Pablo García Guerrero

La guerra que viene. Sporting 0, Sabadell 0

Grégory consuela a Mandi (Foto de E.C.)

El gasto en material antidisturbios aumentará un 1.800 % en los próximos cuatro años, por un importe de más de diez millones de euros. Se incluyen escudos, máscaras, chalecos y disuasorias pelotas de goma, a noventa céntimos la unidad (un ojo menos por lo que cuesta un café en la cantina de la comisaría, pinchu aparte).

En El Molinón los policías están en un banquillo, a la derecha del equipo visitante, allí sentadinos todo el partido, que a veces les cae un balonazo cerca y alguno dice por la grada: «¡Casi!». No hay mucha tarea, porque el personal se controla, y no suele pasar de hacer bolas con la Hoja Rojiblanca y apuntar al linier («¡Toma!»). El linier español, describimos, es calvo, arañón, cara chupu, paticorto, palillu y cegaratu. No suele conocer bien la mecánica de su trabajo. Los traen de fuera, como a los antidisturbios. Su jefe, por lo general, tiene pelo, pero también desconoce su trabajo, y es más vengativo, chulesco, caprichoso, como un toletazo en el lomo. Así que la policía, esquivando balonazos, está para que el calvo y su jefe puedan ejercer su chulería sin recibir el castigo que pide la grada, que, llegados a un punto, pasa a consistir en sangre, porque siempre los hay que, en vez de a la bola de papel, echan mano al mechero o al botellín de agua mineral pa con les pipes. Y le abren una brecha en la calva y hay multa y tienes que ir a jugar a León.

Cuando hay tangana (¿tángana, tanganá?) entre jugadores, la policía no se mete: aparecen utilleros, entrenadores de porteros, porteros suplentes, el delegado del equipo, algún señor mayor y uno de pelo largo ensayando una patada voladora con las botas de tacos, y los nacionales se quedan cerca pero no sacan el tolete; y ya luego, si acaso, hacen un cordón para que no salten del todo los aficionados que tienen medio cuerpo fuera de la valla, el cuerpo en un ángulo de noventa grados, brazos estirados gesticulando, la cara un gruñido animal, ojos fuera de las órbitas, y el guaje al lado comiendo pipes: «¿Qué pasa, güelito?». Ayer no hizo falta, pero en esta división se sabe (y ahora lo recordamos) que a los árbitros se les va el asunto de las manos con más frecuencia que en Primera, con más alevosía, porque el «colectivo arbitral» es infame en su profesionalidad, siniestro, oscuro y, como en otras divisiones de la vida, ni imparte justicia, ni conoce su trabajo, ni trata al currante con respeto, que el respeto lo dan la porra o la pelota de goma.

El Estado, pues, se prepara para una guerra, haciendo acopio de material. Quizá los yayoflautas, los desahuciados, los parados, los dependientes y los jóvenes en paro (jóvenes, a secas) deban ir preparándose también, recolectando adoquines, ramas, botellines de agua mineral o bolsas de pipas. Y como en Segunda abundan los arbitrajes deleznables (el de ayer, pérfido y sibilino, y en la grada, de hijoputa pa’arriba), también El Molinón debe ir haciendo acopio de material: no proyectiles, pero sí esa presión de las temporadas de antes de subir, presión al árbitro y presión al rival, un cuerpo vivo que hace fuerza, músculo, ojo desorbitado y ¿qué pasa güelito?, no contra la derrota o el empate a cero, sino contra la arbitrariedad, la injusticia y la chulería. Porque esos arbitrajes, además de al personal, también alteran al jugador, que no sabe de dónde vienen las hostias, ni qué artículo del reglamento se saca de la manga, ni por qué eso es falta y «la de antes no la viste, ¿eh?, no la viste la de antes, ¿eh?, calamidad».

Lora lamentándose ante el árbitro. (Foto de E.C)

Claro que ayer el Sporting no empató por culpa del árbitro, pero sí influyó, al menos, en su ánimo, más confuso. También le faltaron alternativas de ataque, demasiado por el centro (elegante Trejo), en lugar, quizá, de tirar de las bandas, adonde se fue acercando tímidamente Lora en la segunda parte y de donde Canella (muy bien) sacó varios centros que, esta vez, fueron al lugar en el que habitan los delanteros, que casi. Y le sobraron esas ganas de ganar tan suyas que, como con las chicas, dizque gustan más de la discreción y la delicadeza, y no ir allí, en un desmelene, a partirse la camisa invitando a cacharros y ofreciendo puños al que se acerque al corral (dizque, que uno de eso ni tiene máster ni puños que ofrecer), porque a ese desmelene del ataque del Sporting, aun emocionante, le faltan el poso, el temple y el corte de pelo del ligón, que sabe que al final la rubia cae, y no tiene que encomendarse, como el Sporting, a que resbale el defensa, a que el linier esconda el banderín o a que surtan efecto en la rubia (o en la otra, oíste) los Caneis de la cena o el ritmo chamánico de la bachata.

Estamos mejor, gusta el equipo y seguro que irá a más, pero un punto no es nada y seguimos lejos del ascenso. Hay que armarse, pues, frente a la guerra de Segunda, que será larga, dolorosa y violenta. Nos van a caer arbitrajes y hostias, pero aquí sólo sube el que las sepa devolver.

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