hacia afuera a través de eldiario.es. Sería una forma, también, de cumplir los compromisos que nos marcamos con la cultura de aquí, con la cultura asturiana. Por otra parte, el espíritu, aparte de esos dos elementos, el volumen y la colaboración con eldiario.es, va a ser el mismo. Seguimos con la perspectiva de ir ampliando en la medida de lo posible, con la flexibilidad, la receptividad, con cuidar mucho el elemento creativo. Que incluso las reseñas sean algo más que reseñas, no meras revistas; que haya un elemento de placer literario a quien lo hace y a quien lo lee. Pero también a quien lo hace. Es importante. Esta semana o la semana pasada hablaba con algún colaborador que me decía: no sé si voy a poder mandarte no sé qué tema de actualidad. Pues yo decía: mira, prefiero que esté para el número siguiente, y que lo hagas a gusto, y que disfrutes haciéndolo, lo cual significará que nosotros disfrutaremos más leyéndolo, que ceñirnos al compromiso estricto con la actualidad, el cual creemos que está cubierto y bien cubierto por la prensa diaria. Da lo mismo, nos importa poco que sea dentro de dos semanas, que haya pasado el asunto caliente; lo importante es que esté bien tratado y en profundidad y con un elemento de gozo que es el que impregna todo El Cuaderno, que hemos procurado que impregne todo El Cuaderno, desde el aspecto gráfico, hasta la lectura y los detalles mínimos. Es una publicación muy disfrutable.

-Te voy a preguntar por una serie de cuestiones de actualidad cultural asturiana. ¿Qué nos puedes decir acerca del cierre de los centros culturales de Cajastur, en general, y del Palacio Revillagigedo, en particular?

-Bueno, pues que es… La palabra exacta habría que buscarla con cuidado, pero podría llegar a hablarse de traición. Traición a los principios estatutarios de una entidad que se supone que es una caja de ahorros, y traición a los compromisos que tiene con la sociedad y con el territorio sobre el que se asienta (y que la sustenta). Es algo muy lamentable, en fin. Es verdad que la programación en los últimos años había decaído notablemente con respecto a los primeros años, a la primera década, y que los centros culturales tenían una programación muy secundaria a veces. Había cosas de interés, pero sobre todo en los centros más periféricos daba la impresión de que había una gran dejación. Pero ya te digo, la palabra sería traición, y decepción, y desde luego un hueco importantísimo en un momento en que es absolutamente necesario que alguien mantenga unos ciertos mínimos. Esto, a veces se nos olvida, ha costado muchísimo conseguirlo, y es muy fácil desmantelarlo, y sobre todo es muy difícil recuperarlo. Eso sí que me parece verdaderamente fatigoso. Cuando tienes conciencia, como la tiene la gente de mi edad, que vivimos en los últimos sesenta y los primeros setenta la trabajosísima construcción de una serie de circuitos culturales mínimos, que al principio fueron muy precarios y tímidos, y que hemos acabado viviendo esta inflación absurda del arte de los últimos años, que es casi tan dañina como la ausencia del principio… Somos, digo, las personas de esta generación, muy conscientes de lo trabajoso que fue. Y eran circunstancias en las que se contaba con un elemento que ahora mismo está completamente ausente, que es el entusiasmo. En aquel momento nuestra voluntariosidad podía suplir la falta de recursos, la falta de experiencia, la falta de capacidad de planificación. Ahora mismo es que ni siquiera tendríamos ese entusiasmo. Yo por lo menos no lo veo por ningún lado.

-¿La escena del principio de Volver a empezar, ese Gijón gris, sucio, feo, en el que aparece el Palacio Revillagigedo ennegrecido y abandonado, es el futuro además del pasado de esta ciudad?

-Terrorífico, pero lo he pensado más de una vez. Yo vine aquí por primera vez en el 87, yo conocí un Gijón muy distinto a éste. Era ese Gijón, el Gijón de la secuencia inicial, que es de lo poco que salvo de esa película, esa especie de travelling circular. Una ciudad que no tiene mucho que ver con lo que vemos ahora. Pero sí, puede ser el futuro. Es más, temo que a medio plazo lo sea mucho más de lo que nos tememos. Y no es por ponerme pesimista, no es que me pille bajo de tono, es que creo sinceramente que no enfocarlo de esa manera… Es que puede ser incluso peor en cierto sentido. Y no depende directamente de lo que pase aquí en Gijón: hay elementos de gran rango, de escala general, que van a obrar y van a obrar a lo grande en las próximas décadas y que hay que tomarse muy en serio. Y no sólo tendencias macroeconómicas, o microeconómicas, o convulsiones sociales, o situaciones que habíamos pensado que no iban a producirse. Es que cualquiera que pierda de vista el elemento medioambiental, y no necesariamente desde un punto de vista ecologista militante, cualquiera que pierda de vista eso está errando mucho en la visión que se da del futuro. Y desde luego, claro, el impacto que va a tener este tipo de cosas va a ser muy negativo. Entonces no sé, no… Ojalá paremos en la toma de Volver a empezar (risas).

-Un profesor mío hablaba de la época de bonanza económica como la época en la que toda capital de provincia quería tener su museo de arte contemporáneo y toda capital de comarca quería tener su museo etnográfico. ¿Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades en el ámbito de la cultura?

-Yo creo que hemos sido enormemente… Bueno, hemos. Me cuesta utilizar ese plural porque hay cosas que incluso con la mejor de las voluntades nos ha costado apoyar, nos ha costado comulgar con ellas. Pero yo creo que lo que ha habido es una gran frivolidad, una enorme improvisación, una perversión de tipo estrictamente político por hacer ese tipo de gastos suntuarios. Yo creo que la palabra, de hecho, es faraónicos. Creo que ha habido una especie de gran insensatez, una enorme frivolidad. Creo que se ha errado completamente en la calibración de las circunstancias reales, de las necesidades reales, y forma parte también de la regla general que se da en este país, una dolencia extraña que tiene históricamente sus raíces. La competitividad entre territorios de una manera un poco enfermiza, la envidia…

-Y ni siquiera nacionalista sólo, ¿no? Sino simplemente pueblerina.

