Pablo Batalla Cueto

El espíritu más libre. Maneras de ser español, de Julio Camba

Hay vidas más apasionantes que obras y obras más apasionantes que vidas. La historia de la literatura está alfombrada de insignes literatos que supieron pintar paisajes de las regiones más remotas sin salir de sus casas; y también de otros que, aun siendo razonablemente buenos, nunca fueron o nunca quisieron ser capaces de escribir una obra que superase en calidad novelesca a su propia biografía. Pocos consiguieron alcanzar el equilibrio ideal entre una vida novelesca y una novelística vital, pero haberlos haylos. Uno de ellos es Julio Camba.

Sobre la obra, baste con decir que Julio Camba es, con permiso de don Mariano José de Larra, el mejor columnista de la historia del periodismo literario español, y que el reinado de su mordacidad legendaria, de su inimitable humor sarcástico, de su regusto misántropo y de su certera capacidad para sacar punta a los más nimios detalles de la realidad abarca toda la primera mitad de nuestro siglo XX; y con un par de pasajes. Por ejemplo, éste: «Hay que ver cuando una inglesa se pone a ser fea. Es fea de un modo rotundo, fundamental y definitivo. Parece como si a lo largo de su vida hubiera ido cultivando el horror de su cara y de su cuerpo con un cuidado especialísimo, procurando no omitir ninguno de los detalles que deben constituir una fealdad perfecta». O éste: «Una nación se hace lo mismo que cualquier otra cosa. Es cuestión de quince años y de un millón de pesetas. Con un millón de pesetas yo me comprometo a hacer rápidamente una nación en el mismo Getafe, a dos pasos de Madrid. Me voy allí y observo si hay más hombres rubios que hombres morenos o si hay más hombres morenos que hombres rubios, y si en la mayoría, rubia o morena, predominan los braquicéfalos sobre los dolicocéfalos, o al contrario. Es indudable que algún tipo antropológico tendrá preponderancia en Getafe, y este tipo sería el fundamento de la futura nacionalidad. Luego recojo los modismos locales y constituyo un idioma. Al cabo de unos cuantos años, yo habría terminado mi tarea y me habría ganado una fortuna. Y si alguien osaba decirme entonces que Getafe no era una nación, yo le preguntaría qué es lo que él entendía por tal y, como no podría definirme el concepto de nación, le habría reducido al silencio».

Sobre la vida, no baste con decir que Camba fue uno de esos bons vivants que caracterizan toda una época. No baste, tampoco, con desgranar que Camba nació en Villanueva de Arosa (Pontevedra), en 1882; que a los trece años se fugó de la casa paterna y se embarcó como polizón en un barco con destino a Argentina; que en Buenos Aires se hizo anarquista y que a consecuencia de ello fue expulsado del país en 1902; que ya de vuelta en España fue juzgado por su vinculación con Mateo Morral, el ilustre ácrata que intentase asesinar al rey Alfonso XIII y a su esposa durante su desfile de boda; que trabajó en los mejores periódicos españoles de principios del siglo XX y fue corresponsal en Constantinopla, en París, en Londres, en Roma, en Berlín, en Nueva York, en Ginebra, en Lisboa; que se fue conservadurizando y acabó apoyando el golpe de 1936; que en 1949 pasó a residir en la habitación 383 del Hotel Palace de Madrid y que allí falleció en 1962; y que Manuel Aznar, director de Abc, dijo de él tras su fallecimiento que «Me llamaba director, pero a Camba nunca lo dirigió nadie. Es el espiritu más libre que jamás haya conocido». No, no baste con esto. Sea preciso echar por encima de este ya prometedor filete un par de anécdotas «cambianas» a modo de salsa, que rematen adecuadamente el plato que es la biografía de este amante de la buena mesa que escribió La casa de Lúculo o el arte de comer.

