Adrián Sánchez Esbilla

En casa ajena. Jornada 9

El Barça sopló y sopló y la casita del Rayo Vallecano derribó. Pero tuvo que soplar bastante. Unos 45 minutos antes de que todo comenzase a dar vueltas en espiral. Antes, los de Paco Jémez miraron al Barcelona de frente, se atrevieron a competir y hubo partido, no paseo. Incluso con el gol de Villa en la primera mitad, incluso después del aliento hipohuracanado de Leo Messi mordiéndole las orejas a Pelé, el Rayo se sostuvo. No lo tumbaron hasta el minuto 79  en el cual Xavi metió el tercero. Fue un estupendo partido por ambas partes, pero, por desgracia, como escribió Pol Gustems, uno de esos tipos que merecen la pena leer cuando se trata de futbolear, los equipos que intentan jugar al Barcelona  de tú a tú, terminan por jugarle de tú a usted la mayoría de las veces.

El esencial Martí Perarnau lleva tiempo hablando sobre el Barcelona de los velocistas, que es la primera versión sin refinar de lo que será el Barcelona de Fabregas, o lo que es lo mismo: sin Xavi. Un equipo de menor elaboración, menos horizontal y más frenético, de más riesgo en defensa porque a las pérdidas se responde por físico y no como consecuencia del juego de posición. Es algo que ya se puede ver y es algo que comienza a funcionar de un modo bastante preciso. Pocas veces se tiene la oportunidad de ver a un equipo excepcional reinventarse en tiempo real, y esta es una de ellas. El Barça muta porque puede y porque lo necesita. Debe de huir de una versión de si mismo que sus rivales habían comenzado a descodificar. Por si fuera poco, en este momento es capaz de combinar ambas, usándolas según el rival o el momento del partido. De nuevo Perarnau lo explicaba diciendo que Vilanova tenía dos trajes en el armario para ponérselos cuando la ocasión lo requiriese. Más que eso, los pantalones y las chaquetas también combinan entre si de maravilla.

Xavi participó el sábado del juego del Barça de los velocistas  y no se entorpeció con Cesc. El equipo sigue mejorando, afinando todas las costuras, quitando hilvanes y empleando remiendos que, como Martín Montoya y Adriano, o mejoran al original o suponen hallazgos tan extravagantes como apropiados. Entretanto no han perdido ni un partido, cediendo solo dos puntos de los veintisiete disputados. Impresionante.

El Mallorca, en cambio, prefirió dejar las llaves a la vista. «Puestos a que nos vacíen la casa por lo menos que rompan nada», pensaron.  Cedieron con elegancia el primer gol en una dejada en el área de Anderson, uno de los dos centrales brasileños de madera que alinea el Mallorca, en el minuto siete, disimularon un poco después y enseguida se pusieron a mirar como caían los goles.

La cosa sorprendió por venir de un equipo de Caparrós, a los cuales la intensidad y la fiereza se les suponen como la bizarría a los soldados. Sin presión alguna en las manifiestas debilidades del once de Mourinho, repetido con respecto al de Dortmund en Copa de Europa, los jugadores calamitosos entre semana se reivindicaron con actuaciones que fueron de lo brillante (Modric libre para contactar con el balón a placer), a lo aseado (Essien sin ser molestado).

Queda una lectura paralela de ambos partidos con respecto a esta alineación de circunstancias: lo que hizo el Dortmund no es tan fácil, es cierto, pero al Mallorca intentarlo no le hubiera perjudicado mucho más que el no hacerlo. El análisis quirúrgico que Jurgen Klopp le realizó el miércoles al Real Madrid fue una clase que no debe desperdiciarse y más cundo Mourinho es tan arrogante como para incidir en el error según esa máxima de las Mocedades de El Cid de Guillén de Castro sobre  “sostenella y no enmendalla”. Curiosamente al contrario que Vilanova, quien prefirió trasladar a Busquets al centro de la defensa en lugar de empecinarse con Song.

En cualquier caso el partido fue tan cómodo que hasta hubo espacio para los cambios demagógicos –entraron Albiol, El Olvidado, y Morata , futuro jugador del Getafe- y para las buenas noticias, caso de la elegante solvencia silenciosa de Varane, que ni es tan tribunero ni tan vistoso como Pepe, pero tampoco le hace falta.

Al Norte, el difunto ni protesta. Como si un virus le comiese la carne de dentro a fuera el Athletic de Bilbao se consume a ojos vista. Bloqueado en el campo, la grada y el palco empiezan a dar miedo de tan cadavérico. Se asoma a un abismo al cual otros han caído antes porque no es un equipo pensado para la pelea que debe  empezar a pelear. El Villareal le saluda desde su futuro si no se enmienda rápido.

Algo se mueve al sur de la ciudad, decía en sus tiempos radiofónicos el gran Andrés Montes. Ayer le tocaron tres a un Osasuna que, simbólicamente, había cambiado el rojo por el gris. Hubo gol de Falcao, claro. Martillo y yunque en un solo futbolista. El Atlético ha vuelto. Que está renovado, que está encantado, parafraseando la memorable Oyendo canciones de Tarik y la fábrica de colores, que lleva los mismos puntos que el Barça, que le saca ocho a los vecinos ricos y que no ha perdido desde que Simeone jugaba o por ahí. Sí, ya se que todo odiamos a los Gil y que Cerezo es una de las nefastas manos muertas del legado del cien español, pero es que cualquiera que tenga un corazoncito futbolero de los de cuando el fútbol era grada y verdad de color verde, hoy  tiene, por cojones, que estremecerse. Aunque sea un poco.

 

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