Rubén Paniceres

John Brunner: el futuro era esto

La editorial Gigamesh ha rescatado recientemente un pequeño clásico de la literatura de ciencia ficción, El jinete de la onda del shock, novela escrita por John Brunner (1934-1995) que, a pesar de haber sido escrita en 1975, es una descripción sorprendentemente aproximada de algunos aspectos del mundo actual. En la antología Visiones peligrosas —editada en 1967— Harlan Ellison definía a Bruner como un autor «tranquilo, pero mortal. Como una flecha impregnada en curaré, clavada directamente en la nuca». Retóricas aparte, la cierto es que el escritor británico fue considerado en su momento como uno de los representantes más destacados de la llamada New Wave (nueva ola) de la literatura de ciencia ficción anglosajona. Dicha nueva ola, también conocida como New Thing, representó una corriente de renovación en el género tanto en los Estados Unidos —con autores como Philip K. Dick, Robert Silverberg, Norman Spinrad, Samuel R. Delany, Roger Zelany, Thomas Disch o Harlan Ellison— como en el Reino Unido —con nombres como J. G. Ballard, Brian Aldiss, Michael Moorcock o el propio Brunner—, que hacían más énfasis en la especulación sociopolítica y en tratar de experimentar con la narrativa y el lenguaje literario, que en contar historias de invasiones alienígenas y óperas espaciales. En palabras de Isaac Asimov, esos autores llevaban «la marca del poeta y el artista, y traen consigo el aura de Greenwich Village y la Rive Gauche».

John Brunner comenzó su carrera en los años cincuenta con novelas que podían entrar en la categoría de lo que en el mercado de habla inglesa se denomina Space Opera. Es decir, ficciones de aventuras espaciales, con imperios galácticos de opereta y héroes de capa y espada. Se trata del típico caldo de cultivo que imbrica la aventura más tradicional con ropajes seudocientíficos y que, ladinamente, supo explotar el director George Lucas en la saga Star Wars. Dentro de esa tendencia se inscriben obras de Brunner como El altar de Asconel y otras novelas que han sido agrupadas en la saga de El imperio Interestelar. Sin embargo, la consagración vino con la llamada Trilogía del desastre, compuesta por Todos sobre Zanzíbar (1968), ganadora del prestigioso premio Hugo, Órbita inestable (1969) y El rebaño ciego (1972). En ellas, Brunner plasma un marco apocalíptico donde una sociedad del futuro, que asemeja una hipérbole de la civilización occidental, se aboca al caos originado por la superpoblación, la degradación del ecosistema y la corrupción de la burocracia política. Procesos que, como afirman Robert Scholes y Eric Rabkin, en su obra La ciencia ficción (Taurus,1982), «han rebasado las posibilidades del control humano».

En su trilogía, el autor de Las casillas de la ciudad deposita el protagonismo en un reparto coral con decenas de personajes cuyas peripecias se narran de forma fragmentada a lo largo de las novelas, las cuales no guardan nada en común entre sí, excepto la similar intención de ilustrar el probable deslizamiento hacia la entropía en un futuro cercano. Dicha técnica fue adoptada, según confesión del propio Brunner, de la narrativa de John Dos Pasos, buscando crear un macrocosmos donde lo social tuviera preponderancia sobre lo personal, tratando de retratar un mundo en el que la verosimilitud se impusiera sobre la mera fantasía. Brunner experimenta con la creación de neologismos, montajes en paralelo, collages, digresiones irónicas, inclusión de poemas y todo tipo de especulaciones sobre la técnica y la ingeniería política de un malhadado porvenir del que el autor intenta advertirnos con sus libros.

Inspirado por el ensayo de Alvin Toffer titulado El shock del futuro, la novela El jinete de la onda de shock es una obra menos arriesgada que la anterior trilogía. Por ejemplo, el repertorio de nuevos vocablos y yuxtaposiciones de palabras diferentes es más comedido que en Todos sobre Zanzíbar. El hilo narrativo está más conexionado, eludiendo la frondosa dispersión de lugares y personajes. Asimismo, el relato presenta una figura central, Nick Halflinger, un joven superdotado que cambia continuamente de identidad como si fuera Leonardo di Caprio en una película de Steven Spielberg y que, al igual que un delfín, cabalga sobre la ola del desconcierto y paranoia de un orbe hipertecnológico, avanzando siempre en la dirección correcta. Su ordalía se desenvuelve en unos Estados Unidos del futuro donde todo el mundo esta controlado por una red de ordenadores que gestionan todas las necesidades y desplazamientos de los individuos. La movilidad social y laboral es extrema, y los gobiernos invierten sumas fabulosas en la educación de futuras luminarias en todas las ramas del saber. La violencia parece estar aislada, focalizada sobre todo en tribus urbanas que se limitan a liquidarse esporádicamente entre ellos. Se construyen ciudades cada vez más perfectibles e intenta controlarse con raciocinio el gasto energético. En la superficie, parece un paraíso de las clases medias con profesiones liberales. Pero bajo ese decorado informatizado, subyace una sociedad agobiada por la corrupción política, regida en la sombra por una mafia organizada. Las ciudades ideales están completamente deshumanizadas y son lugares poco acogedores en los que vivir, lo que explica que los sujetos estén mudándose continuamente, sin echar raíces en ningún lugar. Por otra parte, esa sensación de estar continuamente registrados en todas y cada una de las actividades públicas y privadas por la red de ordenadores, los cuales observan y anotan todo lo que acontece, pero al mismo tiempo estar en la más total ignorancia acerca de cuales son las directrices que rigen el sistema, genera una inagotable fuente de malestar psicológico que se traduce en todo tipo de neurosis y trastornos de personalidad varios. Empresas privadas con estrafalarios nombres como Trauma Inc. atenderán dichos síndromes con un perverso maridaje entre el psicodrama y la terapia conductista, que más que arreglar a las personas las deja mucho peor que antes. Consúltese la divertida pagina 286 del libro, donde se describe cómo de una muestra de 100 pacientes, atendidos por Trauma Inc., han devenido una centena de sujetos afectados, entre otras lindezas, por alucinaciones, toxicomanías y un abanico de conductas delictivas que incluyen robo, piromanía, fratricidio, pederastia, etcétera.