Cuentan que a Camba le preguntaban muchas veces que cómo escribía sus artículos; que cuál era el secreto, la misteriosa fórmula mágica de que se servía para sacarse de la chistera tres o cuatro pequeñas obras maestras cada semana. Y cuentan que un día, cansado del sonsonete, Camba respondió lo siguiente: «Para hacer mi artículo yo me encierro cada tarde en un cuarto con un poco de papel. Allí comienzo a hacer esfuerzos y el artículo sale. Unas veces sale fácil, fluido, abundante, y otras sale duro, difícil y escaso, pero siempre sale». Cuentan, también, que Camba era vago, un vago redomado, un artista de la vagancia, que sudaba la gota gorda para enviar a Abc sus diez artículos mensuales, y que se servía de las más creativas triquiñuelas para sortear la obligación: muchas veces, enviaba artículos ya publicados años atrás; otras, cuando tenía unas pocas más de ganas de trabajar, refreía dos o tres en uno nuevo. Cuando le preguntaban cuál era su mayor aspiración en la vida, Camba respondía: «No tener que escribir». Escribía lo justo, lo estrictamente imprescindible para pagarse sus hedonismos, fiel observante de lo que otro artista de la vagancia, conocido de quien esto escribe, llamaría «ley del 4,5» o «ley del Mínimo Esfuerzo, Un Poco Menos». Si hubiera sido rico, dijo alguien, Julio Camba no hubiera escrito ni una carta a su familia: aparte de sus artículos, sólo escribió La casa de Lúculo, y sólo lo hizo cuando Pedro Sáinz Rodríguez, que le propuso la idea, se comprometió a pagarle por adelantado. Si hubiera sido trabajador y metódico, podemos pensar, qué catedral de la literatura no hubiera salido de su pluma. Quién sabe.

Sus artículos fueron siendo recopilados, ya en vida suya, en una serie de volúmenes (Millones al horno, Aventuras de una peseta, La ciudad automática, Esto, lo otro y lo de más allá, etcétera), debidos, por supuesto, a la iniciativa de amigos entusiastas del escritor, y no al muy escasamente esperable impulso del propio Camba. La última, Maneras de ser español, se publicó en el 2006, en una hermosa edición de Ediciones Luca de Tena, pero su mismo título hace fácil deducir por qué ahora, precisamente ahora, es el momento idóneo para echarle el guante a una obra como ésa. En Maneras de ser español se aborda esa escurridiza ráfaga de viento que es el «ser de España» desde una de las dos únicas perspectivas mediante las cuales puede entenderse satisfactoriamente qué es esta nación —uloquesea— plural y tan encantadoramente irónica a veces: un pot-pourri de sarcasmo poliédrico en el que caben desde la crónica parlamentaria hasta el apunte gastronómico. La otra perspectiva es ese género de chistes en los que un español pícaro y echao p’alante supera a un inglés, un francés y un alemán, pero esa clase de chistes aún no existía en aquellos años en los que Camba escribía cosas como «El español es poco amigo de pensar, pero si piensa, no hay otro pensamiento más que el suyo», o como «Verá usted, yo creo que eso de ser español, más que una nacionalidad, es una cuestión de temperamento; que se es español como se es sanguíneo, o linfático, o bilioso».

El libro no incluye, mal hecho, la advertencia en su contraportada, por lo que me veo obligado a añadirla yo aquí. Ha de saber, amigo lector, que, cuando le hinque el diente a Maneras de ser español, descubrirá varias veces —con esto del ser de España pasa siempre— que determinadas apreciaciones críticas, denuncias del atraso, la estupidez y esas cosillas dicharacheras de este país, hechas hace más de un siglo, cuentan hoy con plena vigencia, y tal vez ello le impela a echarse a llorar o a darse cabezazos contra la pared. Pero no desfallezca. Piense que, al fin y al cabo, ese país sin ventura también fue capaz de parir a tipos como Julio Camba, y que, en consecuencia, tan malo no puede ser.

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