-No no, qué va. Exactamente. Una cosa puramente de aldeanismo de campanario. Sobre todo ha habido un desnivel brutal entre, por una parte, las demandas reales y el volumen de la respuesta, y, por otra parte, la planificación y el instrumento para ejecutarla. El caso patológico del contenedor sin contenido, el contenedor vacío, el edificio sin programación, el proyecto polivalente que se puede instalar aquí o se puede instalar allí, con una firma de relumbrón, y que ya veremos luego cómo vamos a funcionar. Ha habido una enorme irresponsabilidad, y me imagino que se nos llenará el país, se está llenando ya, de edificios vacíos. Igual que está lleno de viviendas vacías, o de aeropuertos vacíos, está lleno de equipamientos vacíos. Es una especie de escenario para una cultura zombie.

-¿Sólo pasa en España eso?

-Pues no lo sé; que yo tenga noticia, por lo menos a esta escala… Yo es que fuera tampoco conozco mucho, pero desde luego lo que he visto en Centroeuropa, lo que he visto en nuestro ámbito más inmediato, en Francia y demás… Quizás en Italia, no lo sé. Me da la impresión de que tampoco, por la escala, quiero decir… A lo mejor por la profusión sí, pero por la escala no. Además, hubo una perversión de base. Que sí, que considerar la cultura como industria me parece muy bien y muy justo. Es una forma de producción y una forma de vida, y una forma de que haya sectores dentro de la sociedad que se ganen honestamente el pan. Pero se ha tendido también a frivolizar, o a rigidificar en exceso la visión de la cultura como industria. Todo el mundo quería tener también su museo, igual que quería captar, qué se yo, inversores extranjeros para abrir una fábrica de producción de lo que fuera. Se ha tendido a pensar que el mero hecho de tener un buen equipamiento cultural iba a generar industria. A la cultura hay que tratarla en primer lugar como cultura y luego como industria. Como una fuerza formativa, una fuerza crítica, una fuerza transformadora, una fuerza subversora. El efecto es particularmente triste porque te quedan esos mausoleos y esos centros que ahora mismo los propios responsables confiesan que no saben cómo poner a funcionar. Son como corpachones vacíos, como cuerpos de gigante que tienes que poner a funcionar y te falta energía, te falta fluido, te falta todo. Entonces no sé, a lo mejor resulta que también hay que replantear el funcionamiento, pervertir o subvertir la función de este tipo de centros y abrirlos; o sea, convertirlos en escenario de otra cosa. A lo mejor habría que okupar, con ka, ese tipo de centros, ese tipo de estructuras que han quedado vacías.

-¿Y el Niemeyer? ¿Qué valoración haces de su gestión y de su idea, concepto, funcionamiento?

-Vamos a ver, yo creo que de entrada peca como centro de lo que hablábamos. Es un caso típico de contenedor previo al contenido: resulta que hay un magnífico arquitecto como Niemeyer que se ofrece a donar uno de sus proyectos para hacer un centro, con el fantasma del Guggenheim en la nuca, que es uno de los grandes mitos que ha dado la cultura de este país. Se pone el proyecto en marcha y luego se encuentra con estupor que no hay una programación. A mí la primera programación me aterró, la verdad. No daba crédito. Y mucho más cuando visité las primeras exposiciones. Recuerdo la sensación, por ejemplo, al visitar la de Saura, aquello de la óptica y la visión… Cualquier exposición de las carpas que trae la Caixa al Náutico está montada, por supuesto, con mucho más rigor, y desde luego con mucha más sobriedad y mucho más decoro. Aquello era una especie de, no sé cómo decirte, de gran juguete carísimo o algo por el estilo. A mí la primera etapa, ya sin entrar en cuestiones de gestión política, no me gustó mucho, me echó para atrás. Evidentemente, lo que fue saliendo después me parece escandaloso, me parece absolutamente escandaloso y forma parte de los grandes despropósitos de esta región. Como el costurón de la entrada de la ciudad, o el túnel del metrotrén, o el dique desierto y otras cosas de este tipo, creo que forma parte de los monstruos de la última época del arecismo. Y no sólo es responsable Areces: el caso del metrotrén, por ejemplo, no habría que enfocarlo por ahí, pero por acotar la época histórica; esos últimos años del paroxismo y la bonanza. Luego aparte, eso, primero síndrome del contenedor sin contenido; segundo, una programación flojísima e inadecuada, de relumbrón pero con muy poca sustancia, y bastante alejada y bastante a espaldas de lo que se hace en Asturias, que es mucho y bueno; y tercero y principal, un problema de gestión que yo creo que ha bordeado lo delictivo. En muchos casos, lo que ha ido saliendo, lo que se ha ido contando, a falta de contrastación, evidentemente, y de que se confirme, pone los pelos de punta. Esta otra etapa que empieza ahora me parece muy prometedora. Me parece que se ha redimensionado el proyecto, que se ha pacificado un poco la cuestión gerencial y política. Hay una situación más apta para poder trabajar con lo que hay, y aparte lo que se ha ido programando o lo que hay en perspectiva es yo creo que de suficiente calidad y está suficientemente ajustado en dimensiones a la situación actual como para garantizar que hay una regularidad y una programación. De todas maneras, claro, sigue habiendo una especie de desproporción que yo creo que es insalvable entre la escala del contenedor y la escala de lo que se puede hacer ahora mismo ahí. La solución sería fragmentarlo y ocupar ese espacio de la mejor manera posible. Lo que pasa es que, evidentemente, con esa cúpula cualquier cosa que hagas va a quedar pequeña. Pero bueno, es un proyecto interesante, es una marca que se puso en marcha… Así como LABoral, por ejemplo, fracasó como marca, y aun a pesar de la enorme irresponsabilidad del gobierno anterior de Cascos, el Niemeyer fue una marca que prendió muy bien, que funcionó muy bien hacia dentro y hacia afuera, y creo que fue muy irresponsable y muy estúpido darle un brochazo de mierda tan gratuito. Se podrían haber hecho las cosas con muchísima más cautela. Recuperar la marca, recuperar sobre todo la programación, regularizarla, etcétera, me parece que se está haciendo con discreción y con cierto acierto. Ya sabremos más de las programaciones que hay en marcha. Hay ambición también, ¿eh? Hay algunas de las cosas que están previstas, por lo que yo sé, que van a tener mucha proyección, que son potentes, y hay otras que sostienen con dignidad el proyecto. A ver qué pasa.

