Pablo Batalla Cueto

Pedro Olalla y el meze milenario

Si hubiera que comparar Historia menor de Grecia (Pedro Olalla, Ed. Acantilado) con uno de los platos que conforman la riquísima gastronomía griega, ése sería el meze. Sería el meze, porque el meze consiste en una interminable sucesión de pequeños platitos con aperitivos variados y sabrosos, calientes o fríos, dulces o salados, vegetales, cárnicos o marinos, desde aceitunas de Kalamata hasta queso feta a la parrilla o salchichas de carne de cerdo especiada; y así también es esta joyita literaria compuesta por ciento veintiséis capítulos de entre un párrafo y dos páginas de extensión.

La historia menor de Grecia que propone Olalla, filoheleno ovetense afincado en la Hélade desde 1994, es en realidad, puesto que Grecia y lo griego han sido a la vez el humus y la savia y el agua regadora del venerable árbol que es la cultura europea, un fascinante zapping milenario a través de la historia de Occidente, que a su vez es como decir un fascinante zapping a través de la historia del mundo, del género humano en su conjunto. Los platillos de este meze literario son pequeñas historias protagonizadas por hombres y mujeres, solos y meditabundos como en cuadros de Hopper, colocados por mor de los azares de la historia en los lugares en los cuales se fue gestando, a través de los siglos, lo que para bien y para mal somos. Esparta y Constantinopla. Valladolid y París. Pitecusa y Samarcanda. Hay capítulos de construcción y capítulos de destrucción. Hay capítulos de resistencia y hay capítulos de fracaso. Muchas, muchísimas, centenares de quemas de libros —es desolador comprobar hasta qué punto todas las tiranías que en el mundo han sido fueron invariablemente bibliófobas y bibliopirómanas—; pero también muchos, muchísimos rescates audaces, casi milagrosos, de manuscritos y códices amenazados de carbonización.

En uno de los canales en los que se detiene el zapping, en el año 362, Marco de Aretusa, con las orejas y el pelo arrancados por la turbamulta pagana, porfía en su inquebrantable fe cristiana mientras cuelga de una cuerda untado de miel y garo, pasto de miles de avispas. Un poco más allá, el general Belisario, aquejado de fiebres y postrado en su lecho, escribe una larga y apasionada carta al rey godo Totila, que amenaza con saquear y destruir Roma. «De cuantas ciudades se yerguen sobre el sol, Roma es tenida por todos como la más grandiosa y relevante. Ella alcanzó su preeminencia no de repente ni por el genio de un solo hombre, sino en el curso de una larga historia en la que emperadores y nobles, empleando sus vastos recursos y reuniendo a artistas diestros de todos los rincones del mundo, hicieron poco a poco de ella lo que tú ves ahora.», le escribe. «Pocos días después, Totila proseguirá hacia el sur dejando la ciudad intacta y desierta.», refiere Olalla al final del episodio. En otra parada del zapping encontramos, en 1653, a una de las cuadrillas de obreros que reparan los desperfectos provocados por las lluvias en la ciudad de Esmirna. Hallan una magnífica estatuilla antigua y la destruyen a pedradas, temerosos de los demonios que saben que se cuelan en los cuerpos sin alma de las estatuas y hostigan a los hombres desde ellas. Mucho antes hemos visto ya a Cirilo y Metodio inventando el alfabeto cirílico, al emperador Tai Zong permitiendo la construcción de un templo cristiano en la gigantesca capital del imperio chino, al enamorado Dioscórides inmortalizando a la bellísima Dorís en un espléndido poema en el año 210 antes de Cristo. Más tarde, Eugène Delacroix pintará en su estudio de París Grecia expirante entre las ruinas de Mesolongui; una asamblea constituyente se reunirá en un limonar junto a las ruinas de la antigua Trezén para proclamar la constitución de la nueva Grecia independiente del despotismo otomano y abolir la esclavitud; y el cónsul español Romero Radigales hará todo lo humanamente posible por salvar a los judíos sefardíes de Salónica de la deportación a los campos de exterminio nazis. El primer capítulo de Historia menor de Grecia tiene lugar en las costas de Jonia Oriental, en el mar Egeo, en el año 750 antes de Cristo y está protagonizado por Homero; el último, en la isla italiana de Ischia en el año 1955, por el arqueólogo Giorgio Buchner.

Como el queso feta o las aceitunas de Kalamata, Historia menor de Grecia deja tras de sí un regusto agradable, pero a la vez amargo, latiendo en el paladar del comensal. En su cabeza tal vez resuene, ligeramente retocado, aquel poema de Ángel González: «Para que nuestro ser pese sobre el suelo fue necesario un ancho espacio y un largo tiempo. Solsticios y equinoccios alumbraron con su cambiante luz, su vario cielo, el viaje milenario de la cultura y la libertad trepando por los siglos y los huesos. De su pasaje lento y doloroso, de su huida hasta el fin, sobreviviendo naufragios, aferrándose al último suspiro de los muertos, nosotros no somos más que el resultado, el fruto, lo que queda, podrido, entre los restos: esto que veis aquí, tan sólo esto: un escombro tenaz, que se resiste a su ruina, que lucha contra el viento, que avanza por caminos que no llevan a ningún sitio. El éxito de todos los fracasos. La enloquecida fuerza del desaliento.»

Anuncios

Un pensamiento en “Pedro Olalla y el meze milenario

  1. Pingback: «El humanismo ha sido siempre una actitud de resistencia frente a la barbarie» Entrevista a Pedro Olalla | NEVILLE

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s