Rubén Paniceres

Las balas perdidas del cine. 50 años con The Rolling Stones

La que, posiblemente, sea la más longeva banda de rock en activo, The Rolling Stones, cumple 50 años de carrera musical. Docenas de canciones legendarias constituyen su legado. Sin embargo, se suelen olvidar sus incursiones cinematográficas. El grupo, aunque carece de una filmografía que haya calado en el gran público —a diferencia de otras bandas como The Who o  The Beatles—  ha sido filmada por autores de la categoría de Jean-Luc Godard, Martin Scorsese o el mítico fotógrafo y documentalista Robert Frank. Aprovechamos su aniversario para comentar algunas de las aventuras de sus satánicas majestades en el séptimo arte.

One Plus One

Obviando alguna propuesta algo descabellada, como la proposición de Brigitte Bardott para que coprotagonizaran un film con la estrella europea, el primer proyecto cinematográfico fue ser dirigidos, en 1966, por Nicholas Ray en  una película que se llamaría Back, Behind and in Front. El deterioro del cineasta americano, que estaba en una espiral de adicciones que daría al traste con su carrera, convenció a un receloso Mick Jagger de la inviabilidad del film, que sería abortado sin llegar a rodarse ninguna escena.

Será en junio de 1967, mientras los Stones graban su LP Beggar’s Banquet, cuando logren involucrar al destacado cineasta de la nueva ola francesa Jean-Luc Godard para que los filme en un documental que tendría como título de rodaje One Plus One. Desmitificador de los géneros cinematográficos y deconstructor del relato fílmico tradicional, el realizador suizo utilizó a los Rolling como un mero soporte para un film de agitación y propaganda, donde radiografiaba, en su personal e intransferible estilo, la nazificación de la civilización occidental  y la inminencia de la revolución armada que tendría como punta de lanza a las minorías raciales —los panteras negras norteamericanos— y como banda sonora el Simpathy for the Devil que los Stones grababan para su disco.

La participación del grupo se  centraba en la grabación en estudio (el cual llegó a incendiarse, por culpa de la iluminación de los focos instalados por Godard para la filmación) de la citada canción. Ese aspecto es el más interesante del film. Godard documenta el proceso de búsqueda del sonido adecuado por parte de los músicos, sus ensayos, la evolución del tema, desde un inicial blues pesado, recorriendo distintas fases, hasta arribar al himno satánico que desvela el trasfondo siniestro de los tiempos modernos. Observamos a un Brian Jones en las grabaciones aislado del  resto del grupo —pronto lo abandonaría o más bien lo expulsarían— y cómo desaparece sin dar ninguna explicación. También descubrimos a Keith Richards convirtiéndose, poco a poco, en el guía musical para el resto de la banda y, en definitiva, la apariencia de tribu primitiva que ostentan los Stones, sus chicas y colegas varios, cuando entonan los selváticos coros de la canción. El resto de la película es un Godard empachado por la falacia maoísta, con escenas tan disparatadas como la lectura del Mein Kampf de Adolf Hitler en el interior de un sex shop o la captación de Anne Wiazensky —la entonces esposa del realizador— dedicándose a hacer pintadas subversivas por todo Londres y a soltar arengas sobre la cultura, la revolución, la acción directa y la «cuadratura del circulo», que con Godard nunca se sabe.

El film se resuelve de modo épico e intenso con un grupo armado de Black Panthers ejecutando a mujeres blancas, mientras la pantalla se convierte en un collage de colores pop, acompañados por la canción de los Stones. Después de todo, un Godard, aunque sea en horas bajas, siempre es sobresaliente. Lamentablemente, hubo disputas con la empresa productora, porque el realizador no quería incluir la canción completa en la película. Sin embargo, la copia internacional, que adquirió el título de Simpathy for the Devil,  no respetaba las intenciones del autor de Pierrot, el loco, y éste llegó a liarse —literalmente— a bofetadas con el productor. Keith Richards resumió con humor el extraño interludio del genial cineasta suizo con los Rolling, al afirmar que posiblemente Godard había fumado un porro que le había sentado mal. Algo mosqueados por el resultado del affaire con Godard, los Stones decidieron producir ellos mismos un espectáculo para la televisión que pretendía aunar los sonidos del rock con el espectáculo circense. El proyecto se llamaría,apropiadamente, Rock and Roll Circus.