El héroe de Brunner, Nick Halflinger, es un rebelde hacia ese estado de cosas. La mayor parte de la novela es un gigantesco flashback-fleshback, a través de un extenso interrogatorio desarrollado por Freeman, un hombre convencido de las bondades del sistema. La situación recuerda en cierta medida a El cero y el infinito de Arthur Koestler, obra donde el protagonista, Rubashov, un veterano bolchevique, es abducido a través de largas conversaciones por un antiguo correligionario convertido en su carcelero para que acepte su desviacionismo de la línea del partido y se confiese culpable de crímenes inexistentes. Análogamente, en la novela de Brunner hay un extenso combate intelectual, un choque de ideas entre Nick y Freeman, que es en cierta medida el enfrentamiento dialéctico entre la utopía y la sumisión al conformismo. La diferencia es que el vencedor será el prisionero, quien logrará clarificar aún más sus propósitos y enrolar en su visión a su inquisidor.

Sobrada en todo tipo de sucesos y aventuras, la novela de Brunner se decantará en su tramo final hacia toda una revolución. Una carente de sangre y víctimas —al menos explícitas— que se cifrará en la libertad de información. La red informática, gracias a las habilidades de Halflinger, un hacker avant la lettre, se convertirá en un soporte donde todo tipo de datos, incluso los más secretos que la abyección del poder intenta mantener recónditos, pueden ser de dominio público si alguien se conecta a la red. Todos estamos pensando en Internet, ¿verdad?. Pero recordemos: el libro tiene fecha de 1975.

La novela de Brunner es por ello pionera tanto en prever la evolución mediática como en adelantar nuevas corrientes literarias. Desde aquí apuntamos que el cyberpunk eclosiona a mediados de la década de 1980 con la obra de William Gibson, Bruce Stirling, Pat Cadigan, Rudy Rucker, Jack Womack o Neal Stephenson, entre otros. El jinete de la onda del shock es un título más optimista que las novelas de la trilogía del desastre. Si aquéllas eran negras y oscuras distopías que anunciaban el ocaso de la civilización, la novela aquí reseñada es, en cierto sentido, heredera espiritual del hálito de las clásicas utopías británicas, como las pergeñadas por Tomás Moro o el filósofo Francis Bacon. Eso se percibe en la comunidad de Precipicio, pequeña unidad de gente feliz y equilibrada, donde las personas se dedican a hacer aquello para lo que están realmente dispuestos y capacitados, de donde surgirá la chispa que traerá el cambio. Progresista de buena ley, John Brunner termina rompiendo una lanza por el espíritu humano, que es algo más que un organismo ratomórfico condicionado por inexpugnables entidades como el Estado, las religiones organizadas, la familia o la rapacidad de la economía capitalista. Claro está que ni siquiera el más converso acólito de Wikileaks puede llegar a creer aquello de que «sólo la verdad —en este caso la información— os hará libres». Internet no va a salvar al mundo, ni siquiera a hacerlo mejor de lo que es, pero, al menos, ofrecerá a los individuos más datos para poder afrontar y tomar decisiones. Esa opción es la que cierra la novela, cuando se propone a los ciudadanos un plebiscito en el que voten por un díptico de medidas que transformen el orden establecido convirtiéndolo en un sistema más igualitario y justo.

Brunner termina el libro con un dilema para el lector, en el que nos pregunta qué votaríamos cada uno de nosotros, a favor o en contra. Plantear lúcidos interrogantes es siempre mejor que vehicular respuestas estereotipadas. Sólo por eso, esta novela de John Brunner, un poco envejecida en sus aspectos literarios —los personajes son un poco de cartón piedra; el diálogo es a veces farragoso; la búsqueda del suspense algo pueril—, merecería la pena leerse. Pero hay otro elemento destacable: su poderosa fuerza satírica, que crea situaciones desopilantes: la paradoja de que la mayor difusión de la información tal vez vuelve a la gente, no más sabia, sino más ignorante, porque hay demasiado que aprender (p. 241) o la constatación de que el ser humano siempre espera que el día de mañana sea parecido al de hoy, «pero ha llegado y no lo es» ( p. 253) . Aunque tal vez la idea que mejor resume la novela, y por extensión los tiempos que todos estamos viviendo, es la expresada en esta frase: «Decidieron dejar la decisión en manos de las leyes de los mercados tradicionales. Sin embargo, el favorito en las apuestas se rompió la pata en el primer obstáculo y la carrera está lejos de terminar». A buen entendedor.

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