Jorge Alonso

Napalm

NAPALM

“Cuando era un niño, me gustaba ver la magia de cada día. Pero ahora no soy más que un pobre chaval. Bueno, tal vez sea  el precio que debes pagar si encierras tus sueños, si nadie quiere escuchar”

Sister Moonshine, de Supertramp.

 

Recuerdo.

La lluvia en las ventanas del colegio, el atardecer en el autobús camino a casa, las estaciones tal y como eran, los viernes de plastilina y Sherlock Holmes, los sábados solitarios, el mundo que manejaba a ras del suelo, los juegos para uno, el rastro de la mano que no entendía, las series Anno Domine.

El mundo exterior reducido a una manzana y Radio Gaga en la ventana, los vinilos de puntillas y las carpetas detalladas, apuntes manuscritos y libros raros, una mesa de piel de reptil y dibujos a boli Bic.

La luz que anticipaba el verano, el olor de los balones manoseados, el sabor del agua fría tras el entrenamiento, el pelo corto que no me importaba, las tardes de Objetivo Birmania, el drama de Candy, los pelos de Fraguel, los lunes que odiaba.

Mafalda y galletas con mantequilla, series que ahora sé añejas, las heladas en la ventana, la oscuridad y el terror, Drácula en el armario, el infierno en los detalles, la hostia sagrada y los días de Mayo.

Sturmtruppen, Andy Cap y Robotman, El Corsario de Hierro y su espejo de Trueno, los mares embravecidos y las junglas espesas, las llanuras y las montañas que recorrí, las veces que recé, aquel sueño recurrente y la pesadilla de Los Inmortales.

Paul que tocaba el bajo, Lennon que miraba redondo y afilado, componer y dibujar sin pensar en nada, algún paseo esporádico, chándales del colegio, aire fresco, flores que se abrían, y el perro de la caja que nunca tuve.

Noches sin dormir, asfixiado sin saberlo, alergias, tratamientos experimentales, temblores y bajas justificadas, el tacto de Vicens Vives, los dibujos de la Abadía, los cuadernos de verano que anticipaban, nadar donde no cubría, atardeceres de prao y tardes de fútbol gol portero.

El día que me llevaron, el que me trajeron, el que me dijeron, aquel en el que me invitaron, ese en el que me escucharon, aquel que bailé sobre la mesa, la mañana de reyes camino del asilo, Mortadelo y un buitre enjaulado que me desternillaba.

El atractivo de Nunca digas nunca jamás que no paraba de repetir, Indiana y un corazón latiendo estremeciéndome, Nazis que se deshacen, miedo, cruces que caen por la cascada y silbar constantemente una canción para no olvidarla, el feo bailando en la cruz, Rubio alejándose con el oro y el cigarro, Lucky Luke y Jolly Jumper durmiendo mientras corre, Iznogud, la poción mágica, el sol brillar y la hierba verdear.

Las redacciones de nota, los números de nota, las charlas del tutor, el juramento incumplido al profesor, saltar y marcar con tiza, recoger manzanas, admirar hormigas, observar saltamontes, asquearme con la funda vacía de los grillos.

Los intentos de perder la inocencia, aquel atraco y aquella bofetada, el golpe de frente y las gafas clavadas, la desilusión de no necesitar puntos, correr con la mochila y el día que vino la nieve y me sacaron a verla, el gorro de lana y el olor del anorak.

Las diapositivas, los primeros vídeos, las listas a lápiz, el sistema que se quedaba anticuado, Buenavista y tardes enteras, patos del espacio, robots que gritaban estar vivos y necesitar datos, tipos musculosos que vencieron pero no me convencieron.

Aquel sol que entraba siguiendo el ángulo exacto para hacer de su pelo una aureola adorable y extraña, cambiar de mesa en clase y ser feliz, las miradas de los mayores, los cojines, los bancos, el frío, el viento, todos los caballos bellos.

Lo recuerdo.

Eso fue antes del Napalm.

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