-¿Y qué valoración haces de todo lo que ha sucedido con el Festival de Cine de Gijón? ¿Se le puede dar un voto de confianza al nuevo equipo?

-Pues mira, por lo mismo que te decía de la marca, yo creo que el Festival de Cine, con lo que ha pasado en los últimos diez o quince años, había conseguido una marca que sería frívolo e incluso un poco estúpido malbaratar. Ha funcionado muy bien. Por lo que veo, la línea del nuevo equipo es de una cierta continuidad en la programación. No ha habido un viraje tan terrorífico como se podía temer por las primeras declaraciones que escuchamos a su nuevo director [Nacho Carballo]. Lo cual de alguna manera da la razón retrospectivamente a la línea de [el anterior director, José Luis] Cienfuegos. Hubo al principio una serie de críticas que me parecieron muy infantiles y muy personales del nuevo director que supongo que luego ha tenido que envainarse a la vista de lo que estamos viendo. A mí cómo sucedieron las cosas me pareció terriblemente intolerable, un motivo de verdadero cabreo personal..

-Pero, ¿por el fondo o por la forma?

-Por la forma en primera instancia. Nadie discute que el Festival de Cine pueda cambiar de director. No se discute que un gestor político quiera dar una orientación distinta, pero ése no era el caso. Evidentemente no había orientación en la cabeza de Carlos Rubiera [concejal de Cultura del Ayuntamiento de Gijón]. No tenía ningún proyecto concreto en la cabeza. Simplemente quería sacar a una persona y poner a otra. No, el problema fue de forma, sobre todo. Sobre todo la crudeza, la falta de cortesía, la falta de educación y la ingratitud profunda con que se hicieron las cosas. Me parece que, al margen de lo que uno pueda pensar de cuestiones de detalle, de cuestiones de contenido, de cuestiones personales incluso, Cienfuegos hizo una gestión ejemplar en muchísimos sentidos. Y sobre todo consiguió poner en funcionamiento un acontecimiento cultural de primerísimo orden con un presupuesto muy moderado, muy ajustado por no decir bajo, y que tiene una proyección y un impacto en la ciudad y fuera de la ciudad. Yo, durante muchos años, en las fechas del Festival he tenido que abrir mi sofá-cama para acoger a gente que venía ex profeso a ver el Festival. Y luego también he tenido que oír lamentos, qué putada y tal, de los miles que no podían venir. No sé, yo creo que eso no se puede dilapidar. Si tienes ese patrimonio, hay que intentar mantenerlo. Es bueno para la ciudad, es bueno para la región, es bueno para el cine, es bueno para las distribuidoras y para la industria de la cultura. A ver cómo se hace. Yo les doy un voto de confianza en el sentido de que no soy una persona sectaria: si hacen un buen trabajo seré el primero en reconocerlo, pero sí que te voy a decir que personalmente, o sea sentimentalmente, tengo poca gana este año. Así como otros años a estas alturas ya iba teniendo la expectativa, el gusanillo, el metabolismo me pedía meterme en la sala y empezar a roer, este año estoy un poco desmotivado. No obstante, les deseo lo mejor. Ojalá las salas se pongan hasta arriba por la calidad y ojalá las salas se vacíen si la calidad decae. No se trata de aplaudir cualquier cosa que se haga ni de llenar las salas por llenarlas. Conozco a mucha gente que está manejando, que da vueltas, o que coquetea, o que incluso propone, la idea del boicot. Evidentemente hay que pensar si es ético boicotear, pero yo creo que habrá que criticar lo que haya que criticar, pero que el boicot no es una buena política. El Festival no es el festival de nadie, es el festival de la ciudad.

-¿Qué papeles han jugado los actores de la cultura, los artistas, escritores, gestores, etcétera, en esta crisis? ¿Es la crisis culpa de las instituciones y del despilfarro gubernamental o tienen esos actores también su parte de responsabilidad en lo que ha pasado?

-Bueno, es que es difícil repartir culpas. Yo creo que la cultura por desgracia no es tan eficiente en términos de provocar resultados de esa contundencia ni en un sentido ni en otro, quiero decir ni por dejación ni desafortunadamente por oposición, por activismo. Sí que yo me he planteado muchas veces, como persona que más o menos está en la órbita del arte contemporáneo, si lo que estaba viendo tenía sentido o no, si no era parte de una especie de mundo ajeno paralelo, sin ninguna conexión con el mundo del resto de los mortales. Es una duda que tengo a menudo y que procuro seguir teniendo, para no dejar de ser crítico. Aunque yo no soy crítico como oficio, siempre lo niego, en lo personal sí procuro serlo. Creo que sí, que ha habido en la cultura un fenómeno de ensimismamiento, de incapacidad para atender realmente a lo que estaba sucediendo en el mundo. Aunque tampoco hay ninguna obligación, ¿eh? Evidentemente no tiene por qué hacer eso. Pero eso sí que ha cambiado en los últimos años. Sí que ves un arte que tiene un registro más de lo que está pasando en la calle, del malestar, y que se utiliza o que incluso maneja un cierto discurso abiertamente político en algún caso. Pero, por otra parte, también creo eso: que ha habido un ensimismamiento y que es un fenómeno en vigor, que no se ha resuelto todavía. Que el artista sigue manejando un lenguaje al que es ajena la inmensa mayoría de la población.

-¿La torre de marfil?

