Pablo Batalla Cueto

Historia de una bomba. El príncipe derviche, de Xandru Fernández

El príncipe derviche, que Xandru Fernández (Turón, 1970) presenta el próximo jueves 8 a las 20.00 en la librería La Buena Letra, de Gijón,habla de Burbur.

Burbur se llamaba Tuone, Tuone Udaina; o Antonio Udina, en italiano. Lo llamaban Burbur porque era barbero. Un barbero pobre, pobrísimo, paupérrimo, anónimo, rotundamente anónimo como un pelo más en la inmensidad capilar de una frondosa barba decimonónica. Tuone nació y vivió toda su larga vida en una de las diminutas islas que salpimentan la costa croata. La islita hoy se llama Krk y entonces se llamaba Veglia. Tuone falleció en 1898 al pisar una mina.

Tuone Udaina es uno de los miles de millones de donnadies que son los ladrillos de la gigantesca pero invisible pirámide que don Miguel de Unamuno llamaba «intrahistoria»: la historia de los que no tienen historia. Una historia de barberos, de pescadores, de panaderos, de carpinteros, de labriegos; la historia olvidada y ágrafa que camina, mansa, sigilosa, mientras los héroes reconocidos forjan las gestas que copan los libros. Sin embargo, el bueno de Tuone tiene su propio artículo en Wikipedia: en ocasiones, a alguno de esos donnadies les sucede algo que logra catapultarlos al estrecho olimpo de la luz y los taquígrafos. Tuone Udaina obtuvo sus quince minutos warholianos de fama muriéndose como el último hablante de la lengua dálmata.

En cualquier caso, el artículo es escueto. Como si se tratase de un elefante al que se matase con el único propósito de extraer su marfil, sin preocuparse de aprovechar el resto del paquidérmico cadáver que se deja para pasto de los buitres, de Tuone no interesa en absoluto el propio Tuone, sino tan sólo una minúscula parte de su anatomía: su lengua. Nació en tal y murió en tal. Fue el último hablante de. Punto. Apenas tres líneas.

Hay quienes ubican el oficio de escribir en el inverosímil campo de las ingenierías. Lo llaman «ingeniería literaria», y explican que un texto, cualquier texto, es un complejísimo entramado, no menos peliagudo que un viaducto o un puerto, en el que cada letra, cada punto, cada coma, ocupa un lugar preciso y no podría ocupar otro, porque, si lo hiciese, el edificio se tambalearía y se vendría abajo. Es una comparación atinada, pero pueden hacerse otras. Un escritor es, también, algo así como un horticultor. El buen escritor es capaz de agarrar una diminuta semilla —una hoja que vuela, un pájaro que trina, una nube que pasa, un artículo escueto de la Wikipedia—, plantarla en el lugar adecuado, bajo las condiciones adecuadas, en la estación adecuada, regarla convenientemente, y hacer así brotar de ella un hermoso y enorme árbol.

Xandru Fernández es un extraordinario horticultor. Xandru Fernández plantó en el humus fecundo de su imaginación multipremiada el antedicho artículo de la Wikipedia —o cualquier otro artículo igualmente escueto— sobre Tuone Udaina, y ha logrado hacer brotar a partir de ella una subyugante novela titulada El príncipe derviche, que ha sido galardonada con el XXXII Premiu de Novela Xosefa Xovellanos. Xandru, uno de los autores más felizmente prolíficos de la literatura en asturiano, ya obtuvo el premio en dos ocasiones anteriores, con El club de los inocentes (1993) y El suañu de los páxaros de sable (1999).

La condición de literato también tiene algo que ver con la mecánica. Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo, decía Arquímedes. A partir de este exiguo punto de apoyo, a partir de Burbur, de la pequeña cabaña del viejo Burbur en la pequeña isla de Veglia, Xandru ha sido capaz de levantar un pesado cajón de sastre en el que caben oscuras conspiraciones anarquistas; voluptuosas leyendas otomanas; una onírica manada de niños que no crecen; una Casa Grande; un coño húmedo y caliente (con perdón); la vibrante Viena de preguerra; el apacible paso del río Ljubljanica por Ljubljana, la capital de Eslovenia; la tortura policial y no policial; alguna que otra reflexión filosófica —Xandru es profesor de filosofía—, y también un escurridizo acertijo: «¿Cuál es la única idea que, multiplicada por infinito, da cero?». El lenguaje es plástico y certero. El tono general, como de ensoñación, como de sombras tras una fina neblina de humo de opio en un lúgubre fumadero. La idea directora, el núcleo de todo, el dolor humano.

Al final, lo de menos, aun siendo mucho, es el pobre Burbur. Pero el que avisa no es traidor;  la sinopsis es suficientemente elocuente en ese sentido: «El 10 de xunu de 1898, na islla de Veglia, actualmente Krk, morría Antonio Udina Burbur, por aciu de la esplosión d’una bomba anarquista. Antonio Udina Burbur yera l’último ser humanu capaz de falar en llingua dálmata. Esta novela nun trata de Burbur nin de la llingua dálmata. Esta novela ye la historia d’esa bomba».

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2 pensamientos en “Historia de una bomba. El príncipe derviche, de Xandru Fernández

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