Paula Corroto

Un retrato electoral en extinción

En 1968 Norman Mailer escribió para la revista Haarper’s algunas de las mejores crónicas sobre la convención republicana y demócrata de Estados Unidos. Ahora se publican en español en el libro Miami y el sitio de Chicago

Acodado en la barra del bar del hotel, Norman Mailer apura su cuarto whisky. Es la primera semana de agosto de 1968 y el periodista ha sido enviado por la revista Haarper’s a Miami para cubrir la convención republicana en la que saldrá elegido Richard Nixon como candidato a presidente de Estados Unidos. Lo que ve a su alrededor le entristece y le produce al mismo tiempo cierta gracia. «[Nixon] ha pasado de ser un mal actor a un actor sorprendentemente bueno», escribe en una de sus crónicas con cierta socarronería. Semanas después se encontrará en un paraje parecido, pero esta vez en la convención demócrata, en Chicago, donde será elegido el candidato Hubert Humphrey. Una elección que coincidirá con manifestaciones de hippies y yippies, y que le producirá escozor de estómago. Mailer, como periodista, escritor y ciudadano, nunca había negado que los demócratas eran los suyos y sabía que el rival elegido jamás vencería a Nixon, por muy malo que éste fuera. Humphrey era entonces el vicepresidente de Lyndon B. Johnson, al que el periodista despreciaba. Era el hombre del partido, la marioneta, y Mailer sabía que había nacido para perder. Ponme otro whisky y me voy a la casa de Hugh Hefner [dueño de Playboy], escribirá al final de uno de sus textos. La solución final cuando desaparece el entusiasmo.

La grandeza de las crónicas sobre ambas convenciones escritas por Mailer en 1968 y que aparecen ahora en España recopiladas en el libro Miami y el sitio de Chicago (Capitán Swing) está precisamente en la nula equidistancia que el periodista establece frente a los acontecimientos. El sentir, el respirar, la opinión de Mailer está en cada uno de los párrafos descriptivos sobre Miami o Chicago, o sobre los candidatos que se presentan. Y está sin faltar a la objetividad y sin convertirse en un comisario político más, enfermedad que hoy padecen muchos cronistas políticos. «Si no lo hubiera hecho así, hubiera sonado falso, ya que todo el mundo sabía que Mailer era demócrata. Por otro lado, un hecho como la campaña electoral es imposible fingir que no te interesa. Él humaniza el periodismo y eso es algo que ahora falta. Él era capaz de salirse de las obviedades y escribir los negros son unos pesados. El problema en el periodismo de ahora es que alguien critique, escriba con intención», cuenta Antonio García Maldonado, traductor de este libro.

Mailer en Miami

De Miami lo primero que nos hace saber el autor de Los ejércitos de la noche es que estamos ante una ciudad wasp (blanco, anglo-sajón y protestante). Este lugar «es la capital materialista del mundo», escribe. El mejor escenario para que se reúna el partido republicano, «el partido del conservadurismo y los principios, del éxito empresarial y austeridad, el partido de la higiene, la limpieza y el presupuesto equilibrado» que, sin embargo, como bien hace notar Mailer, «se daba un estilo de vida de sultán», con la llegada en coches de lujo, su alojamiento en hoteles de cinco estrellas y jets privados. La recua que rodea a los candidatos Ronald Reagan, Nelson Rockefeller, George Romney (sí, el padre de Mitt) y Richard Nixon son mujeres encopetadas, rubias, con vestido azul sin mangas. Personas de las que, con cierta distancia irónica, el periodista se apiada. Están tan lejos de sus ideas que sólo le sugieren lástima: «En su inmaculada limpieza se dejaba ver la sorda tragedia de los wasp: no habían venido al mundo a divertirse, ni siquiera para amar de alguna forma, sino para servir, y eso habían hecho en actos públicos con alguna finalidad caritativa». Los describe como esos férreos americanos puros que sólo desean recuperar la América perdida, la que sea igual que ellos. ¿Dónde podríamos encontrar hoy una crónica así, un artículo que no esté manchado por la cordial neutralidad?

Richard Nixon y George Rommey, en el centro, durante la convención republicana de 1968, en Miami

A los candidatos republicanos, Mailer les da un repaso parecido. No le incordian porque sabe que, en ese atribulado 1968 en el que han asesinado a Bobby Kennedy y a Martin Luther King, en el que triunfa en el Verano del Amor en San Francisco y el consumo de drogas, duras y blandas, ellos seguirán defendiendo la guerra de Vietnam, que, dolorosamente para el escritor, inició un demócrata. Así, el empresario Rockefeller es para él una especie de Spencer Tracy «con voz honesta, creíble, viril, vibrante, aguda, con la fuerza de un vaquero de las llanuras e inflexiones del gutural acento de Nueva York», un tipo demasiado demócrata que jamás podrá arrebatarle la candidatura a Nixon, que tiene el halo del mesías de América. Por supuesto, ni Reagan, en ese 68, ni George Romney están a la altura. Mailer también nos reproduce algunos errores de la convención que hoy serían imperdonables, como la anulación de una rueda de prensa por parte de Nancy, la mujer de Reagan. Entonces las posibles primeras damas no contaban, y mucho menos para los republicanos.