-Sí, pero cuando el artista del fin del siglo XIX, o el simbolista, se plantea la torre de marfil se la plantea como un ideal, no como una condena. Y, en muchos casos, yo creo que ahora mismo es una condena. La torre de marfil es indeseada; el artista quiere pero no sabe llegar a la sociedad. Hay veces que es verdaderamente doloroso, verdaderamente patético en el sentido literal de la palabra, percibir la distancia que hay entre el esfuerzo tremendo… Que de hecho los artistas trabajan mucho, joder, es una cosa que habría que repetir una y otra vez, es gente que curra enormemente, enormemente, con una enorme capacitación en algunos casos, con mucha técnica, con muchas horas de curro, con muchas horas de reflexión, con muchas lecturas. La brecha, digo, que hay entre el trabajo que desarrollan, el esfuerzo de conceptualización, incluso de digestión de su realidad, y su incapacidad de interactuar con la otra parte del esquema, con el receptor. El fallo de los códigos duele, es doloroso. Volviendo a la pregunta. Me parece que no hay más responsabilidad en la cultura que la que pueda haber en el proletariado, o en las clases medias, o… Cada uno tiene su parte de responsabilidad en lo que ha pasado, indudablemente, pero los acentos de culpabilidad hay que ponerlos donde hay que ponerlos, no en falsos agentes como nosotros, que somos agentes sólo colaterales o pasivos o aquiescientes o silenciosos. Hay que ponerlos en quien ha generado esta crisis y quien ha puesto en marcha todo este proceso de destrucción masiva.

-¿Existe la alta y la baja cultura?

-Es un debate que la verdad es que nunca me he planteado, porque la «baja cultura» la digiero igual y la degluto igual. Supongo que es relativamente fácil acuñar criterios y aplicarlos. ¿Me vale más ir a ver un cuadro de Patinir o leer un cómic de The Authority? Pues a mí, personalmente, me producen evidentemente reacciones distintas, pero intensidades similares. Yo me he criado en los años sesenta pegado a la televisión sin ningún tipo de restricción a la hora de devorar imágenes y de devorar tebeos y de devorar lecturas, y además, por querencia y por gusto, he tenido una enorme pasión por la cultura popular, la cultura pop, el pop no en el sentido de pop art sino en sentido más amplio: por los cómics, por la subliteratura, por la serie B, ahora por los videojuegos… Es lo que sentimentalmente me ha marcado. Yo no hago distingos. Quien quiera que los haga, y me parece legítimo. Tampoco me parece una política muy cómoda aplicar un rasero y decir: todo es cultura, punto. No, no, hay criterios de calidad. Pero sí que es cierto que resultaría sorprendente para muchos de los defensores de la «alta cultura», y de un discurso tan absolutamente rancio como por ejemplo el último de Vargas Llosa, un discurso además tramposo, capcioso completamente… Es una posición personal que por otra parte ha habido gente ha defendido con muchísima más brillantez, como Steiner. Pero bueno, lo que te decía: a estos defensores de la alta cultura les sorprendería recordar hasta qué punto Shakespeare era cultura popular en su tiempo, o Bach era cultura popular en su tiempo. Bueno, Bach no era cultura popular pero tampoco era un músico, hasta que se hizo su recuperación en el siglo XIX, que estuviera en el panteón en que ahora está. Shakespeare mismo tuvo que pasar por una etapa de recuperación, de validación. O les sorprendería saber hasta qué punto un retablo, o un cuadro de Patinir, en su momento cumplía un servicio que ahora mismo cumple el arte llamado popular, o la baja cultura. Por lo que a mí respecta es un falso problema, y lo que es peor, cuando se plantea se plantea siempre desde una posición, para mí, sospechosa, que intenta excluir una de las dos partes, por abajo también. El discurso contracultural, underground, simplista y fácil, que cierra el museo de un portazo, tampoco me vale. En fin, de lo que se trata es de la capacidad de ponerle delante a un adulto cultural un producto de la creatividad humana, o una especie de artefacto comunicativo, y hacerle reaccionar de determinada manera. Al final de lo que se trata es de intensidad en lo personal y supongo que no hay otro criterio último.

-Te leo una frase dicha por Vargas Llosa en una reciente entrevista: «En el campo de la pintura, la victoria de los farsantes es total, las artes plásticas son juego y farsa y nada más, con la complicidad de críticos papanatas que confieren estatuto de artista a los que, como mucho, son ilusionistas. Hoy tenemos artistas que defecan en público, músicos que se plantan ante el piano y no tocan ni una tecla…». ¿Qué te parece esta apreciación?

-Me parece un discurso absolutamente conservador, facilón por otra parte, un discurso cuyos equivalentes podríamos rastrear en veinte mil críticos de veinte mil etapas del arte, veinte mil cortes temporales, sobre todo desde mediados del siglo XIX para acá, del romanticismo para acá. Es una postura a la defensiva, aparte de políticamente muy conservadora y muy sospechosa. Yo creo, además, que un tipo de su potencia imaginativa, de su potencia como literato, debería ser algo más humilde. Debería ser más humilde y más generoso. Es una postura clásica de académico en el panteón, de alguien que desprecia. Pero es verdad que existen muchos farsantes… Bueno, muchos no. Hay alguna vez que te encuentras con creadores, con músicos, con pintores, con artistas y tal, a los que rápidamente tildas de farsantes no porque lo sean en sí mismos, no porque medie tampoco una voluntad de estafar a nadie, sino por la falsedad de su obra…

-¿Cómo se distingue la falsedad o la autenticidad de una obra?