Algo más que un Rolling Stone

Entre el 11 y el 12 de septiembre de 1968  se filmarían bajo la supervisión de Michael Lindsay Hogg —director del Let it be de los Beatles— las actuaciones de los Rolling Stones en el teatro Roundhouse. También se rodarían  números musicales  que interpretaban artistas y grupos como Taj Mahall, Marianne Faithfull, Jethro Tull, The Who y un grupo sorpresa, The Dirty Mac, que agrupaba a John Lennon, Eric Clapton, Keith Richards, el batería Mitch MitchellYoko Ono. Entre actuación y actuación musical se alternarían equilibristas, malabaristas, comefuegos y demás parafernalia del mundo del circo, siendo presentados por los distintos miembros de los Rolling, ataviados como si fueran a una fiesta de carnaval. El resultado no fue el apetecido por la banda. Su performance carecía de la fuerza adecuada. Jagger canta Simpathy for the Devil y efectúa un tímido striptease en el que muestra su cuerpo cubierto por un tatuaje transitorio de la efigie del señor de las moscas. Se buscaba la transgresión. Pero sólo asistimos a la charada de un muchacho algo bajito, que pretende ser provocador de la manera más naïf. La escena se clausura con los Rolling interpretando, en play back, Salt of the Earth, mientras un grupo de invitados (entre los que se encuentran John Lennon, Yoko Ono y miembros de los Who) bailan como desorientados derviches; resulta bastante patética. Para más inri, los otros artistas del evento destacaban más que los Stones. Sobre todo los Who, que brindaban una volcánica interpretación de su tema A Quick One, que insuflaba de hercúlea energía la pantalla. Un descontento Mick Jagger prohibiría la emisión del especial, que tuvo que esperar hasta el año 1996 para su exhibición en salas cinematográficas y su posterior edición en vídeo.

No más afortunada fue la filmación —a cargo de Leslie Woodhead y Jo Durden Smith— en 1969 del concierto homenaje al fallecido Brian Jones en Hyde Park. Acontecimiento que se pretendía histórico, con una estrambótica puesta en escena que incluiría a grupos de danza africanos moviendo el esqueleto al compás de Jagger, lecturas de poemas de Shelley y el desparrame de miles de mariposas blancas. Por desgracia, la mayoría de los lepidópteros ya estaban muertos antes de que los sacaran de sus jaulas. En igual medida, el concierto ya nació muerto y muestra a un grupo bastante perdido que intenta recomponerse con su nuevo guitarrista, Mick Taylor, que exhibe una cara de desconcierto absoluto —nunca fue en realidad un Stone— cada vez que dirige la mirada hacia su entorno. En algunas escenas se ve a algunos Ángeles del Infierno en su versión londinense. Esa infame agrupación en su vertiente transoceánica tendría mucho que ver en la siguiente singladura cinematográfica de los Rolling: Gimme Shelter.

Lo imposible

El éxito del festival de Woodstocken el 69 registrado por Michael Wadleigh en un colosal largometraje de más de tres horas de duración, y que aún no había sido estrenado pero del que todo el mundo hablaba con expectación, llamó la atención del grupo. La idea era celebrar un concierto en la localidad californiana de Altamont,  que contaría, ademas de con los Stones, con la presencia de otros artistas como Santana, Jefferson Airplane o Crosby & Stills & Nash & Young, entre otros. El evento sería filmado por los prestigiosos documentalistas David y Albert Maysles y Charlotte Zwerin, con la intención de distribuirlo el 15 de marzo de 1970, un mes antes del anunciado estreno de la película Woodstock. Por recomendación de Jerry García, miembro del grupo Grateful Dead, que estaba previsto como otro de los participantes en el festival, se encargó la seguridad del concierto a los Ángeles del Infierno, agrupación de moteros que solían ejercer de servicio de orden en los conciertos de musica rock.

