Pablo Batalla Cueto

La generación oca. El lenguaje de las cosas, de Deyan Sudjic

En 1946, el arquitecto italiano Ernesto Nathan Rogers hizo una llamativa proposición en un artículo publicado en la revista Domus. Decía Rogers que era posible, a partir de la observación y análisis de una simple cucharilla de café, deducir con razonable tino cómo diseñaría una ciudad entera la sociedad que había producido tal utensilio.

«Nuestro móvil, nuestro ordenador, la alfombra del salón o el flexo bajo el que trabajamos cuentan una historia sobre nosotros», reza la sugerente sinopsis de un curioso librito escrito por Deyan Sudjic, director de la Design Museum de Londres: El lenguaje de las cosas.

El lenguaje de las cosas es un alegato, y es una llamada de atención. Es un alegato, una reivindicación de lo pequeño, porque Sudjic osa preguntarse si tan grande es, en verdad, la zanja que separa el arte del diseño. Si no habrá, realmente, tanta sensibilidad, profundidad artística y elocuencia sociológica en un Bentley, o en el uniforme de un carabinieri italiano, o en una bicicleta Moulton, o en un billete de cincuenta francos suizos, como en un cuadro de Mondrian. Y es una llamada de atención, que comienza ya en la primera página del libro, con una introducción titulada «Un mundo inundado de objetos», porque incluye afirmaciones como: «Somos una generación nacida para consumir, igual que esas ocas a las que se atiborra de grano hasta que les explota el hígado, para luego hacer foie-gras.» Sudjic ama y teme a la vez los objetos significativos que disecciona en esta peculiar historia del diseño.

La voz es, ciertamente, autorizada: Sudjic, antes de ocuparse de la Design Museum, fungía como crítico de diseño en el periódico dominical británico The Observer. Tal desempeño ha dejado en su prosa un dejo de audacia y humor mordaz que la hace muy atractiva. Sudjic dirige su máquina de rayos-X hacia las colas de fans acampados a las puertas de las tiendas de Apple a la ansiosa espera del último gádget de moda; o ubica su microscopio sobre el aspecto como de carita de mascota feliz de la delantera de un Twingo, o sobre un Citroën o un Volkswagen en busca de la idiosincrasia de las naciones francesa y alemana que habitan en sus diseños, pero no ofrece la memoria de resultados escrita en una jerga profesional ininteligible, sino que alcanza un tono divulgativo que la hace, como diría Juan Cueto, «apta para todas las dioptrías». Lo democrático del acceso al libro, al fin y al cabo, bebe del hecho de que no habla de hechos remotos, disquisiciones elitistas o particularísimas frikadas, sino de los cachivaches que nos rodean cada segundo de nuestras vidas. El lenguaje de las cosas es una sociología del flexo, una filosofía de la sartén, una teoría del reloj de pulsera, una dialéctica de la silla. El ambicioso escaneo abarca ovnis tan dispares como la moda juvenil de llevar los pantalones caídos, al modo de los presidiarios a los que no se permite portar cinturón para que no lo utilicen como látigo, o los diferentes diseños militares «nacionales» de camuflaje que, en vez de camuflar, distinguen a los ejércitos alemán, estadounidense, británico y sirio. Sudjic explica nuestro universo entero y a nosotros mismos diseccionando unas gafas de sol.

Lo que hace Sudjic es, en suma, algo así como arqueología del presente. Operando de manera muy parecida al arqueólogo prehistoriador al uso que es capaz de, a partir de un minúsculo huesecillo del oído o de una pieza de sílex, inferir los comportamientos socioeconómicos de una sociedad entera, Sudjic ejerce una suerte de «hodiología» (de hodie, «hoy» en latín) que se sirve de un puñado de artefactos guía para hacer lo propio: escarbar en las honduras psicológicas de la comunidad humana que los ha creado y poseído. La hodiología es más fácil que la adheriología (de ad heri, «ayer»), porque posee muchos más elementos de juicio sobre los que edificar sus análisis: valgan para demostrarlo las setenta y cinco imágenes en color de los más variopintos cachivaches que apoyan el texto de El lenguaje de las cosas. Pero es a la vez más difícil, porque tanto Sudjic como sus lectores estamos dentro de la casa-presente que pretendemos contemplar desde fuera, a una cómoda distancia. Somos el perro que gira intentando morderse su propia cola o el niño que, delante del escaparate de la tienda de televisores, mueve ridículamente la cabeza intentando mirar a la vez la televisión en la que sale y la cámara que le graba.

Esa dificultad superada con éxito es, exactamente, lo que más loable hace a El lenguaje de las cosas. Es una radiografía nítida. Sudjic emula a Bruce Lee en aquel famoso anuncio con el eslogan «Be water my friend» al explicarnos que somos la silla sobre la que nos sentamos y el coche que conducimos.

El resultado es tan estimulante que uno se pasa una semana escrutando atentamente cada objeto que le rodea, contemplando en perspectiva isométrica y caballera cada pinza y cada cepillo de dientes que encuentra, a la busca de su rostro reflejado. Es, sí, uno de esos libros que, como los aviones, dejan estela al pasar.

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