-Bueno, es algo difícil. De entrada yo creo que hay un solo criterio, que es la confrontación de la poética de un creador con el resultado de su obra. Pero no siempre disponemos de la posibilidad de entablar contacto con el creador, de que nos explique qué es lo que quería hacer y luego veamos la terrible distancia, la terrible brecha de la que hablábamos antes. No, hay también a veces una voluntad de ser fácil, de engañar. O sea, lo que este hombre llama ilusionismo. A veces rechina. Es un ilusionismo que no tiene nada que ver con la capacidad de impostar que pueda tener la mímesis, la copia en pintura o el trampantojo, pero te das cuenta de que hay una inautenticidad en el propio planteamiento de la obra, en la forma que tiene de intentar cautivarte, de intentar seducirte por lo fácil. Falsedad no en relación tanto a la verdad como en relación a la sinceridad: qué vende esta persona, qué falso es. No es una falsía tampoco, insisto, malintencionada; no hay necesariamente una voluntad de engañar por parte del artista, pero sí puede basarse en recursos fáciles. Por ejemplo, las nuevas tecnologías a veces se utilizan, con muy buenos resultados por otra parte, para construir cosas de este tipo, grandes impactos, o las recuperaciones de marketing, y de contextualización, y de envoltorio de una obra de arte: Koons, o Hirst, que son gente que a mí en buena medida me parecen grandes creadores y grandes farsantes a la vez, pero que en este caso sí que creo que media además una voluntad clara de engañar. No de engañar, sino de seducir por la parte fácil. De vender elixires en el pescante del carromato. Pero no sé dónde andábamos… Vargas, ¿no? Me parece eso, que hay cierta mala voluntad. Hay voluntad, por una parte, de excluir y, por otra, parte, de salvaguardar, preservar y cerrar, y de inmovilizar. ¡Si no pasa nada! A mí me ha pasado la semana pasada, no me apetece dar nombres, que en la última exposición de LABoral, en la de Transformers, hubo una de las personas que participan en la exposición que me pareció claramente un caso no de engaño hacia el público sino de autoengaño con respecto a lo que haces, de ese ensimismamiento del que al final pierde de vista cualquier asomo de conexión con el mundo y genera una obra solipsista. Pero bueno, no hay ningun peligro con que eso suceda. Lo que es importante es tener criterios para distinguirlo. Es muy difícil, muy, muy difícil; el arte contemporáneo se caracteriza porque la mayor parte de las veces vamos navegando, como decía Valéry, por un banco de niebla, pero yo prefiero tener que podar a quedarme corto, prefiero el riesgo a que me la metan doblada, por así decir, que tener que conformarme con las obras sancionadas por la «gran cultura». Por otra parte, ¿quién la sanciona y con qué criterios? ¿Cuál es el criterio para decidir que un clásico es un clásico o que la gran cultura es gran cultura? Y vuelvo al caso de Shakespeare o, no sé, del propio Stendhal, o de miles más, Kafka… Gente que en su momento pasó totalmente desapercibida, o que fue vituperada, o mil pintores… Cuando yo escucho este discurso pienso sobre todo en los críticos parisinos, y en los impresionistas. ¡Es un discurso similar, es idéntico! Los mismos términos, el mismo tono, la misma displicencia. En el fondo hay una rigidez.

-¿Qué opinas de la ley de mecenazgo que pretende promulgar el Gobierno? ¿Tiene el Estado que jugar un papel director en la cultura o puede dejar todo en manos de la iniciativa privada y particular?

-Yo no soy partidario de un Estado napoleónico (aunque creo que le habría venido muy bien en la España de principios del XIX), pero sí que creo que el Estado debe garantizar unos mínimos. Debe garantizar unos mínimos de accesibilidad, de proyección, y sobre todo de difusión y de pedagogía.  Por otra parte, es evidente que el Estado ha sobreintervenido en la cultura en los últimos veintitantos años. Ha tenido una participación excesiva y yo creo que nociva. Aparte de eso, el ideal de mecenazgo, ¿cuál es? ¿El americano? Porque si fuese como el americano, ¡bendito sea Dios! Quiero decir, si puede garantizar una industria del cine que se sustenta como tal industria y se pueden garantizar unas becas Fulbright, o unas becas de investigación, o unas becas como las que garantizan muchas veces la vitalidad de la cultura norteamericana, bien. Lo que pasa es que yo creo que aquí el tejido falla. Me parece simplemente un mecanismo para soltar lastre por parte del Estado, reducir sus responsabilidades, colocarlas en manos de presuntos agentes libres, que yo creo que en este momento en este país no existen. En unas circunstancias económicas como las que estamos pasando, con una industria en fase pánico, los patronos que apoyaban en el momento de bonanza el proyecto se empiezan a retirar rápidamente. Además, los vínculos que atan ese tipo de iniciativas a veces son más políticos que económicos. Quiero decir; en el mejor de los mundos posibles estaría bien que un mecenas privado o que una industria o una empresa apoyase la creación y habilitase canales, pero en España no va a pasar. Está muy claro que, por lo menos en este momento, es absolutamente imposible. Entonces, lo que de hecho supongo que eso implica es quizá la puntilla a cualquier colaboración del Estado con la cultura, dejar la cultura a su libre albedrío.

-¿Corremos el riesgo de que pase lo que en la televisión, que dejándolo todo al éxito de las audiencias y a lo puramente rentable pierde esa calidad proporcionada por cosas que, sin embargo, son más minoritarias?

-Yo, por una parte, creo que lo minoritario, no nos hagamos ilusiones, tampoco tiene tanto público, o no se ha justificado por la demanda, por la respuesta del público. Centros como el Musac [Museo de Arte Contemporáneo de León], que tuvieron una proyección inicial absolutamente alucinante, han ido en retroceso. Lo digo con cierta cautela, pero por lo menos la respuesta inicial que tenían no la tienen. Y en todo caso, la justificación o el mecanismo tendría que ser ése: la capacidad de los propios creadores y de los agentes intermedios para generar un circuito que funcione bien solo. Hay una palabra que yo he dicho millones de veces, una palabra que me ha vuelto a la cabeza desde que empezó todo esto en el 2008: underground. No underground en el sentido que te decía de contracultura como crítica de la baja cultura, pero sí como capacidad de generar medios baratos, alternativos y rápidos para salir adelante. Es decir, buscar medios pobres para la difusión de un mensaje que a lo mejor se ha inflado en recursos.

-¿La crisis puede ser buena en ese sentido?

-Sí, sí, sin duda. No me cabe la menor duda. Puede contribuir a recolocar…

-El hambre azuza el ingenio, ¿no?

-Sí, sí. Además, podríamos caer en problemas para legitimar el uso de determinados materiales o de determinados recursos si no hubiéramos pasado ya por el siglo XX; pero hemos pasado por el siglo XX, y hemos pasado por el dadá, y hemos pasado por el arte conceptual, y hemos pasado por el land art, y hemos pasado por el povera y hemos pasado por mil cosas que han legitimado y han puesto en marcha unos determinados discursos que están ahí disponibles, y a los que podemos reconducir la atención para utilizar los materiales más humildes que tenemos. Es más: puede tener un especial significado ahora mismo recuperar cierta arquitectura, recuperar materiales más básicos para responder a emergencias. Es un momento de emergencia y yo creo que la cultura, en momentos de emergencia, puede florecer. Un símil que se ha puesto de moda en los últimos meses es el de Weimar en los años treinta, o incluso el de la República aquí, o la Viena de preguerra. Las situaciones de crisis remueven. Yo creo que en ese sentido la crisis va a ser positiva.