Al final de la contienda, que de refriega externa tenía poco en ese ambiente de pulcritud extrema por más que por debajo de la mesa se trapicheara con los votos de los delegados, Mailer se deja llevar por las palabras de Nixon, el inexorable ganador de la convención. Nos recuerda que es un perdedor, que no supo ganar a John Fitzgerald Kennedy en 1960, que sudó como un ciudadano cualquiera en los debates televisivos, que volvió a flaquear en 1964, pero que éste es su momento. Para la historia queda el discurso de aceptación de la candidatura, que en España no debería sonarnos extraño: Nixon habló de ese niño necesitado de Estados Unidos; ese niño que puede ser polaco o italiano, pero que ante todo es americano, que quiere una América de principios, y sí, también en la guerra, porque Estados Unidos es un país grande, el imperio del mundo. Esas palabras fueron las que triunfaron mientras, paradójicamente, medio país se colocaba en los parques y gritaba «No War». Ante el caos, el orden y Dios.

Mailer en Chicago

Aturdido, sin saber muy bien qué opinar, Mailer abandona Miami para acudir a Chicago a la convención demócrata. El paisaje que ofrece el escritor de esta ciudad es brutal. Hemos salido del brillo de las aceras a adentrarnos en un lugar donde se respira sangre, suciedad y muerte. Chicago es la ciudad de los mataderos de animales. Y el lector sabe que el cronista se encuentra cómodo allí: «Chicago era la última ciudad americana, y por eso, la gente tenía la cara tan grande, carnal como la sangre, golosa, veraz, demasiado impaciente para resultar hipócrita, enamorada del robo honesto […]. Puede que haya bestias por las calles de Chicago, pero es una ciudad honesta, sin ninguna gana de incubar psicóticos en pasillos con aire acondicionado y puertas de cristal». El mandoble a Miami y los republicanos es elegante y ejemplar.

Jean Genet y Allen Ginsberg, durante la convención demócrata de 1968, en Chicago.

Pero Mailer da muestras de que no las tiene todas consigo en esta convención. No le convencen varias razones que sí han calado en otros escritores y periodistas como Jean Genet, William Burroughs y Allen Ginsberg, con quienes se encuentra allí y que han llegado para escribir para otras revistas como Esquire. En Chicago está prevista una gran manifestación por parte de los yippies —el animal más político de los hippies—, los cuales, además del fin de la guerra de Vietnam, tienen un pronunciamiento bastante ácrata: liberalización de todas las drogas, abolición del dinero, desarme total, incluido el de la policía… Mailer comulga con los postulados, pero algo chirría. Aún no estábamos en la era de los bongós ni las batukadas, pero la concentración en el Lincoln Park de los yippies no acaba de satisfacerle, ya que los ve demasiado alejados de la causa obrera. No están lo suficientemente ideologizados. «La sociedad está construida sobre mucha gente que hiere a otra gente […]. los hippies, y probablemente los yippies, no habían identificado todavía esa esquizofrenia sobre la que está fundada la sociedad», resuelve. Y, por ello, al final, después de asistir a asambleas en el Lincoln Park y de, incluso, tomar la palabra en ellas, su conclusión es desoladora:«¿Eran estos muchachos descuidados la clase de tropa con la que uno querría entrar en batalla?». Desafortunadamente, después de leer esto, en España nos merecemos un tirón de orejas: no hemos leído nada al respecto de hechos similares (¿15-M?) más allá de la crítica sin argumentos o el aplauso acrítico del fan.

Hubert Humphrey y George McGovern durante la convención demócrata de 1968, en Chicago.

Si nos adentramos en la convención política, la actitud de Mailer tampoco entusiasma. Hay tres candidatos, Eugene McCarthy, George McGovern y Hubert Humphrey. El suyo es el primero, pero sabe que el partido no le va a dar una sola oportunidad. Los demócratas siguen dominados por Lyndon B. Johnson, y el clan Kennedy, aún muertos JFK y RFK, conforma el apparatchick de la mano del alcalde de Chicago Richard J. Daley. Se imponen los dictados de arriba, como proseguir la guerra de Vietnam. No hay ninguna cara nueva que enardezca al votante demócrata, por lo que Mailer, más que asistir a las ruedas de prensa, se conforma con seguirlas por televisión desde su hotel.

Su desánimo es mayor cuando observa la brutal entrada de la policía en Lincoln Park. Muchos manifestantes son apaleados. ¡Y han sido enviados por el Daley, el alcalde demócrata! Mailer se da cuenta de la desorientación del partido demócrata. «Desde luego, mientras lo reeleía no podía dejar de pensar en la situación actual del PSOE, que han elegido a un candidato del aparato, que fue vicepresidente y que no entusiasma», conviene García Maldonado. ¿Y dónde tenemos un Mailer para contarlo?

Miami y el sitio de Chicago, además de una excelente recopilación de crónicas políticas, es la constatación de una formad de hacer periodismo que, o ha muerto o da sus últimos coletazos. Mailer podía permitirse el lujo de pasar una semana en ambos lugares oteando y apuntando todo lo que ocurría a su alrededor. Podía salirse del carril periodístico. Podía hacer crítica. Podía terminar su jornada y tomarse algunos whiskys. Podía ir después a la casa de las conejitas de Hugh Hefner y más tarde escribirlo. Y, lo que es más importante, Haarper’s le pagaba por ello.

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