Es difícil comprender cómo la generación de las flores de la paz podía codearse con los violentos y neofascistas Hell’s Angels. Pero así eran las cosas en aquellas épocas en las que la coherencia brillaba por su ausencia. Evidentemente, la cosa no podía terminar bien. Una audiencia completamente saturada de todo tipo de drogas —speed, ácido, anfetaminas, marihuana— a las que acompañaban con litros de vino y cerveza, acudió a ser amontonada como sardinas en lata frente al escenario. Los Ángeles trataban a patadas y bastonazos a todo el mundo e incluso llegaron a atacar a  algunos de los artistas participantes. Marty Balin, solista de los Jefferson Airplane, fue rudamente apaleado por los brutales jinetes de la autopista. La situación estaba tan cargada que los Grateful Dead, avalistas de los energúmenos de las motocicletas, decidieron huir por la derecha y abandonaron el concierto sin tocar. Para cuando les llega el turno a los Rolling, el panorama es desolador. Una auténtica noche de Walpurgis, con una excitada multitud absolutamente descolocada o demasiado «colocada». Decenas de peleas entre la gente. Y los implacables Ángeles del Infierno golpeando a diestra y siniestra por el motivo más nimio —por ejemplo, que alguien rozara sus motos—. Las cámaras de los Maysles, un equipo mucho más reducido del que dispuso Wadleigh para su Woodstock, recogen de manera inconexa los acontecimientos. Nos enteramos más de lo que pasa por las expresiones de preocupación de los Stones a medida que avanza la actuación que por las imágenes. La impotencia y el miedo que gradualmente se van apoderando de Mick Jagger, que intenta dialogar, infructuosamente, con el público para que se calme, el cabreo de Keith Richards, quien llega a amenazar a un Ángel para que se detengan las palizas, recibiendo a cambio un insulto fuera de cuadro; o la escena clave, cuando fugazmente se ve a un muchacho afroamericano, Meredith Hunter, esgrimiendo una pistola —luego se descubriría que estaba descargada— y cómo es apuñalado por los motoristas ponen de manifiesto el monumental caos que preside el concierto. Hay un momento en  que la situación es insostenible y los Stones acaban precipitadamente el concierto y son evacuados en un helicóptero. En otra escena, Jagger contempla en la moviola lo que ha sucedido y sólo sabe balbucear un estéril pesar. Los planos finales muestran el paisaje después de la batalla en el prado de Altamont, con una legión de jóvenes vagando perdidos como supervivientes de una guerra cruel, mientras se escucha el tema stoniano Gimme Shelter («Dame refugio»). Cuatro muertos y decenas de heridos fue el balance de Altamont y el toque de las campanas que indicaban que el sueño del verano del amor había terminado.

Rock de arte y ensayo

En el 72 los Stones graban uno de sus mejores discos, el rugoso Exile in Main Street; las fotografías de la cubierta fueron obra de Robert Frank. Éste fue también el encargado de filmar la gira del disco que hizo el grupo por Estados Unidos. Frank pretendió hacer un reportaje de cinema vérité, más interesado por retratar la trastienda de la vida de los músicos que por registrar sus actuaciones en directo. Los Rolling le dieron permiso para que filmase todo lo que quisiese e incluso colaboraron filmando ellos mismos algunos planos con cámaras portátiles, prestadas por Frank. La película se debería titular Cocksucker Blues y en ella se recogía a los Stones esnifando cocaína, montándose orgías con las groupies —las jóvenes que acompañaban como chicas para todo a las estrellas del rock— e imágenes turbadoras como la que muestra a una muchacha metiendose un chute de heroína en el cuarto de baño.