-¿«Va a ser», no «está siendo»?

-Va, o está siendo ya. No, está siendo ya.

-¿Es atinada la comparación del momento actual con Weimar?

-Hay gente que la ha hecho. Krugman la está haciendo cada…

-A mí siempre me ha parecido que sí pero no…

-Bueno, es una hipérbole…

 -… que, aunque el momento económico y político sí pueda ser similar, el esplendor cultural de Weimar no lo veo ahora, vaya.

-Hombre, son momentos históricos distintos. Entonces había un elemento, incluso con toda la depresión, de entusiasmo cultural, de agitación, de descubrimiento de las vanguardias, que hacía muy distintas a aquellas cabezas. Ahora vivimos una época post: postvanguardista, o postmoderna o postloquequieras; pero no es, o no se percibe que sea un pre-nada. Yo creo que es una época crepuscular. Pero bueno, las crepúsculos culturales pueden generar… El barroco español es producto de una época crepuscular y es absolutamente deslumbrante. Es verdad que para otras gentes y con otro combustible; Dios… Eso lo sabe muy bien Stendhal: Dios alimenta muy bien el arte. Pero yo creo que, sin llegar a esa escala, sí que podemos encontrarnos delante de una época de agitación y de ingenio y de calidad. De calidad, además: no veo por qué tendría que bajar la calidad.  Ese dicho famoso que a mí me gusta repetir mucho: de la necesidad, virtud. Siempre.

-Si la cultura es un espacio de confrontación de ideas, ¿quién está ganando el combate? ¿Los ideólogos de izquierda o los de derecha?

-Creo que la batalla, como en todo lo demás, la están ganando los poderes establecidos. No hay más que ver lo que pasó ayer [se refiere a las elecciones gallegas y vascas y a los respectivos triunfos de partidos conservadores, el PP en el primer caso y el PNV en el segundo], independientemente de que hagamos análisis territorializados, de que digamos que «es que es Galicia», o «es que es el País Vasco». Yo creo que hay una combinación letal, que a lo mejor predispone a recibir determinado tipo de mensaje, de miedo y de falta de medios, y de estados carenciales, de menesterosidad, que tiende siempre a favorecer, en primera instancia, a quien aparentemente, a pesar de estar metiendo las tajadas, de estar dando los palos, parece que puede tener la ejecutoria. O sea, la gente yo creo que tiene una cierta sensación de que todo lo que está pasando en la calle, y todo lo que hemos visto en los últimos dos años, está muy bien como fuerza emergente pero como fuerza emergente dispersa, o sea, que no es un fluido, no es un gas que pueda mover ningún pistón. El poder sigue dando la impresión de poder hacer algo. Bueno o malo; de momento está haciéndolo malo, está pegando palos, pero yo creo que la gente, la mayor parte de ella, la mayoría silenciosa o como quieras llamarla, tiene la sensación de que las únicas armas, si es que hay alguna que se pueda utilizar para cambiar la situación, están en manos del poder, parten de las instituciones. Ideológicamente, yo creo que la batalla, ahora mismo, está en esa situación, y que la respuesta al sistema, con generar simpatías, no va más alla. Que se sigue viendo con escepticismo, razonable escepticismo incluso; y que no hay ningún discurso de recambio que sea capaz de impregnar, o sea, de infiltrar una sensación contraria en la mayor parte de la gente. Es que además no sé cuáles serían las armas… El humor subversivo puede ser un masaje pero no va más allá; es un tópico, es para uso tópico y no genera una capacidad de reacción. Con una viñeta no generas una movilización: puedes remover conciencias o puedes predisponer a, pero nada más. Los discursos políticos de izquierdas yo creo que siguen pecando de reiterativos, de abstractos, de llenos de clichés y viejas fórmulas… Suenan a soniquete a la mayor parte de la gente. Luego, claro, la gente que está haciendo algo por pensar o repensar la tradición, Žižek, gente así, que a mí me parece muy valiosa en términos de refresco, llega a quien llega. Y no hay un mecanismo, no hay una cultura de propaganda que haya renovado un poco los iconos. Es una cosa que me llama mucho la atención: a efectos de propaganda estrictamente, la estética sigue siendo terriblemente rancia, vieja. Da la impresión de que siguen mirándose al espejo de los años setenta en muchísimos casos. La izquierda, los contrapoderes, no están movilizando, no están impregnando; y, por otra parte, hasta en los momentos de mayor expansión del comunismo, Žižek en algún sitio lo recuerda, los propios comunistas sabían que la mayor parte de la gente no se va a sumar alegremente a una revolución. Hace falta valor y hacen falta valores. No es algo con lo que uno venga equipado de fábrica. Falta una determinada presión, falta romper un determinado punto crítico, y a partir de ahí que emerja algo. Entonces, no. No soy nada optimista en ese respecto. Me parece que, además, los grandes medios de comunicación, los grandes complejos, están haciendo una dejación absoluta y clarísima de responsabilidades. El caso de El País, por ejemplo, es tristísimo. Para los que teníamos El País como auténtico talismán hace algunos años, es patético verlo. Hay que reinventar toda una cultura, una respuesta, una estética, hace falta una nueva capacidad de crear eslóganes, una nueva canción protesta… No sé, estoy especulando. Si hay que hacer eso, hay que renovar los mecanismos, porque los que hay no están funcionando.

-¿Qué valoración haces del ere de Prisa?

-Me parece particularmente patético, porque cuando has vivido casos de medios supervivientes, como el caso de La Voz de Asturias aquí, que ha peleado durante años con una situación agónica, y finalmente cayó dando batalla; o cuando ves a los profesionales deambulando por ahí como zombis, sin capacidad ninguna de ejercer su trabajo, que por otra parte ahora mismo es tan necesario, se me caen los palos del sombrajo porque Prisa, además, partía de una situación absolutamente envidiable. Imagino que penalmente no se puede tipificar así, pero moralmente me parece un caso de malversación, de apropiación indebida. De lapidación de un bien público, al final: es una empresa privada, pero en cierto sentido también es un bien público. Y además es que es sangrante ver los sueldos de los directivos y la situación de la plantilla, y las empresas absolutamente quiméricas y absurdas y sin criterio en las que se embarcaron, y la dejación de responsabilidades con su medio principal en el que tenían que haberse concentrado, es un caso que ejemplifica… Es un emblema. Igual que El País ha sido un emblema de determinados valores en una época de este país; ahora mismo lo es de determinados contravalores. Es una bandera quemada y vencida.

-¿Por qué es tan fácil abrir o sostener un periódico conservador, y es tan díficil abrir o sostener un medio de izquierdas? Por ejemplo, Intereconomía está en permanente crisis pero ahí sigue y, sin embargo, La Voz

-Está claro, hay unos apoyos y unos intereses que están encantadísimos con tener ese tipo de combustible ideológico bombeando. Pues lo que hablábamos antes, ponte a contabilizar; ¿cuántos medios hay ahora mismo en este país, desaparecido del papel Público, cuántos medios hay que se puedan situar no ya a la izquierda, sino a un moderadísimo centro-izquierda? Es evidente que hay quien está encantado de tener dinero en, en…

-En un cadáver, ¿no?

-¿Eh?

-Sí, sosteniendo cadáveres, porque al fin y al cabo son periódicos que no se venden…

Sí, bueno, son cadáveres en términos económicos pero no en términos políticos o ideológicos. No todo se limita en este caso a lo que pueda interesar en la cuenta corriente, o a las cuentas de beneficios o a las acciones. Puede tener beneficios ideológicos, y vamos, el servicio que ha hecho Intereconomía a la extrema derecha de este país en los últimos años es una cosa extraordinaria. Además, un discurso que había desaparecido; que ni siquiera en el Abc o en La Razón tenía cabida. Producía, incluso, cierto sonrojo, les producía a ellos mismos cierto pudor. De repente, con una audiencia nada desdeñable, esa gente está prestando un servicio extraordinario a unos intereses clarísimos.

-¿Cómo ves eldiario.es?

-Tiene muchas cosas que me gustan. De entrada, le veo voluntad de hacer periodismo-periodismo; o sea, de no hacer dejación del periodismo sólo para volcarse en la opinión o en géneros más cómodos, más llevaderos. Tiene el hándicap de que parte con una situación o unas infraestructuras humanas y materiales muy limitadas, para hacer lo que quiere que es quizá algo ambicioso para las posibilidades que existen. Pero de momento se me deja ver y me gusta el tono, me gusta la variedad, me gusta cómo está organizada la página, me gusta la posibilidad de que abran cauces regionales sin generar tampoco una estructura, digamos, de filial. De todas maneras es un proyecto por pulir, que está empezando, pero hay cuestiones por ejemplo de tono, de tono periodístico, que me gustan mucho más en eldiario.es que al modo en que las hacía Público. Público tenía una musiquilla y una estética de Marca de izquierdas que nunca me ha dado más, que me parecía rechinante, que incluso me insultaba un poco. Es evidente por dónde vas, no hace falta que me lo recalques de esta manera. Aparte de que parecía profesionalmente muy discutible, como lector me hacía sentir incómodo. Es como el efecto de alguien que te grita, o que te sacude, o que te arrima el periódico a las narices para que veas claramente qué tienes que decir o por dónde van los tiros. No hace falta. En ese sentido eldiario.es me parece más impecable periodísticamente. También percibo ciertos rasgos de imaginación a la hora de abordar temas, a la hora de hacer estadísticas… Es prometedor. A mí me agrada.

-¿Crees que debe continuarse en el periodismo con el formato impreso, o hay que sumergirse ya de lleno en el digital?

-Hombre, lo de antes: de la necesidad, virtud. Si se puede mantener el papel no hay por qué abandonar el papel; lo que yo creo es que hay que intentar hacer productos distintos para medios distintos. Las posibilidades que da la Red son muy distintas a las que da el papel. En este momento, en circunstancias ideales, si todo el mundo tuviera acceso a las redes y todo el mundo tuviera el tiempo y la posibilidad de digerir por ahí la información, yo casi preferiría, si tuviera que elegir, el periodismo digital. Me parece que tiene muchos peligros; pero que, en realidad, hay peligros que están ya de hecho presentes en la prensa escrita, y que no escandalizan tanto. Problemas de falta de calidad, de falta de contrastación, de falta de fiabilidad… Si ahora mismo cogieras la prensa de la mañana que está encima de esa barra, podrías detectar esos mismos problemas en prensa supuestamente contrastada y seria. Está clarísimo. Lo que sí creo es que la prensa a la contra, por así llamarla, la prensa contrapoder, la prensa fuera de los grandes bloques mediáticos, independiente, tiene su sitio ahí. Y hay posibilidades enormes, yo creo que enormes, y fórmulas que no se han ensayado todavía, que irán saliendo y que van a permitir concentrar en capas de densidad a veces enorme mucha información en la Red, en el ordenador, o en vete tú a saber qué interfaz estándar que exista dentro de diez años. Yo creo que el futuro está ahí, aun con todos los peligros y todos los riegos que la Red tiene de falta de control, de falta de filtros de calidad, de falta de profesionalidad a veces… Pero bueno, la credibilidad se gana. Intereconomía está emitiendo todos los días y La Razón está dando sus portadas todos los días, y está publicando portadas como la que publicó el sábado en plena jornada de reflexión, y no pasa nada. El peor periodismo pensable se está haciendo en medios tradicionales. No hay que tener miedo a eso.

-¿Y en los libros? Los e-books, el digital… ¿es el futuro?