Asustados de si mismos como un Dorian Grayque contemplara su vero retrato, los Rolling decidieron archivar la película, que además fue víctima de una sentencia judicial por obscenidad. En sustitución del proyecto de Frank se estrenó, en 1974, Ladies and Gentlemen: The Rolling Stones, dirigida por Rollin Binzer, una ilustración muy estereotipada de la citada gira de Exile. Hubo que esperar hasta el año 2008 para que Cocksuscker Blues fuera exhibida en el MoMA de Nueva  York, consiguiendo su aceptación oficial, después de una larga reputación como película de culto, que provocó la admiración del novelista Don de Lillo o el cineasta Jim Jarmusch, quien  juzgó Cocksuckers Blues «como una de las mejores peliculas sobre el rock and roll que se hayan hecho».

A partir de ese momento no hay trabajos cinematográficos protagonizados por el grupo, dignos de mención. En 1981, Hal Ashby impresiona su gira por los Estados Unidos para una película titulada Let’s Spend the Night Together, título sólo remarcable por su fealdad visual. Habría que esperar al siglo XXI para que los Rolling tuvieran una ultima oportunidad para plasmar su película canónica para la posteridad.

Es sólo rock and roll, pero me gusta

El intento se llamó Shine a Light (2008)  y el principal aliciente es que sería dirigida por Martin Scorsese, quien filmaría una actuación benéfica del grupo en Nueva York. El realizador de Taxi Driver había mantenido en toda su carrera un idilio con la música y canciones del grupo británico. Hay escenas inolvidables en Malas calles, Uno de los nuestros o Casino que tienen como ambientación sonora los temas de los Stones. Por otra parte, Scorsese es una figura muy cercana a la cultura rock. Fue ayudante de dirección y asistente de montaje en el Woodstock de Wadleigh, y había filmado soberbios documentales sobre The Band, The Last Waltz (1978) o sobre Bob Dylan (No Direction Home, donde integra su universo personal en la mitología dramática y marginal del rock and roll).

Una canción de los Stones titulada Time Waits for No One («El tiempo no espera a nadie») podría ser el resumen de Shine a Light. Scorsese trata de crear un suspense en los compases iniciales del film, rodados con nerviosos movimientos de cámara que transmiten la tensión que se origina al no saber cuál va a ser la canción con la que los Stones iniciarán el concierto. Pero después de esa intrigante obertura, todo se reduce a una trivial filmación, más o menos competente, de los diversos números musicales. Se intenta crear cierta ironía al intercalar viejas filmaciones en las que se nos muestra cómo los bienpensantes conceptuaban a los Stones como unos enemigos públicos. O un Keith Richards absolutamente drogado, entrevistado en la tele, comentando que se siente completamente recuperado. Todo eso contrasta con los envejecidos Stones del presente, capaces de compartir escenario con plastificadas estrellas pop como la nefasta Christina Aguilera, sin que se les arrugue la ceja. Los jóvenes músicos que hicieron de su vida una bacanal de pordioseros, ahíta de placeres prohibidos y paraísos artificiales, los mismos que denunciaron la insatisfacción de la juventud y fueron la peor pesadilla de los padres con hijas en edad de merecer; aquellos que un día alabaron a Lucifer, cantaron al estrangulador de Boston y desafiaron, como rudos combatientes callejeros, a los caballos salvajes, han devenido con el paso de los años en unos provectos aristócratas de la industria del entretenimiento, a los que el ex  presidente Bill Clinton puede presentar a su anciana madre sin que se le despeine el flequillo. No deja de ser cómico que la abuela de Clinton reciba un afectuoso abrazo de Ronnie Wood, con lo que la buena señora cree estar en la gloria. Sí, los años no pasan en balde y tal vez tenía razón el pintor Peter Blake cuando dijo que con el tiempo los Stones serían adorables como ositos de peluche.

Bueno, los niños adoran a los osos de peluche, luego los Rolling Stones siguen siendo una banda que goza del favor de los más jóvenes. Es sólo rock and roll, pero nos gusta.

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