-No lo sé. Yo, personalmente, no he entrado todavía por el e-book. No es un formato en el que me encuentre cómodo leyendo. Puedo leer unas páginas, pero no me podría tragar no te digo ya La broma infinita; no me podría tragar un libro mediano ahí porque es un formato que me sigue cansando. Quizás tengan que perfeccionar también el interfaz… Por ejemplo hay una cosa que sí que me ha sorprendido mucho últimamente: yo no había manejado nunca las tabletas, y en la tableta sí que me resulta extremadamente agradable, por ejemplo, leer la prensa. Me resulta un formato que, no sé, no hay una diferencia sustancial, pero hay algo, la textura, la luz, algo cambia, no sé. Sí, el futuro a medio plazo es digital. Digital o con la tecnología equivalente que sustituya al papel. Yo creo que el papel acabará limitando su uso, o convirtiéndose en una especie de cauce residual para publicar determinado tipo de productos, que a lo mejor por calidad o por acabado artístico, o por cuidado editorial, o simplemente por el encanto de lo pulp, puede tener su mercado, no lo sé. Pero me da la impresión de que, salvo colapso tecnológico a escala masiva en plan Revolution o cosas por el estilo, es innegable que el tinglado va por ahí. Hay mucha gente cómoda leyendo en ese formato, que es un formato que además tiene una serie de cualidades que son muy agradables. Esa ligereza, y esa flexibilidad, esa capacidad de llevarte veinte libros a rastras a tus vacaciones, tienen su encanto. A mí personalmente no me ha cautivado. No soy tampoco un fetichista de los libros; no te voy a contar la historia de oh, la textura…

-El olor…

Sí, bueno, el olor sí; yo sobre todo tengo algún libro que sigo oliendo periódicamente porque me devuelve a la infancia, pero no, no; no es una cuestión de fetichismo. Es una cuestión simplemente de agrado, de comodidad.

-¿Se está pecando, tanto en el periodismo como en los libros, de  simplemente volcar el libro o el periódico escrito en el digital sin cambiar el formato?

-Posiblemente sí; yo creo que las posibilidades ahora mismo para trabajar en términos narrativos con hipertextos, y con materiales, no sé cómo llamarlos, hipersensoriales, para abordar varios sentidos y varios códigos a la vez a través de la lectura no se están explotando plenamente. Sí, es evidente que lo que hay es simplemente un volcado. No se aprovechan al cien por ciento las posibilidades. No sólo en términos multimedia sino en términos narrativos. Seguramente es una tecnología que también hay que perfeccionar, pero yo supongo que acabaremos leyendo en varias capas, como vemos ya en varias capas. Estos días atrás, mi hija estaba viendo la tele con el whatsapp delante, y mi mujer estaba con el iPad y la tele puesta, y yo frecuentemente estoy con un libro leyendo y la pantalla del ordenador al lado; quiero decir, esa mentalidad multitarea es dispersa, y es errática, y es peligrosa, pero es la nuestra ya. Nuestra forma de escribir, nuestra forma de leer es distinta. Nuestra forma de escribir; yo hablo por mí. Yo siempre he sido partidario de una escritura muy tentativa, muy ramificada, y con vueltas atrás, y titubeante. Pero es que el procesador de textos te enseña a escribir así. Siquiera por economía de material, tenía una idea medianamente clara cuando le cogía los folios a mi padre y me ponía a escribir con su Olivetti, y mi padre me daba una hostia si me pasaba de folios. Ahora no. Ahora la creación ha cambiado, la forma de leer ha cambiado y supongo que llegará un momento en que ese tipo de dispositivos nos vaya a permitir leer en varias capas, como recurso estético o recurso poético. Yo alguna vez he estado tentado de hacer algún experimento en ese sentido, pero bueno, ahora mismo no hay tecnología que permita hacer lo que yo tengo en la cabeza. Y bueno, sin duda, para alguien de mi generación, que no ha nacido con esto, y que lo ha aprendido a utilizar como un don de los dioses, como una especie de milagro, cualquier cuestión que tenga que ver con esto es fascinante. La generación de mi hija tiene un trato extraño con los libros, desconfiado. Es un elemento un poco extraño en sus vidas, a pesar de que se edita mejor que nunca para críos, o de los esfuerzos para inducirlos a leer en los colegios. El atractivo es brutal. Yo creo que sigo jugando a videojuegos casi a mis cincuenta años por el mero milagro, la fascinación de ver un paisaje en un mundo virtual. Yo soy capaz de entrar al Skyrim no para jugar, sólo para ver un paisaje, oír pájaros y ver una puesta de sol. Y veo la puesta de sol, lo apago y me largo, y sigo trabajando. Ahí hay poca competencia posible que hacer.

-Ya para acabar, recomiéndanos un libro, un cómic, un disco y una película.

¡Buf..! Pues… Soy muy malo haciendo listas… A ver… Bueno, mira, lo tengo fácil, por la ocasión en curso. Para cualquiera que no haya leído a Roth, Philip Roth, le sugiero que se meta por el Roth que prefiera, pero si quiere pasar un rato verdaderamente salvaje, de literatura salvaje, maravillosamente bien escrita y feroz, que entre por El lamento de Portnoy. No, mira, cualquiera de los tres Roth, tanto Philip Roth, como Joseph Roth, como Henry Roth. Para qué vamos a rompernos la cabeza. La peli… Una peli, una peli, una peli… Es que claro, depende de qué quiera para la gente… La noche del cazador. Me parece una suma de cosas, una especie de milagro, con una sencillez y una limpieza y una calidad tremenda. Me parece una fábula feroz con mil capas, sobre el amor, sobre la belleza, sobre la candidez… Me parece una suma de perfiles cinematográficos, de registros literarios, desde el relato de terror hasta el relato bíblico… Y como peli es rica. Y además disfrutable, digamos, con corazón de crío y con todas las vueltas del resabiado. Se disfruta de todas las maneras. Un disco… Pon… No sé… Kind of blue, de Miles Davis. Como disco clave del siglo XX, como síntesis también de un montón de cosas, desde lo más popular hasta lo más sofisticado, lo más cool, a ciertas influencias de la música contemporánea, y además como disco perdurable, como disco por el que no ha pasado ni un año y no pasará. ¿Qué me queda? Cómic… Pues voy a ser previsible. Como obra maestra, con la misma filosofía que La noche del cazador, con mil capas, desde la más pulp a la más sabia en términos narrativos, con el mejor guión posible, con un dibujo portentoso, con citas… Watchmen.

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